Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

viernes, 12 de octubre de 2012

“The changes are for us”

12 de Octubre de 2012.

A las ocho de la mañana suena el despertador y me levanto de la cama. A las nueve y media tenemos la cita con uno de los pisos con los que hemos contactado, con el que llevé a ver ayer a Mary. Otra preocupación, a parte de la de los pisos, es que esta noche no tenemos donde dormir y a las once de la mañana tenemos que abandonar nuestro querido albergue, con nuestras queridas maletas de veinte y diez kilos y, por si fuera poco, con la bicicleta de Marleen. Dejemos eso en segundo plano y continuemos con la cita al piso. Mientras Ana continúa durmiendo, Mary y yo nos vamos en bicicleta hasta nuestra quedada con la chica de la inmobiliaria.

Nueve y media y ya estamos en la puerta del apartamento. Mary se encuentra el chupete de un bebé en el que puede leerse "I am a boy" y se lo queda de recuerdo. Es una casa en la que viven varias personas en la planta de abajo, otros en la de en medio y otros en la parte de arriba. Nosotros viviríamos en la del medio. Y digo viviríamos y no viviremos porque el apartamento resulta que no incluye ningún mueble de los que tiene ahora y nos sale caro. Necesitamos una casa para ahora y la mejor oferta que tenemos hasta el momento es la casa que parece una caja de cerillas, la de la chica de color del pijama feo, y encima es para el día uno de noviembre. Mary y yo nos desilusionamos y volvemos al albergue. ¿Qué pasa con los pisos en Holanda? Con lo fácil que es vivir de okupa.

La cuestión de dónde dormiremos esta noche se resuelve como por arte de magia. ¡Abrimos el correo de Mary y tenemos una respuesta de una pensión! Pues eso, que nos toca mudanza. La pensión está a una media hora andando desde el albergue actual. Parece ser que las mudanzas están hechas para nosotros. Sí, ¿qué pasa? Nos gusta pasearnos por media ciudad con tres maletas de veinte kilos, otras tres de diez kilos y una bici añadida. ¡Ojú la que nos espera! 

Es hora de prensar todas nuestras pertenencias, las pocas que hemos vaciado de las maletas, y abandonar el albergue que nos ha dado cobijo durante todos estos días. ¿Volveremos algún día? Bajamos todas las maletas por las escaleras de madera hasta la sala de estar y pedimos, de la mejor forma que podemos, un poco de cinta adhesiva al dueño del albergue. ¿Para qué? Pues para “arreatar”, hablando mal y pronto, una de las maletas de diez kilos al porta-paquetes de la bici de Marleen. Una vez todo preparado para nuestra aventura nos despedimos del albergue y del dueño, el de la gorra. ¡Nos dice que cuando estemos instalados definitivamente y trabajando o estudiando que nos pasemos algún día por allí para que nos invite a más Licor 43! Te tomamos la palabra amigo. 

Los adoquines y las baldosas de las aceras de Eindhoven sienten el rugir de nuestras pesadas maletas, el tacto de nuestras suelas cansadas y el contoneo de las ruedas de la bici. ¿Qué pensarían los holandeses al vernos? ¿Qué pensarían al ver una maleta atada con cinta adhesiva a una bici? Os prometo que solamente nos hacía falta una cabra y un organillo para parecer un circo ambulante. Si tuviéramos un marco formaríamos un buen cuadro. 

Mientras continuamos con la ruta hacia la pensión nos preocupa otro añadido más; pues Mary tiene que estar a las doce en punto en la tienda para abrirla, ya que Marleen se va de boda y la deja a ella sola. El tiempo juega en nuestra contra. ¡Y por fin ya estamos en la calle de la pensión! Vemos la fachada, nos detenemos ante ella y nos alegramos por haber llegado sin ningún impedimento. Mary monta en la bici y se va a la tienda. Ana y yo nos quedamos con todo el equipaje, llamamos al timbre pero no abre nadie. Esperamos hasta que sale un chico y corremos para que no se cierre la puerta. Entro en la pensión y me arrepiento de haber caminado tanto para encontrarme con eso. 

Un pasillo estrecho, sin recibidor, ni sala de estar, ni bancos de madera, y una mini cocina al fondo con dos hombres sentados a la mesa. Les explico, lo mejor que puedo en inglés, que tenemos una reserva para tres personas. Ellos se ponen a hablar entre ellos en holandés, no les entiendo y me da mal rollo. El más mayor de los dos parece de fiar pero el otro, que es más joven, no me cae muy en gracia. Me dicen que puedo entrar en la pensión a partir de las cinco y media de la tarde, que podemos quedar nuestro equipaje allí. Y aunque no me fío mucho dejamos nuestras maletas en el interior de la pensión, y, como es mejor prevenir que curar, nos llevamos con nosotros las maletas de diez kilos donde llevamos los portátiles y las cosas que más nos dolerían que nos robaran. ¡Qué mal pensados somos! 

Ana y yo nos vamos de la pensión de mala muerte, dejamos nuestras ropas dentro, nos llevamos los portátiles y nos vamos a la tienda de Marleen, donde Mary está sola. ¡Hello Mary! Invadimos la tienda, Marleen ha dado permiso a Mary para que estemos allí con ella, y buscamos piso también desde allí. 

Llega la hora de comer y Ana y yo nos vamos al Jumbo en bicicleta, se monta en el porta-paquetes y empiezo a pedalear, cada vez más acostumbrado a hacerlo. Respeto semáforos, intento circular por mi carril e intento avisar con mis brazos, en modo sustitución de intermitentes, hacia dónde voy a continuar. 

Y en la puerta del Jumbo, tras subir un escalón con la bicicleta y que las ruedas se descontrolen, muevo rápidamente el manillar, de un lado a otro, para no estrellarme contra un muchacho que guardaba la comida en su bolsa del supermercado. Librados de un accidente nos disponemos a aparcar la bici cuando escuchamos una voz que proviene de nuestras espaldas. “Chiquillo que te vas a shocá”. ¿Que qué? Giro la bici y Ana se tira de ella al escuchar aquella voz tan española. El chico al que casi nos llevamos por delante se dirige a nosotros. Nos presentamos con una sonrisa de oreja a oreja y le hacemos partícipe de nuestra emoción al habernos encontrado con él. Es de Málaga, está estudiando aquí desde agosto, vive en un piso con un hindú y un brasileño, tiene una bici que ha comprado legalmente por cincuenta euros y a Ana y a mí nos hace mucha gracia su manera de hablar. Parece que estamos continuamente viendo un monólogo de “El Club de la Comedia”. Nos habla de todo, se queda sorprendido al saber que conocemos tantos bares españoles, se detiene para decir “Illo pazo gapo que acabo de eshá” refiriéndose a un poco de saliva que ha salido disparada de su boca, se pone muy contento al saber que somos extremeños y nos dice que desde que pisó Eindhoven no se sabe el nombre de ninguna calle, pues “Pá mí son todas iguales, todas con esas jota jet jot jota”. Señala su bufanda al hablar del frío que hace por estos países del norte y nos deleita con la siguiente frase: “Yo con esta bufanda por aquí voy como un señorito. ¡No ves que yo en Málaga visto tóh cani!”. En serio, es buenísimo disfrutar de alguien así por aquí. Pasan un montón de rubias holandesas a nuestro lado y parece que se despista con ellas. “¿Qué decías? Es que yo veo a tanta rubia y me despisto. Si es que yo soy monotarea” nos dice. Ana y yo no podemos parar de reír. Hablamos de la sanidad y nos advierte que evitemos por todos modos caer enfermos porque él estuvo malo con el estómago dos semanas y todo eran problemas. Vas a una farmacia y para que te den medicamentos tienes que registrarte en un médico de cabecera, si te atienden la primera vez es gratuito y a la segunda te cobran. “Cuando me dijeron que la segunda vez te cobran 20 euros… ¡Si fuera vampiro me hubiera muerto del estacazo!” nos dice. Éste tío es un show. Así que nos damos nuestros facebooks y estaremos en contacto. 

Ana y yo llegamos a la tienda de Marleen, en la que solo está Mary, con una ensaladilla de un euro bajo el brazo y una sonrisa de oreja a oreja en la cara. Encontrar a alguien así te alegra el día completamente. Comemos, buscamos piso, Mary ordena un poco la tienda, yo tengo miedo por la pensión de mala muerte que nos espera, tenemos miedo por nuestra ropa, vemos los artículos de diseño que hay en la tienda, comemos un bizcocho de canela que Marleen tenía por ahí perdido, nos quedamos flipados con los precios de las cosas de diseño, Ana y yo echamos de menos a Javi, la cita que teníamos a las 5 y media con otro piso nos dicen que se anula porque ya se ha alquilado, yo escribo los precios de unas velas de diseño en sus etiquetas y hacemos un poco de todo hasta las seis de la tarde, hasta que Ana y yo nos vamos a la pensión de mala muerte rezando por encontrar algo que no sea tan desagradable como lo de esta mediodía. 

Y llegamos, y nos atiende un chico diferente a los dos de esta mañana, nos da las llaves de la habitación y nos guía hasta ella. Nuestras maletas están perfectamente, tal y como las dejamos. Si es que somos muy desconfiados. Ya lo decía yo: tengo que aprender a pensar más en holandés. La pensión se divide en tres casas grandes llenas de habitaciones. Nuestra habitación está en una casa de al lado de donde nos han recibido. ¡Tenemos baño privado en nuestra habitación, los nórdicos son más bonitos que los del albergue, tenemos escaleras que nos llevan a una cocina que podemos utilizar y a una terraza! Tenemos tele y nevera en la habitación. La pensión de mala muerte se ha convertido en la pensión de casi cinco estrellas, porque no tiene papelera y uno de los cuadros del servicio lo mantienen recto gracias a una punta lateral en la pared, que evita que el cuadro se gire hacia un lado. Pequeños detalles. 

Y aquí estamos, tumbados en las camas de una pensión que creíamos de mala muerte, suspirando tranquilos porque tenemos un sitio donde dormir. Aunque echaremos de menos a nuestras literas, nuestros nidos de nórdicos y a nuestra comilona moqueta. Mary y yo también suspiraremos tranquilos por otro motivo, ya que hoy Ana no va a trabajar y no nos despertará a las cuatro de la mañana encendiendo la luz de la habitación e invitando a la pinche del restaurante a conocernos. Sí, ayer se presentó con una chica que trabaja en la cocina del restaurante. Aparecieron a las cuatro de la mañana, nos despertaron y dijeron que venían de fiesta. No, si ya lo vemos. Tuvimos que aguantar despiertos durante una larga conversación, con caras de "Dios de Holanda regala más horas de sueño" y, por favor, contadnos todo esto cuando no tengamos las marcas de la almohada dibujadas en nuestras caras. Y sí, vienen de fiesta. Los vasos en la mano y el olor a alcohol holandés eran evidentes.

Hoy dormiremos tranquilos, sin sueños interrumpidos. Eso esperamos, porque parece que los de la habitación de arriba pisan tan fuerte que el techo se va a venir abajo y vamos a amanecer todos juntos compartiendo cama. Cama y techo en ruinas. 


La vida está llena de vidas. Las vidas están llenas de vida. Las vidas que se forman de sentimientos, emociones y sensaciones. Las vidas están llenas de encuentros y desencuentros, de despedidas, de alegrías y penas, de llantos y de carcajadas, de descubrimientos y de cosas que jamás podrán ser descubiertas, de nuevas oportunidades, de esperanzas, sueños y metas, de cosas bonitas y no tan bonitas. Las vidas están llenas de momentos para el recuerdo y de recuerdos que jamás volverán a ser momentos. La vida está llena de casualidades, aunque prefiero pensar que las casualidades no existen. La vida es un vaivén constante de nuevas experiencias. La vida es el mayor regalo, la mayor de esas experiencias. 

La vida está llena de vidas. Las vidas están llenas de vida. 

Porque la vida es el mejor momento para vivir la vida. 


Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

jueves, 11 de octubre de 2012

“Mientras los croissants se susurraban que se enfriaban lentamente”

11 de Octubre de 2012.

El hombre cogió una taza de café, dos sobres de azucarillo, un plato que contenía un recién horneado croissant y lo colocó todo, minuciosamente, sobre una de las mesas de madera de la solicitada cafetería. Dobló su chaqueta sobre el respaldo de la silla y apoyó su espalda sobre ella. Abrió los sobres de azúcar y dejó caer los diminutos granos blancos sobre el café. Quiso disolverlos en el líquido pero había olvidado su cuchara sobre la barra, así que abandonó la mesa por un momento y recogió la cuchara que descansaba sobre la barra de madera. 

Al girar, para regresar al lugar donde estaba su desayuno, la vio caminando hacia donde él estaba. Un largo abrigo marrón acariciaba sus piernas delicadamente, un pañuelo beige adornaba su perfumado cuello y sus cabellos bailaban al compás de sus caderas. Era ella, estaba claro. Sus miradas chocaron, casi enamoradas, y consiguieron hablar gracias a las ilusionadas pupilas. El tiempo se detuvo un instante, una fracción de segundo. Y ella apoyó sus manos sobre la barra, separó sus labios y pidió su desayuno en un idioma diferente al del hombre que la observaba, con una cuchara en la mano, desde la misma barra. El hombre ocupó de nuevo su asiento, apoyando su espalda sobre la doblada chaqueta, y deseando volver a verla después de haber quedado completamente hipnotizado con su belleza.

Y ella colocó, minuciosamente, una taza de café, dos azucarillos y un plato que contenía un croissant recién horneado sobre la mesa que quedaba libre, junto a la mesa del hombre. Ambos continuaron hablando en el mismo idioma, sin mover ni un centímetro sus labios, gracias a sus miradas. Las miradas que provocarían que sus dueños quedaran en el olvido a los dos croissants, que se susurrarían, el uno al otro, que se estaban enfriando lentamente. 



El primer pensamiento de la mañana: Vamos a desayunar al Hema por un euro. Y pensado, dicho y hecho. Ana tiene sueño porque llegó tarde del restaurante, aunque en el restaurante solo estuvo hasta las doce y media y luego se fue a un bar con el resto de trabajadores, así que Mary y yo nos vestimos y nos vamos a por nuestro primer desayuno del Hema. 

Salimos a la calle y descubrimos que hoy es el día del cartón. Todas las tiendas y bares sacan la basura que esté formada por cartón a las puertas de sus locales para que los recojan con un camión. ¡Madre mía! Qué de cartones por todos lados. 

Y llegamos al Hema. Nos vamos a la cafetería y, efectivamente, allí estaban colocados en forma de bufet libre los menús de un euro. ¡Qué desayuno! Hacía tiempo que no lo hacíamos tan, tan bien. Un café con leche, un croissant de un tamaño generoso relleno de queso y un bocadillo de pan integral tostado, una tortilla francesa y una loncha de bacon. ¡Riquísimo! Y pensando que vale un euro nos gusta más todavía. ¿Sabéis qué? El Hema es un supermercado que tiene de todo. Os lo prometo. De todo. Esta mañana lo hemos confirmado al ver un cartel publicitario en una de las paredes de la cafetería en la que podía leerse, entre un montón de gente elegante abrazando a un chorizo gigante, lo siguiente: “HEMA. EL MUSICAL” ¿En serio? Pero, ¿estamos locos o qué? ¿Os imagináis la versión española de eso? “MERCADONA. EL MUSICAL” y un montón de actrices disfrazadas de cajeras cantando, al compás que bailan con un carrito de la compra, la sintonía del Mercadona. ¡Merca-do-o-na! ¡Mer-ca-do-na! 

Al terminar nuestro magnífico desayuno nos volvemos al albergue, donde reposa nuestra bella durmiente. Y en uno de los montones de cartón encontramos un montón de pulseras de esas de colores que brillan en la oscuridad, ya me entendéis, sí de esas que dan en las discotecas y son como un tubo flexible de goma. No lo sé. Desconozco el tipo de material de las pulseras. Sorry. Pues resulta que llenamos mi bandolera de pulseras de esas. “Son para decorar nuestro piso” dice Mary. ¿Qué piso? A ver si es verdad que pronto podemos decorar algo. 

Tenemos un problema, y creo que ya lo hemos tenido otra vez desde nuestra estancia aquí, y es que este fin de semana no sabemos que hay en Eindhoven que de nuevo las habitaciones del albergue se han llenado de gente. Resulta que mañana, en principio, no podemos quedarnos aquí a dormir porque ya sabéis que no lo reservamos, si no que le vamos pagando día tras día. Por si nos surge algo más barato y nos queremos ir. El caso es que llevamos buscando todo el día algún lugar donde poder dormir mañana. Creo que volvemos a estar en el filo de dormir bajo un puente helado, sobre el asfalto de un carril bici o entre el colorido de un campo de tulipanes. Por cierto todavía no hemos visto tulipanes. ¡Cuándo podremos permitirnos una excursión! 

Tenemos una buena noticia: mañana tenemos dos citas con dos pisos que, en principio, nos gustan y en uno de ellos podríamos empezar a vivir inmediatamente y no tendríamos que esperar hasta primero de noviembre. Tenemos una no tan buena noticia: si mañana el piso en el que podemos entrar inmediatamente nos gusta y nos permiten dormir en él seguramente no podremos porque no tendremos dinero suficiente para pagar el mes del piso, la agencia y el depósito. Solución: que nos ingresen dinero de nuestras cuentas españolas a nuestras cuentas de Eindhoven. Problema: mañana es fiesta nacional en España y los bancos están cerrados. Eso supone que no podemos recibir dinero. ¡Una solución! Ole con ole. 

En fin. Estamos saturados. Después del desayuno en el Hema, llegamos al albergue cargados de pulseras de colores y de revistas que también cogemos de unos montones de cartón y hablamos con Ana. Ana llega todas las noches eufórica, hablando de todo el mundo del restaurante, hablando de españoles que ha conocido en un bar, de la señora Rosa, del marido de la señora Rosa, de lo que friega y de lo que no friega. Parece un trabajo duro pero Ana llega con las pilas puestas. Con las pilas puestas a las dos de la mañana, cuando dormimos plácidamente y nos atiborra de información. Mary le pide todas las noches que resuma, por favor. Ana está muy contenta porque ha conocido a un grupo de españoles a los que les habla todo el tiempo de nosotros, quiere que los conozcamos y que empecemos a socializarnos un poco. Seguro que nos viene bien y tal vez ellos puedan ayudarnos en muchas cosas, incluido el trabajo. ¡Españoles por Eindhoven! 

Necesitamos el contrato de Ana para alquilar un piso y la señora Rosa aún no se lo ha hecho, así que si esta noche no se lo hace mañana tenemos que ir a su tienda, El Quijote, para hablar con ella y decirle que lo necesitamos urgentemente. ¡Qué de cosas! 

Mary se ha ido a las doce a la tienda de Marleen. Hoy han decorado de forma digital el salón de la casa que estuvo midiendo Mary ayer por la tarde. La dueña de la casa se ha acercado a la tienda para que le enseñen sus propuestas y Mary dice que la señora es encantadora. El día anterior, mientras medía en su casa, le ofreció un café con pastitas y le presentó a su hijo de quince años, que casualmente estudia español. Hoy la señora de la casa ha entrado en la tienda de Marleen diciendo “Hola” y después ha explicado que se lo ha enseñado su hijo. 

A las seis menos cuarto he llevado a Ana al restaurante en bici y después ha llegado mi momento de relax. El albergue se cierra desde las seis hasta las ocho de la tarde y las llaves se las lleva Ana. En esos momentos no podía entrar en él, así que he continuado pedaleando y me he recorrido varias calles y parques de Eindhoven. Después he recordado la dirección del apartamento que visitaremos mañana a las nueve y media de la mañana y he decidido acercarme. Y he llegado yo solo, con mi poco sentido de la orientación y sin ninguna ruta que me guiara. Voy evolucionando. Emociona ver cómo, poco a poco, nos vamos aprendiendo los rincones de la ciudad. Y he continuado pedaleando. 

Marleen ha dejado sola a Mary en la tienda a partir de las cinco de la tarde, dejándola con todos los cargos, y mañana la vuelve a dejar sola porque se va a la boda de su mejor amiga. He aparecido con la bici un rato antes de las siete, he sorprendido a Mary en el interior de la tienda y he esperado hasta que ha cerrado. Después la he llevado de porta-paquetes hasta la casa que vamos a ver mañana a las nueve y media. Quería enseñarle el barrio, las calles y los parques que rodean al apartamento. Es todo precioso. Al final de la calle hay una catedral enorme. Eindhoven está repleto de catedrales. ¿Recordáis esa que tenía una bandera gay colgada en el torreón? Aún nos sorprende cuando la vemos. ¿Ocurrirá eso alguna vez en España? I don´t know. 

Después de visitar nuestro, esperemos que futuro, barrio nos vamos al albergue y era imposible que no ocurriera algún día. Pues sí, hoy también nos hemos perdido. El camino desde el albergue es fácil pero a la vuelta nos hemos despistado y hemos aparecido en el quinto tulipán de Eindhoven. Por suerte siempre sabemos regresar. 

Continuamos con la búsqueda de pisos y de albergues donde poder dormir mañana, cenamos, nos duchamos y nos metemos en la cama para seguir con la búsqueda. Son las doce y media cuando Mary se duerme y yo continúo con la carta de Holanda. Ana sigue en el restaurante, nos dormiremos y seguro que nos despierta al llegar a la habitación. Seguro que se pone a hablar emocionada y Mary vuele a repetirle que resuma, por favor. Ahora está lloviendo, esperemos que no se moje en el camino. 



La cafetería estaba abarrotada. Los amigos charlaban entre tazas de café, las señoras abrían los sobres de azúcar y los camareros ponían más leche a calentar. El cielo estaba despejado, incluso a veces el Sol se dejaba ver. Las bicicletas ya circulaban por las calles y las primeras hojas secas de los árboles comenzaban a decorar los adoquines rojizos de la hermosa ciudad. 

Y quedaron mirándose, cada uno desde su mesa de la cafetería, regalándose las sonrisas que les invitarían a probar los labios que tan deseados continuarían siendo. Y entre el juego de miradas, el cruce de sonrisas y el murmurar de la gente que disfrutaban de sus cafés, quedaron los futuros amantes condenados a una historia por vivir. Una historia que comenzaba mientras los croissants se susurraban que se enfriaban lentamente. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven. 



miércoles, 10 de octubre de 2012

"The playwrights of vertigo"

10 de Octubre de 2012.

Los cuatro dramaturgos entraron en la sala, ocuparon las cuatro sillas de madera que había en ella y apoyaron sus codos sobre la gran mesa que tantos libros contenía. Se miraron, inquietos, y ninguno fue valiente para preguntar sobre el significado de aquella palabra. Todos desconocían su significado y todos, orgullosos, silenciaron su ignorancia ante él. 

La puerta que se comunicaba con el gran patio central se abrió gracias a la ayuda de un hombre bajito, con muy poco pelo en la cabeza y vestido con una larga túnica de un marrón oscuro que conseguía que su piel blanca destacara más de lo normal. Todos lo conocían como “El Ilustrado”. Cerró la puerta y se dirigió a los cuatro hombres que rodeaban la mesa. 

-Quiero que escribáis la mejor obra teatral que se haya representado jamás sobre ese escenario.-dijo el hombre de la túnica marrón, elevando la voz conforme avanzaba el discurso. –Tienes que ser una obra que impacte al público, que los quede a todos sin palabras.-el hombre hizo una breve pausa. –Y ya conocéis la palabra que deseo que se convierta en el tema central. Vértigo. Ésa es la palabra. ¿Está todo correcto?.-preguntó para dar por finalizado su discurso. Uno de los hombres que permanecían sentados se puso en pie. 

-Señor: ¿cuál es el significado de “vértigo”?.-preguntó casi avergonzado por desconocer su significado. El resto de hombres se aliviaron por no haber sido ellos los que formularon la cuestión. 

-¿Desconoce su significado?.-preguntó “El Ilustrado” sin poder creer lo que había escuchado. –Está bien.–hizo una pausa y continuó. -“Vértigo” es… -hizo una pausa de nuevo, pensativo, y todos los dramaturgos le observaron intrigados. Todos permanecieron en silencio, hasta que el hombre de la túnica marrón continuó hablando. 



Eran las dos de la mañana, la luz de la habitación se encendió, Mary se revolvió entre las sábanas y yo miré cómo Ana entraba en la habitación del albergue. Hablamos de cómo le ha ido el día en el restaurante y, de repente, empezamos a escuchar música que llega hasta nuestra habitación. ¿Pero qué fiesta han montado ahora? Y nos bajamos de la cama, bajamos las escaleras y nos asomamos por la puerta de la sala de estar del albergue. ¡Y allí estaban, los dos, bebiendo cerveza y riendo a carcajadas! Carcajadas que quedaban silenciadas por el volumen de la música discotequera. ¡Nuestro amigo el italiano y uno de los dueños del albergue, el de la gorra, están celebrando algo! La historia cambia cuando nos ven asomados por el cristal de la puerta, sonríen y nos invitan a unirnos a la fiesta. ¡Y nos unimos! 

6 horas más tarde… 

El despertador suena y nos arrepentimos de las horas perdidas de anoche. Me tiro de la cama, me meto en la ducha y me visto. Pasamos casi toda la mañana buscando pisos por internet y abriendo y cerrando nuestros correos para ver si tenemos respuestas de nuestros agentes inmobiliarios. ¡Malditos seáis! Si os tendríais que estar pegando por alquilarnos un piso. ¡Vaya inquilinos os estáis dejando escapar! 

Mary tiene que irse a las doce y media a la tienda de Marleen y Ana y yo no tenemos que ir al Jumbo porque tenemos un bote de salchichas y un bote de mahonesa de ayer. Así que hoy hemos comido perritos calientes pero, desgraciadamente, sin estar calientes. Mary siempre come con Marleen en la tienda. Comen sándwiches que Mary va a comprar a la tienda favorita de la diseñadora: Hema. Hema es el nombre de la tienda, no el nombre de una diseñadora. La diseñadora es Marleen y Marleen loves Hema. 

Tenemos una cita con un agente inmobiliario a las tres de la tarde. Nos toca ir a conocer por dentro la casa donde ahora vive la chica de color con el pijama feo. Nos llevamos la bici de Marleen y Ana y yo llegamos allí a las dos y media. ¡Con el tiempo sobrado para que no nos pille el toro! ¿En Holanda hay toros? Olé, olé. 

El hombre llega cinco minutos después, nos dice que el otro día el estuvo montado en el coche y que no nos vio. Nosotros le volvemos a repetir que el nombre de la calle estaba equivocado. No ocurre nada y el hombre parece muy simpático. Nos dirigimos a la casa y entramos en ella. La chica de color parece que ha salido un momento. La casa consiste en una sala grande donde hay un sofá-cama, dos mesas, sillas, una caldera, una estufa grande, una televisión y varios muebles. También hay una pequeña cocina donde sí hay lavadora y un pequeño cuarto de baño con lo esencial. Lo bueno de esta casa es que en el precio está todo incluido, incluso internet, no es mucho dinero y tenemos un pequeño patio donde poder chillar si nos ahogamos de claustrofobia entre las cuatro paredes de dentro. Nos gusta y, como es para tres meses, podemos alquilarlo por ese tiempo mientras buscamos algo más amplio. El señor de la agencia nos da su tarjeta y le decimos que le enviaremos un correo con nuestra respuesta. La casa estaría disponible a partir del 1 de noviembre, ya que la chica de color no lo abandona hasta entonces. El caso es que si nos lo quedamos… ¿qué será de nuestras vidas hasta ese día? ¡Dios de Holanda! ¡Help me! 

Ana y yo vamos a pagarle una noche más al dueño del albergue. Estamos en la sala de estar y dos chicos nos escuchan hablar. ¡Españoles! Comenzamos a hablar con ellos, son de Valencia, aunque uno de ellos es argentino, y vienen aquí a trabajar. Éstos vienen con dinero porque mañana comienzan a vivir en un apartamento muy caro. Nos dicen que en la tienda Hema se desayuna todos los días de nueve a diez por un euro. Nosotros le decimos que bebemos café gratis del Jumbo. “¡Bueno, cada uno tiene sus propios métodos de supervivenshia!” me dice el argentino valenciano. Seguro que algún día vamos al Hema a por esos desayunos y nos topamos con ellos. ¡Hasta luego paisanos! 

Mary necesita la bici a las cinco de la tarde, ya que tiene que ir a medir las dimensiones del salón de una casa sin Marleen, y viene al albergue a por ella. Se va y espera poder llegar con tiempo para que yo pueda acercar a Ana al restaurante en bici, pero no llega con tiempo y Ana se va andando. ¡Que te sea leve! Qué pena no poder llevarte en bicicleta. Los músculos de mis piernas ya se están “holandelizando”. ¡Dale recuerdos a la Señora Rosa! 

Mary llega y continuamos con los dilemas de los pisos. Le explico cómo es la casa que hemos visitado esta mañana y creemos que por tres meses es un buen sitio donde vivir. ¡Si vamos a tener de todo, en poco espacio, pero de todo! Mary ha llegado con regalos para todos: a Marleen y a ella le han sobrado unas lonchas de jamón de york y unas de queso y un bote de zumo natural de naranja de dos euros del Hema. ¡Y Marleen le ha dicho que se las traiga al albergue! Anda que... Marleen nos da bici, Marleen nos da casi que de comer... Definitivamente: Marleen mola.



La noche anterior, sobre las dos de la mañana, el italiano y uno de los dueños del albergue nos invitan a pasar a su fiesta particular… 

Ambos beben cerveza, se ríen, hablan en inglés y nos hablan en inglés. Resulta que anoche fue la última noche del italiano en el albergue, que se va a Londres a buscar trabajo, cosa que en Eindhoven no ha hecho. Y lo están celebrando en forma de despedida. Nuestro amigo el italiano el que enseñó a Ana el vocabulario, el que parecía que vivía en el patio interior, el que vino con nosotros o nosotros con él a la oficina vacía del “paro” de Eindhoven. ¡Te echaremos de menos “italianini”! 

El caso es que nos unimos a la fiesta. El dueño del albergue nos invitó a dos chupitos, del tamaño de dos chupitos normales en España, de licor 43 a cada uno. ¡El italiano y el del albergue solamente le dan un trago a los chupitos! ¡Se lo beben poco a poco! Se quedan sorprendidos cuando ven que nosotros quedamos los vasos limpios de un solo trago. Dicen que hay que saborear y disfrutar del chupito poco a poco. Yo les digo que en España somos unos borrachos. 

El dueño del albergue, el de la gorra, nos hizo un truco de magia con cartas, nos quedó con la boca abierta, bebieron cerveza y nos llenó nuestra botella de coca-cola barata del Jumbo de agua. Nuestro amigo el italiano hacía cosas raras y ponía caras peores. Suponemos que iba pasado de alcohol. 

Nos aburrimos, no es una fiesta de nuestro tipo. Seguiríamos bebiendo chupitos gratis pero mañana tenemos que madrugar. ¡Qué responsables! I´m sorry. Les dijimos que nos íbamos a la cama, nos abuchearon y subimos las escaleras hacia nuestra guarida. 

Nos dormimos entre nuestros nórdicos de Ikea y así hemos amanecido, con el sabor del licor 43 aún en nuestros labios. Y ahora, muchas horas después y después de lo que hemos hecho hoy, estamos de nuevo en la habitación. Ana, por suerte, en el restaurante. Los nórdicos comienzan a echarnos de menos. 



Cientos de años más tarde un chico se preguntaba por el significado de aquella misma palabra. Era curioso, pues en aquellos momentos todo lo que le rodeaba parecía haberse convertido en ella. 

Vértigo. Es lo que sientes cuando subes a un edificio que casi llega a las nubes, lo que te ocurre en una montaña rusa, al escalar la montaña más alta del mundo o lo que te ocurre cuando estás a miles de kilómetros de donde siempre has vivido. Vértigo. Es lo que sientes cuando subes a un avión con destino Eindhoven, cuando tu cabeza piensa que los objetos que te rodean están en movimiento, lo que sientes al levantarte del suelo y que, de repente, tu visión se vuelva oscura. Vértigo. Es una película de 1958 dirigida por Alfred Hitchcock, de suspense, misterio y cine negro. Vértigo. Es lo que sentimos al pensar que la gente se preocupa por nosotros, esperando una correspondencia que llega en forma de carta diariamente, lo que sentimos al pensar en la gente que nos quiere, que nos echa de menos y que llora de emoción al recordarnos. Vértigo. En estos momentos, esa palabra, significa tantas cosas. Tantas cosas que en estos momentos significan una sola. Vértigo. 

Y los cuatro dramaturgos comprendieron el significado de la palabra. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.