Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

domingo, 10 de febrero de 2013

"To save the world"

09 de Febrero de 2013.

Hay veces que para salvar el mundo solamente necesitas sentirte fuerte, realizar un hecho o pronunciar las palabras que todos esperan que pronuncies. Salvar el mundo es una tarea difícil, no todos pueden conseguirlo. Hay que ser valientes, sentirse seguros y dispuestos a enfrentarse a todos los problemas con los que la vida nos reta. Hay veces que encuentras soluciones acertadas en situaciones inesperadas y, sin embargo, otras veces, crees no hallar la respuesta en ningún lugar, pensando incluso que no existe en ninguno de ellos. Por eso cuando se te encomienda una misión, y no encuentras respuestas para solucionarla, la mejor opción es recurrir a tu capa de color, con la que puedes volar por los cielos; a tu peluca de pelo alborotado, que te llena de fuerzas y energía; a tus mayas negras, que te dotan de agilidad y destreza; y a tu super S de superhéroe pegada al pecho, con la que rebosas de valor. Hay veces que sientes la necesidad de salvar al mundo, de volar por los cielos, de competir contra el mal, de sentirte un super héroe. 



El desastre y el desorden vinieron agarrados de la mano, llamaron a la puerta de nuestra casa y les dejamos pasar, sin saber lo que hacíamos. Antes de salir de casa miramos a nuestro alrededor y dudamos sinceramente en que un tornado no hubiera pasado realmente por el salón. Eran las once o las doce de la noche del sábado, no recuerdo muy bien la hora, cuando nos aventuramos a salir a la calle en busca de una buena noche de fiesta. Dejábamos el salón lleno de retales de carnaval, de telas de colores por todos lados, de hilos en el suelo, de tijeras, de agujas y de velas apagadas, de un suelo lleno de cera, un bote de espray color negro, ropas en el sofá, cartones recortados amontonados, la tabla de la plancha junto a la puerta y hasta un plato con restos de mahonesa del que antes nos habíamos comido un puñado de patatas fritas medio crudas. Nos despedimos de nuestra casa y, con las capas de color ondeando al frío viento, llegamos sobre nuestras bicicletas al centro de la ciudad, repleta de colores y de gente disfrazada por todos los rincones. Cuatro orejas enormes pegadas a dos cuerpos con capa de super héroe aparcaban sus bicicletas frente a la puerta del Dr. Ink en busca de un carnaval inolvidable junto a un buen grupo de españoles en Eindhoven. 

Varias horas antes… 

Abandonamos nuestros colchones y damos la bienvenida a un nuevo día con muchas ganas de continuar con nuestro deporte diario, con nuestras ganas de mantenernos en forma mientras corremos por las frías calles de la ciudad. Con el chándal, las zapatillas de deporte y las sudaderas bajamos las escaleras y el frío nos golpea en la cara. ¡Qué frío! Así que para entrar en calor comenzamos a correr cuanto antes y así nos olvidamos de la existencia de los tiritones. Corremos hasta el canal donde, cada mañana, somos testigos de cómo los patos nadan y se zambullen en el agua. ¿Cómo pueden hacer lo que hacen? ¿Por qué no se les congelan todas las partes del cuerpo? Es increíble cómo nadan como si se tratase de lo más normal del mundo aunque, para ellos, sí que será una de las cosas más normales en su mundo, en su mundo de patos. Dejando el canal a un lado nos adentramos en Tongelstraat, una calle bastante larga que se comunica con la nuestra, y la recorremos a buen ritmo hasta casi su final, en el que comenzamos a andar porque queremos entrar en el Action. 

Los supermercados a los que más visitamos, los que más cerca de casa están, se encuentran al final de la calle Tongel. El Action, con sus miles de cosas baratas; el Albert Heijn, con sus pruebas gratuitas de queso y demás delicias; la tienda turca, el mejor lugar donde comprar frutas y verduras; y el resto de tiendas, que forman un buen grupo de locales donde poder comprar de todo, se encuentran al final de la calle. Nos adentramos en el Action, ya que Mary necesita comprar cera de esa que te arranca los pelos de las piernas, o de donde quieras arrancártelos. Nos ponemos a la cola, nos topamos de nuevo con la “I am not stupid” y después nos vamos al Albert Heijn en busca de algunas cosas que tenemos que comprar para completar un poco nuestra despensa. ¿Qué despensa? Si no tenemos despensa. 

Mary dice que quiere preparar para la comida pasta con carne picada, así que cuando llegamos a casa le dice a Ana que si le apetece acompañarla a la tienda turca a por carne. Las dos hermanas se van, dejándome a solas con la casa, y en unos minutos regresan con la carne picada y un montón de cosas más que han conseguido por unos siete euros. Eso es lo bueno de comprar en el turco: que compras miles de cosas por poco precio. Las frutas y las verduras es lo mejor. Así que Ana y Mary llenan la cocina de naranjas, manzanas y plátanos. Mensaje para nuestras madres: quedaos tranquilas que comemos frutas. 

Con los estómagos rugiendo como leones Mary comienza a hacer la comida, ya que es a ella a la que más le gusta cocinar y la que más disfruta realizándolo. Se siente muy bien cuando la felicitamos por la comida o cuando arrebañamos con un trozo de pan los últimos restos de comida en el plato. Mis platos siempre quedan relucientes, siempre los limpio muy bien con el pan, y creo que es porque desde que empecé a limpiar platos en el restaurante he descubierto lo difícil que es quitar los restos de comida de ellos. Así que ahora los quedo relucientes para no dar trabajo a la persona que tenga que limpiarlos, ya sea a Ana, a Mary o a mí mismo. 

Mientras Mary sigue cocinando Ana se entra en la ducha, que casi siempre lo hace cuando la comida está terminada. Con la mesa despejada de cosas y los platos sobre ella Ana realiza la pregunta del siglo. Observa el plato de pasta, detenidamente, y pregunta: Mary ¿dónde está la carne picada?. A Mary se le queda cara de “ups, iba a cocinar pasta con carne picada y he olvidado por completo la carne picada”. Y rebuscando con los tenedores entre la pasta descubrimos que oficialmente no hay pasta picada. No pasa nada, después de unas risas continuamos saboreando la pasta. Con la cebolla, los pimientos y el tomate no se nota la ausencia de la carne. Con el plato reluciente gracias a un trozo de pan damos por finalizada la comida, dando paso a una tarde llena de tijeras, agujas y telas de colores. 

Mary y Ana cortan la capa de Ana, ya que ella tiene que marcharse a trabajar a las cinco y media y nosotros tenemos toda la tarde para preparar nuestros disfraces. Los restaurantes donde trabajamos Mary y yo los cierran por carnavales, así que tenemos unas mini vacaciones hasta el miércoles. Cortan la capa roja, que es del color que Ana ha elegido e inventan una especie de cruz roja, que le cruza el pecho, para ponérsela sobre su camiseta negra. Un cinturón y unas muñequeras del mismo color dan por finalizado el traje. Sin olvidar la peluca roja que convierte a Ana en una auténtica super heroína. Con esos pelos rojos no parece Ana, pero sí parece una heroína. Se despide de nosotros hasta la noche y nos deja a solas con nuestras telas por cortar. 

Pasamos casi toda la tarde pensando en hacer algo original, algo en lo que utilicemos nuestras capas pero con algo que llame la atención. Queremos ir de super héroes pero haciendo algo diferente. Así que damos mil vueltas con las telas hasta que parece que se nos ocurre algo. Mary quiere hacer cosas con cartones, ya que tenemos mucho cartón en casa. Piensa en que podemos disfrazarnos de super tulipán. El traje sería con unos pétalos de cartón en la cabeza y una capa de super héroe a la espalda. Me gusta la idea y comenzamos a recortar pétalos. El show llega cuando cojo dos pétalos de cartón y me dirijo con ellos a los espejos del servicio. Me pongo uno a cada lado de la cara y descubro que en vez de pétalos parecen orejas enormes. “¡Mary son orejas, no somos un tulipán! ¡Somos burros!” le digo entre carcajadas mientras continúo ante el espejo. Al verme cambiamos de idea y decidimos convertirnos en Super Burros. Nuestro super poder será dar coces, patadas de caballo. 

Y comenzamos a recortar telas, a forrar orejas, a dibujar carteles, a ponerlo todo por el medio, a desordenarlo todo, a convertir el suelo en un collage de hilos y cartones y a reírnos, ante todo, de las pintas que vamos a llevar por la noche. Para eso son los carnavales: para llevar pintas. Mientras Mary cose las orejas me voy a hacer la cena. A ella le apetecen patatas fritas, así que pelo varias patatas y comienzo a freírlas en la sartén. “Que las patatas queden amarillentas y blanditas, no quemadas” me dice Mary continuamente desde el salón. La palabra “amarillenta” retumba en mi cabeza cada vez que una pompa de aceite salta en el interior de la sartén. Amarillentas, amarillentas, amarillentas. Con ese trauma en la cabeza las dejo tan poco tiempo que nos comemos las patatas fritas medio crudas. No ha sido mi problema, ella no paraba de repetirme lo de amarillentas. Aún así, quedan bastante buenas y nos las comemos sentados en el suelo, entre restos de telas y trozos de cartón. 

Cuando damos por finalizados los trajes comenzamos a ducharnos y a vestirnos. Nos probamos las orejas y las pintas que tenemos son tan grandes que no podemos parar de reírnos. Hasta el espejo se ríe de nosotros. Dos enormes cosas de tela nos comprimen la cara. No sabemos qué parecemos, no sabemos qué somos y Mary dice que la gente no nos va a comprender. Qué más dará. Somos Super Burros, aunque más bien parecemos una mezcla entre duendes, gremlins y el marciano de la película Lilo & Stich. Somos raros, estábamos raros. 

Después de media hora ante el espejo, con lágrimas en los ojos y no pudiendo parar de reír nos vamos de casa, dejándolo hecho un desastre, para salvar el mundo con nuestros super poderes de burro. También llevábamos un cartel atado al cuello en el que podía leerse, en inglés, lo siguiente: Soy más raro que un burro verde. Verde en el caso de Mary y lila en mí caso. Con las bicicletas a toda velocidad, las capas ondeando a nuestras espaldas y las enormes orejas resistiendo la velocidad del viento nos vamos en busca de nuestro grupo de amigos españoles. “Esta noche toca salvar al mundo, esta noche toca carnaval” 

Cuando íbamos en las bicicletas, Mary me mira, con sus orejas de burro, y me dice: “Me encantan mis piernas depiladas”, recordando que no se las ha depilado después de haber ido al Action a comprar cera. Mi respuesta, con ironía incluida, es la siguiente: “Sí, me encantan. Me gustan tanto como la pasta con carne picada”. Los villanos nos esperaban. La noche había caído en Eindhoven. La fiesta había comenzado. 



Salvar al mundo, una tarea complicada. Siempre puedes ayudarte de tus capas de colores, de tus pelucas alborotadas, de tus mayas negras y de tu S pegada al pecho, aunque ya lo sabes: también puedes armarte de valor y sorprender a los malvados villanos con unas enormes orejas de burro y un cartel colgado al cuello en el que expliques a qué tipo de super héroe van a tener que enfrentarse en los callejones más oscuros de la ciudad. 






Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

"Viernes día, viernes noche"

08 de Febrero de 2013.

Si está la lavadora puesta y subes por las escaleras que te comunican hasta la habitación parece que vas caminando por el interior de una catarata. Los tubos que transportan con fuerza el agua sucia y el agua limpia recorren las paredes, al igual que los pasa-manos de madera. Con la habitación al final de los escalones disfrutas del ruido del agua que recorre las paredes que te rodean, consiguiendo un sonido envolvente que te transporta hasta la más profunda naturaleza. Si cierras los ojos puedes llegar a imaginar que has viajado hasta el interior de las mismas cataratas del Niágara. La historia del centrifugado y la fuerza que genera mientras lo realiza es caso aparte. 

Viernes y Mary y yo pasamos la tarde en casa. Ella no trabaja porque los viernes en el restaurante limpia Aylim y la tienda se ha cerrado pronto con motivo de las fiestas del carnaval. Yo no trabajo en el restaurante porque me han llamado para decirme que no hay mucha gente y que me puedo quedar en casa. ¡Pero yo no quiero quedarme en casa! Yo quiero trabajar, me gusta trabajar y me gusta pasar la tarde en el restaurante. Después de maldecir durante unos minutos a la gente que no come en restaurantes, me relajo y pienso en positivo, o en verde como la Heineken. Pienso que ya llegarán tiempos mejores para el restaurante y que algún día habrá tanta gente comiendo en él que necesiten dos friega platos a la vez. Ana no está en casa porque sí que trabaja en Señora Rosa, así que decidimos aprovechar la tarde en silencio y de forma relajada. 

Mary tiene que hacer el proyecto de su carrera y los planos que él lo forman los tiene que realizar en Auto-Cad, un programa bastante complicado en el que puedes realizar planos tanto en 2D como en 3D. El problema es que no recuerda cómo se utilizaba el dichoso programa así que opta por ponerse de nuevo en contacto con él a través de tutoriales que va encontrándose en el Youtube. Os lo podéis imaginar. Pasa toda la tarde escuchando a mexicanos, argentinos y demás gente de América del Sur que se convierten en sus profesores virtuales. Mary se ríe con algunos de los términos y expresiones que utilizan. Ya lo hemos pensado varias veces: ¿por qué todos los tutoriales con los que te encuentras en Youtube pertenecen a gente de esa parte del mundo? No encontramos respuesta a ello. Pasándolo por alto y viéndolo como algo normal, los auriculares, el youtube, papel y boli se convierten por unas horas en las herramientas de aprendizaje de Mary. “Si deseas visionar más tutoriales puede clicar sobre el siguiente enlashe y no olvide hashershe miembro de mi canal de youtube Panchito35” 

Y con Mary asilada con sus tutoriales de Auto-Cad yo aprovecho el silencio para escribir alguna que otra carta. La tarde pasa ante nosotros mientras el tiempo se dicta al compás del sonido de las teclas al escribir. 

Por la mañana hemos madrugado para irnos al estudio de Derek, ya que le dijimos ayer que vendríamos para hacer nuestros trabajos. Así que revolviéndonos en los colchones y bajos las mantas que nos protegen del frío maldecimos el dichoso sonido que nos despierta todas las mañanas. La alarma del móvil, esa alarma que se cuela en el interior de los sueños y te extrae de ellos, recordándote que ya es hora de comenzar un nuevo día. 

Duchados, vestidos y desayunados nos montamos en las bicicletas con rumbo al nuevo estudio. Para nuestra sorpresa nos topamos con un montón de gente, algunos disfrazados y otros no, que hacen cola a las puertas de lo que parece ser un supermercado o algo por el estilo. Es un edificio grande con puertas grandes en el que un cartel de carnaval predomina en su fachada. La gente se amontona como si de la cola de un concierto se tratara. Mary y yo nos quedamos mirando intrigados de qué es lo que se esconde en el interior de ese edificio. Es raro, no eran ni las nueve de la mañana y ya había cientos de personas en la cola. No sabemos qué es lo que regalaban o qué es por lo que esperaban. Nosotros continuamos con nuestro rumbo y llegamos hasta el estudio de Derek. 

Nos recibe Sim, el perro, mientras que mueve el rabo constantemente de un lado hacia el otro. Rinske, la chica de prácticas, está trabajando con uno de los ordenadores de la oficina y Derek nos saluda desde el centro del estudio, rodeado de materiales y máquinas que le ayudan a realizar sus productos. Después de decirles lo bien que estamos y de decirnos lo bien que está ellos nos ponemos manos a la obra. Mary comienza a pulir una de las lámparas de plástico que hay en el estudio y yo doy los últimos detalles para que el catálogo, por una vez y por todas, quede realmente finalizado. Rinske y yo hablamos de la película “El Rey León” y Derek nos confiesa que la odia porque no soporta las películas en las que pasan mucho tiempo cantando. ¿Cómo no le puede gustar esa película? Me consuelo diciéndome a mí mismo que las canciones de Disney en holandés serán bastante feas. 

Al llegar las doce y media Mary y yo tenemos que despedirnos de ellos porque Marleen nos necesita en la tienda. A Mary para que la acompañe a la tienda de sillas con un cliente y a mí para que me quede a solas una hora como dependiente. Al despedirnos de Derek le decimos que no se ponga celoso de Marleen y que el lunes vendremos para pasar la mañana entera en el estudio. Y tras jugar un poco al baloncesto con Sim y quedarnos sorprendidos porque la bici de Rinske tiene más de cuarenta años abandonamos el estudio hasta la semana que viene. ¡Qué barbaridad! Tiene una bici de cuarenta años y creemos que es de uno de los tour de Francia… ¡Rinske tiene una bici famosa! Y encima la llave con la que funciona es super rara. 

Al llegar a la tienda nos topamos con Marleen en la misma puerta, nos saluda y pasamos todos juntos al interior, a rodearnos de diseños caros. Comemos unos sándwiches de queso acompañados con un pastel de crema de manzana y un poco de leche. Todo está muy bueno. Tras alimentarnos me explican lo más esencial de la tienda y se despiden de mí, diciéndome que volverán en una hora como máximo. Ver la tienda desde detrás del escaparate es muy diferente a la visión de siempre. Cuando ves a la gente acercándose al escaparate tu corazón late un poco más deprisa y siempre con una sonrisa saludas a todos aquellos que cruzan la puerta para ponerse a ojear algunos de los diseños que descansan sobre las mesas y estanterías de la tienda. 

Ana viene a visitarme y hablamos largo tiempo a solas. Hablamos de todo en general y de lo general que es todo. Hablamos del fin de semana que nos espera, un fin de semana de carnaval. Ya hay gente disfrazada por las calles y el centro de la ciudad está repleto de globos. La calle de las tiendas y de los bares se ha convertido en una fiesta de color y diversión. Las nubes han sido sustituidas por los globos de colores y las vestimentas normales por ropas extravagantes y llamativas. La ciudad se ha disfrazado, es lo que el tiempo nos regala. Y cuando Ana se despide de mí y vuelvo a quedarme a solas con la tienda comienzo a hablar con otra amiga. Esta vez a través de internet y gracias a las tecnologías de las video-llamadas consigue escuchar, solo escuchar, a mi amiga Noemi. Ella sí que me ve y me escucha, parece que su web cam está un poquito fastidiada. Le muestro la tienda y jugamos al juego de “yo te muestro productos de diseño e intentas averiguar su precio”. Obviamente es imposible acertar los precios, porque nadie se los imagina tan elevados. Cuando terminamos de imitar al programa de televisión “El Precio Justo” me despido de ella y minutos más tarde aparecen Marleen y Mary. Es cuando miro el reloj y descubro que han estado fuera más de una hora. ¿Más de una hora? ¡Me dijeron como máximo una! Bueno no importa, nadie me ha robado y nadie ha quemado nada. La tienda está tal y como la dejaron. 

Al abandonar el mostrador Marleen me dice que va a enviarles las fotografías que hice el otro día a la revista Elle para que elijan las que más le gusten. Me hace mucha ilusión y me muero de ganas por ver el número de la revista publicado en las tiendas. Saber que fotografías realizadas por mí van a estar entre las páginas de una revista en todos los quioscos de Eindhoven me pone los pelos de punta. No lo creeré hasta que no lo vea con mis propios ojos. Qué ilusión. 

Pasadas las horas, llegando a las cinco de la tarde, Marleen nos dice que nos podemos ir a casa y que ella va a cerrar la tienda dentro de poco, ya que hoy es viernes de carnaval y todo el mundo está de fiesta. Así que nos despedimos de ella, llamamos a Ana y a Aylim y les decimos que si les apetece tomarse un trozo de tarta con café por un euro en el Hema. Obviamente nos dicen que sí y aprovechando las maravillosas ofertas que nos ofrece el supermercado disfrutamos de nuestros cafés con nuestros trozos de tartas respectivos. Pasamos un rato agradable y hasta nos topamos con una española que lleva viviendo treinta años en Eindhoven y que resulta ser de Plasencia. ¡Paisana nuestra! Nos pregunta dónde vivimos, qué es lo que hacemos aquí y se alegra mucho por todo lo que le contamos. Da gusto toparse con gente española por aquí. 

Con las tazas de café vacías y los platos de tarta bien arrebañados nos vamos en busca de nuestras bicicletas. Aylim y Ana se van al trabajo, pues ellas sí que trabajan hoy, y Mary y yo nos vamos a casa. 

Las bicis encadenadas junto al árbol que decora nuestra fachada, el cielo oscureciéndose poco a poco y las luces de las calles a punto de encenderse. Mary ocupa la silla en la que está acostumbrada sentarse y yo me acomodo en el sofá. Los ventiladores de los portátiles comienzan a funcionar. El mío más que el de Mary, ya que su portátil parece no generar ningún ruido. Qué bien sientan las cosas nuevas, tanto que sientan bien hasta a los oídos. ¡El ventilador de mi portátil suena tanto que parece que vivimos con una avioneta en casa! No es para tanto, pero casi. Aunque no me quejo de él, lo quiero mucho. Es mi ordenador. 

Y con Mary asilada con sus tutoriales de Auto-Cad aprovecho el silencio, que se rompe levemente con el ventilador de mi portátil, para escribir alguna que otra carta. Y la tarde pasa ante nosotros, tras el cristal de la ventana, mientras el tiempo se dicta al compás del sonido de las teclas al escribir. La noche va cayendo, las luces se van encendiendo y los sueños se van acercando. Un viernes más que se cuela por nuestras vidas, uno más que se cae del calendario y uno más que, como todos, consigue transformarse, comenzando en un viernes día y acabando en un viernes noche. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

viernes, 8 de febrero de 2013

"In any supermarket, in any city"

07 de Febrero de 2013.

Esta historia ocurrió en un supermercado concreto, en una ciudad en especial, aunque podría haber pasado en cualquier supermercado de cualquier ciudad. Nadie preguntó nada, nadie vio nada, pero ocurrió ante los ojos de todo el mundo, de todos los clientes que escogían alimentos de las estanterías para depositarlos en sus cestas para después llevarlos a sus despensas. El mundo es despistado, los pequeños detalles pasan fácilmente desapercibidos e, incluso, las grandes historias quedan en segundos planos cuando los sentimientos consiguen ser más fuertes que ellas. Ésta es una historia breve, una historia de cómo dos personas no llegaron a conocerse jamás, de cómo dos vidas quedaron separadas por una decisión, de cómo una historia de amor no llegó a nacer nunca, quedándose olvidada para siempre entre los pasillos de un supermercado cualquiera de una ciudad cualquiera. 



Pasaban las nueve de la mañana cuando nuestros perezosos cuerpos abandonaban los colchones que contactan con el suelo y avanzaban lentamente, escaleras abajo, para dar la bienvenida a un nuevo día desde nuestro salón. Un ramo de tulipanes que Mary le regaló a Ana se decae con el paso del tiempo logrando entristecer nuestra ventana tan florida. El Sol quiere asomarse entre las nubes y cuando salimos a correr nos regala algunos rayos junto al canal. Hacer deporte junto al canal, con los cisnes zambulléndose en el agua, es una auténtica gozada. Mary me anima para que no me detenga. ¡Pero si a mí me gusta andar! Cambiamos la ruta, para no caer en la dichosa rutina, y parece que lo llevo mejor. ¡Aunque seguro que no dura por mucho tiempo! 

Una de las cosas, que hay muchas, que no me gusta de hacer deporte es que cuando comienzas a realizarlo los músculos de tu cuerpo se endurecen y te sientes más ancho, más voluminoso. Como si tu cuerpo, intentando darte una señal de aviso, dijera “Dani, no corras más. ¿No ves que estoy engordando?” y te deprimes, y te vienes abajo. Cuando los días pasan comienza a relajarse tu cuerpo y ya consigues sentirte mucho mejor. El problema es que mi cuerpo nunca llega a lograr que me sienta bien con el deporte porque nunca le doy tiempo a que lo consiga. Soy un desastre, lo sé. 

Llegamos al estudio a las once de la mañana, buena hora para realizar un par de fotografías y marcharnos a la tienda. Cuando estoy realizando las fotos el teléfono de Mary comienza a sonar. Mary, después de varios minutos hablando en inglés, se presenta ante mí, con una sonrisa de oreja a oreja, y me sorprende con una noticia que nadie se espera. Las cosas cambian, ya os lo decía. 

La situación es la siguiente: Marleen tiene alquilada una parte de un local en la que ha montado su tienda, quería irse a Ámsterdam pero como ahora su situación económica no se lo permite tiene que quedarse más tiempo aquí en Eindhoven. Por lo tanto, como el contrato con el local se le termina dentro de poco, ha decidido alquilar otro espacio, del mismo local, continuo a donde se encuentra la tienda ahora mismo. Dentro de poco nos tocará mudanza de tienda. Una mudanza de dos metros, pero sigue siendo una mudanza. La historia se complica: como Marleen sigue con la idea de Ámsterdam ha decidido alquilar el nuevo espacio por un periodo de dos años pero dice que ella se marchará a formar una nueva tienda dentro de un año. ¿Qué pasa entonces con el año restante de la tienda en Eindhoven? Que le ha dicho a Mary que ella puede hacerse cargo de la tienda cuando se marche a Ámsterdam. Sí, sí, que Mary puede ser la dependienta oficial de la tienda. ¡Madre mía! Que dentro de poco nos toca decir “vámonos a comprar an cá Mary”. Obviamente Ana se haría cargo de la administración y papeleos y yo de todas las fotografías, vídeos y publicidad. No sabemos a dónde llegará todo esto. De momento todo está en el aire. 

Cambiando de tema, pero con los mismos personajes. Marleen y Derek parecen no ponerse de acuerdo con respecto a Mary, pues resulta que acordaron que un par de días los pasaría en la tienda y otro par de días en el estudio y ninguno de ellos están respetando los horarios. A Mary no le gusta que discutan por ella, todos la quieren y la necesitan. Marleen para decorar la casa de una clienta y Derek para que le ayude con cosas del estudio. ¡Mary es mía! ¡No, es mía! Y Mary y yo los observamos desde el otro lado del estudio. 

Cuando creo que las nuevas fotos están bien para el catálogo nos despedimos de Derek, hasta mañana, y le decimos que nos tenemos que ir a la tienda de Marleen, pues nos necesita. A Mary porque es su chica de prácticas y a mí porque necesita hacer algunas fotos más. Nos invita a unos pasteles rellenos de crema de manzana que ha comprado en el Hema, su tienda favorita, y nos comenta los planes del día siguiente. Nos dice que Mary y ella tendrán que ir a una tienda de sillas con una mujer a la que le están decorando la casa y que si sería posible que yo me quedara a solas en la tienda una hora, más o menos. ¿Yo? ¿Solo en la tienda de Marleen? ¿En una tienda con productos de diseño, con diseñadores extravagantes y con precios que superan la altura de las nubes? ¡Pues claro! Me encanta la idea y le digo que sí, que sí que puedo. Dependiente por una hora, suena bien. 

Cuando todo está en orden y organizado para mañana me despido de ellas, de mis dos diseñadoras favoritas, y me marcho a casa, donde me espera Ana. Preparamos pasta para comer, ésta vez la prepara más ella que yo, y después de llenar nuestros estómagos decidimos hacer manualidades. Ana ha comprado unas pegatinas en el Acion para pegarlas en su bicicleta, ya que es demasiado nueva y al haber sido comprada a unos negros, que han robado a cualquiera, es mejor camuflarla. Optamos por la opción de más vale prevenir que curar. Así que Ana coge las tijeras y comienza a recortar pegatinas. Cuando están todas listas decidimos bajar a la calle y pegarlas en las barras negras de la bici. El Sol está fuera y nos inspira confianza y calor. Inocentes de nosotros que salimos a la calle sin abrigos y sin nada, nos quedamos pajarito pegando pegatinas. Ahora la bici de Ana mola más y pasa más desapercibida ante los ojos de aquel que esté buscando desesperadamente su bici recién comprada. Qué pena gastarse tanto dinero en una bici para que al cabo de una semana la roben y la vendan por diez euros a las tres de la mañana en el centro de la ciudad. Es mejor nuestra opción. Alimentarse de bicis robadas a precios exclusivos es la manera más económica de viajar en Eindhoven. Es el ciclo de la vida, el ciclo de las bicis. 

A las cinco y media salimos de casa con nuestras bicicletas, una con pegatinas y otra sin ellas, y nos vamos hasta la tienda de Marleen, donde recogemos a Mary. Pasamos unos minutos los tres juntos y nos separamos para irnos cada uno a su restaurante. Los platos sucios esperaban a Ana en Señora Rosa, a Mary en Vintage y a mí en Auberge Nassau. ¡Luego nos vemos! Y nos despedimos hasta dentro de unas horas. 

Aylim tenía el día libre, así que me paso la tarde entera con una de las camareras y con los dos cocineros que trabajaban, Dyan y William. Como no puedo cantar al unísono canciones con Aylim decido hacer un dueto con Bregje, la camarera, y cantamos las canciones de “El Rey León”. Es divertido porque cantamos a la vez, solo que ella la versión inglesa y yo la versión española. ¡Hakuna Matata! Siempre es divertido cantar mientras se está fregando y, más aún, cuando te acompañan tarareando algún tema. Como Will, el jefe, que hasta ha habido días que nos ha demostrado que los holandeses también pueden patalear como un flamenco en toda regla. Por desgracia esta semana Will, el jefe, que también es cocinero lleva varios días de esta semana en el hospital porque le pasa algo, que no sé muy bien lo que es, en el estómago. Está bien y no es nada grave. Desiré, mi jefa, me explica cómo está en el hospital y me dice que la comida del hospital no le gusta, pero que puede ver la tele siempre que quiera. Pobre Will, un cocinero esclavizado a la comida de un hospital. Parece un chiste malo. Cuando todo está limpio y ordenado para finalizar la jornada nos bebemos unas cervezas. Desiré, William y yo hablamos a solas en el restaurante, cuando ya no hay nadie en él, mientras disfrutamos de una buena bebida después del día de trabajo. Siempre nos invitan a beber algo. Desiré nos habla de Will, William nos habla de los carnavales en Holanda y yo les hablo de los carnavales en España. Cuando las copas quedan vacías cerramos el restaurante y nos despedimos hasta el siguiente día. 

Nosotros aún tenemos que hacer nuestros trajes de carnaval, las telas siguen rondando por el salón esperando a ser cortadas. ¡No tenemos tiempo! Necesitamos tan solo un momento para realizar unas capas, unos super nombres y así poder salir a dar el cante por las calles de Eindhoven. La fiesta comienza el viernes y se extiende hasta el martes. Se celebra días y noches, a todas horas, y la gente se disfraza todos los días. Va a ser una locura, ya os lo digo yo. Con una capa de tela por cortar y con muchas ganas de carnaval doy por finalizada esta carta, este día. ¡Hakuna Matata! 



Las puertas del supermercado se abrieron para dar paso a una preciosa joven que había decidido aparcar su bicicleta en el exterior del local y adentrarse en sus pasillos en busca de algo que poder cenar aquella noche. Buscaba algo rápido, algo que matara aquel gusanillo que rondaba dando vueltas en su estómago. La nevera de su casa estaba completamente vacía, eso estaba más que claro. Tendría que sacar tiempo de donde fuera para hacer una buena compra, una que consiguiera perdurarla todo el mes. Era un auténtico desastre, todas las noches tenía que detener su trayecto a casa para cargarse con un par de cosas que poder convertir en cena. 

Minutos más tarde, cuando ella estaba perdida entre los pasillos cargados de alimentos, las puertas del local volvieron a abrirse para dar paso a un joven que vestía con unos vaqueros caídos y una mochila de cuero colgada en la espalda. Parecía decidido, con prisas y dispuesto a realizar una compra rápida. Dando pasos ligeros se dirigió hasta la zona donde todos los tipos de queso se conservaban en frío en el interior de diferentes neveras gigantescas. Todos los productos quedaban expuestos al público gracias a las enormes cristaleras que también realizaban la función de puerta. Se detuvo ante ellas y comenzó a observar cada producto, cada tipo de queso, cada variedad. No tenía muy claro cuál escoger. Lo único que sabía es que alguno sí que compraría. 

Pasados unos minutos la joven también se detuvo frente a la cristalera que la separaba de los tipos de queso. Una infinita variedad de ellos le susurraban desde el interior de las neveras. Queso para cenar, se haría un buen sándwich. Pensó en ello y le gustó la idea. Solamente necesitaba saber cuál elegir. 

Ambos quedaron petrificados ante las frías cristaleras, el uno junto al otro, sin mirarse, sin apartar la mirada de los quesos. Ambos decidieron a la vez, ambos tuvieron su respuesta al mismo tiempo. Puede que si hubieran fijado sus ojos en el mismo producto sus manos se hubieran rozado en el interior de la nevera, que sus miradas hubieran chocado en el espacio y que sus sonrisas hubieran conseguido enamorarlos. Puede que si las decisiones hubieran sido la misma sus historias se hubieran convertido en una misma. Pero no fue así. Él escogió un queso de una de las baldas más superiores y ella, en cambio, optó por un producto que quedaba en el medio del interior de la nevera, centímetros más abajo de la altura de su mirada. Un pequeño detalle al que no dieron importancia y que, sin embargo, hubiera podido convertirse en el detalle más importante de sus vidas. 

Cada uno en una caja se despidieron de las dependientas, cada uno de una. Sus cenas estaban servidas y sus decisiones estaban tomadas. El curioso destino los unió en el mismo espacio durante unos segundos, jugó con ellos ante las puertas de una nevera y dudó sobre sus historias. Finalmente decidió que cada uno de ellos escogiera un rumbo distinto y así fue como consiguió que ambos se alejaran, el uno del otro, para siempre, quedando solamente en el recuerdo. Quedando para siempre solamente un simple detalle al que ninguno de los dos nunca dio importancia. 

Ésta es una historia breve, una historia de cómo dos personas no llegaron a conocerse jamás, de cómo dos vidas quedaron separadas por una decisión, de cómo una historia de amor no llegó a nacer nunca, quedándose olvidada para siempre entre los pasillos de un supermercado cualquiera, de una ciudad cualquiera. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.