Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Feliz Eindhovensario. 2 años, que se dice pronto.

¿Quieres que te cuente un secreto? Puede que no quieras saberlo, en este caso leerlo. Puede que simplemente nunca hubieras sabido que existía un secreto. Incluso puede que ahora mismo mueras de ganas por conocerlo, aunque simplemente no haya nada que decir y quepa la posibilidad de haber empezado este texto con una pregunta sugerente que me ayudara a conseguir quedarte enganchado un poco más a la lectura.

No sé si contaré algún secreto a lo largo de esta carta; me lavo las manos por si no terminas con algo nuevo en mente. Pero lo que sí voy a contarte son muchos no-secretos. Cuando digo “no-secreto” me refiero a “Hace dos años que comenzaron nuestras andadas por Holanda” o cosas como “Hemos aprendido y reído tanto de esta experiencia que volveríamos a lanzarnos a ella sin ninguna duda”. Porque sí, porque son cosas que ya se saben. Cosas que ya sabéis porque las habéis leído, porque os las he contado. Y hoy es cierto que vuelve a ser 25 de septiembre. Esto quiere decir que si introducimos un boli bic en uno de los orificios de nuestra cinta de casete y rebobinamos hasta el principio descubrimos el aterrizaje de las mellizas y el amigo dos años atrás. Me han dicho que si eres más moderno y tienes la historia grabada en DVD no hace falta que metas el boli en el disco, que eso se rebobina con tan solo pulsar un botón del mando.

El caso es que las cosas han cambiado bastante desde aquel día veinticinco. Otras muchas, por supuesto, siguen intactas. El otro día paseaba por la ciudad y me topé, no por casualidad sino porque lo estaba buscando, con aquella calle llamada Rubensstraat. ¿Os suena? Sí, la calle que ocupa por lo menos un cincuenta por ciento de protagonismo en nuestras cartas de Holanda. La calle donde compartimos tantas buenas anécdotas y momentos si parar de crecer en todos los aspectos. Pasé por allí y los sentimientos quedaron a flor de piel. Un golpe de recuerdos inundó mis pensamientos, uno tras otro. Momento tras momento. Estar en esa calle me hace sentir especial. Es como visitar el lugar donde se ha grabado una de tus películas favoritas. He de admitir que, incluso pasados unos minutos, me entristecí. No por el hecho de encontrarme solo en medio de la calle y casi congelado, que también, si no por recordar todo aquello y ansiar poder vivirlo de nuevo. Te recorren esas ganas de coger a la vida por los cuernos (dejemos a los toros de una vez en paz) y decirle “Si pudiera vivirte otra vez…”

Y por eso voy de nuevo a esa calle. Para poder vivir de nuevo los momentos que me gustan. Para empaparme de esos recuerdos que me hacen vivirlos de nuevo. La calle no ha cambiado, sigue siendo tan encantadora como siempre. Lo que sí ha cambiado han sido los habitantes del hogar número 2, que nos han sustituido por una pareja que parece agradable y limpia. Desde fuera puede verse que han conseguido formar un acogedor salón junto a la ventana que en su día fue testigo de tantos “de todos”. También han sustituido al Vecino Invisible. Ahora es visible y tiene forma de familia. Por lo que pude observar “familia con hijos que cumplen años”. Sí, la ex-ventana mugrienta del Vecino Invisible estaba decorada por varias letras de colores en las que se felicitaba el cumpleaños a algún chico joven. En holandés, y no me lo inventé. Que algunas cosas ya sé lo que significan… No sé qué habrá pasado con el vecino invisible. No era un hombre como para morir de forma natural, aunque sí para morir naturalmente por exceso de cerveza. Pero no pensemos en eso. Puede que simplemente no tuviera dinero para seguir pagando el alquiler y por eso ahora siempre hay un hombre tocando el violín en la puerta de la estación de tren, o tren de la estación para quienes no me entiendan. La cosa es que el Vecino Invisible ya no está en su casa. ¿O puede que su familia le haya invadido y obligado a limpiar la venta mugrienta? Puede, a lo mejor ya no es ni invisible. Quién sabe.

Lo que no cambia es el pueblo, ese donde naciste y creciste. Bueno, a decir verdad, la fuente de la plaza sí que la he notado un tanto diferente. No sé. Supongo que serán alcaldesas mías. Ups. Perdón. Quería decir imaginaciones mías, imaginaciones. El pueblo sigue igual. Con sus calles, sus gentes, sus tradiciones… mi familia. La familia que te espera y te arropa cuando llegas, como si no hubiera pasado el tiempo. A tus padres los ves como siempre, como cuando te arropaban a los cinco años. Tu hermana sigue siendo la pequeña, aunque casi te saque una cabeza de altura. Tus abuelos siguen estando ahí para decirte lo guapo que estás y preguntarte cuándo vienes otra vez, si es posible con más días en la semana. Tus primos a los que seguirás viendo como hermanos con los que jugabas mientras cogíais aceitunas. Y es lo que seguirán siendo, aunque se casen o empiecen a querer ser padres. La familia siempre seguirá siendo eso: las personas a las que quieres con todas tus fuerzas y consiguen sacarte un “¡Vaya familia que me ha tocado!” cada vez que celebráis algo juntos, ya sea una boda o, yo que sé, una boda.

La última vez que estuve en el pueblo me encontré con una mujer a la que le tengo mucho cariño. Desde pequeño la conozco y, de un modo más cercano o lejano, también es familia. Ella es una mujer que viene del país donde actualmente estoy viviendo y que ahora, por circunstancias de la propia vida, está viviendo en el pueblo de donde yo vengo. Se puso muy contenta al verme y, mucho más, al saber que las cosas me iban bien en su país. Creo que mucho más aún cuando le dije algunas palabras y frases en su idioma materno. Ella, no sé por qué, siempre consigue hacerme sonreír. Derrocha alegría y bienestar en estado puro. Estuve unos minutos hablando con ella y al despedirme consiguió que se me encogiera el corazón en un puño. Yo volaba al día siguiente a Holanda y ella me dijo con una sonrisa gigante “Dale un abrazo muy fuerte a mi país”. Respiré hondo y una paz interior se apoderó de mí. En aquel momento descubrí que éramos la misma historia. Yo en otro país, echando de menos al mío. Ella en otro país, echando de menos al suyo. Me sentí tan bien en ese instante, descubriendo lo bueno que tiene el descubrir y conocer cosas. Casi lloré de la emoción. “Dale un abrazo fuerte a mi país”. Sus palabras quedaron rondando casi todo el resto del día en mi cabeza. Y cuando llegué de nuevo a Holanda le di un abrazo gigante, desde el avión y desde tierra, por ella y por todos los que echan de menos a su país.

Lo dicho. Que estoy muy feliz, los más cercanos lo sabéis de sobra y los que no lo sabéis os lo digo. Que sigo por aquí y no puedo quejarme de cómo van las cosas. Parece que cada vez mejor, y toco madera para que siga así. Que disfrutéis de lo que os rodea y que salgáis a conocer, aunque sea un poco más allá del umbral de casa, porque la sabiduría da vida y la vida es conocer. Si estáis estudiando apretad los codos, si trabajáis intentad seguid así y si no os sale nada puede que el motivo sea vuestro currículum. En serio, esto no viene a cuento, pero creo que puede que mucha gente esté en paro por el currículum… ¡Las empresas se cansan de ver siempre los mismos folios en blanco! ¡Innovad y sed originales! Llamad la atención… puede que así os den más oportunidades. Quién sabe. No sé, preguntadle a María… ella os dirá qué hacer.

Nada más. Muchas gracias por leerme y dedicarme unos minutos. Muchas gracias por todo lo que habéis hecho durante todo este tiempo y a seguid disfrutando. Abrazad a los que están al lado y mandad muchos WhatsApp a los que no lo están. O no, mejor no. ¡Menos mensajes y más flores! Que no quiero flores, es un decir. Y que, como un buen día me dijeron a mí, dadle un fuerte abrazo a mi país. Tranquilos, que a mi pueblo ya le envío yo un WhatsApp.


Por último: ¿Quieres que te cuente un secreto? Pues que estoy bien, estoy aquí, estoy en Eindhoven. El año que viene más, y mejor.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

"El paso del tiempo y el maravilloso mundo de los maravillosos caminos del mundo."

Trescientos sesenta y cinco días han sido los que han pasado desde aquel veinticinco de septiembre en el que el avión con destino Eindhoven despegaba de tierras sevillanas para, unas horas más tarde, aterrizar en tierras holandesas. Han sido días en los que nos hemos encontrado con tantas situaciones como segundos tiene el día. Han sido días en los que nos hemos encontrado a nosotros mismos y en los que hemos encontrado a los demás. Un año cargado de sorpresas, de cosas bonitas, de cosas menos bonitas, de días de lluvia, de nieve y de sol, de caras felices, de caras tristes. Un año donde una nueva vida se ha abierto camino para mostrarnos el maravilloso mundo de los maravillosos caminos del mundo.

Hoy es un día de celebración. No una celebración en la que la serpentina, los globos y las cervezas sean protagonistas, si no una celebración con nosotros mismos y con esta ciudad que nos sigue arropando día a día. Aunque he de admitir que, sin buscarlo y empujado por las manías del destino, me he topado con un par de globos y unas cervezas. Una celebración de la que os quiero hacer partícipes, porque también formáis parte de ella y porque siempre es bueno celebrar cosas. Para qué estamos en esta vida si no es para celebrar cosas. Pues celebremos.

Me he despertado y el sol me ha sonreído desde la ventana. El saber dónde estaba y el conocer cómo había llegado hasta allí me ha ayudado a devolverle la sonrisa. Una amplia sonrisa en la que podía leerse la felicidad acumulada durante todo este tiempo. Una felicidad generada gracias a todo aquello y a todos aquellos que se han cruzado en mi camino. Una felicidad que grita “gracias” a los cuatro vientos. Gracias por estar feliz, por sentirme feliz y por querer seguir siendo feliz.

Hoy es un día de celebración. Conmigo mismo y con Eindhoven. Es nuestro aniversario. Creo que nunca había celebrado un aniversario con una ciudad. Pero, como todos dicen, siempre hay una primera vez para todo. El primer aniversario en el que debo agradecer mi bienestar a todos los que se han cruzado en mi camino, a todos los que he quedado atrás, a todos los que me esperan allá donde me encuentre, a mis amigos del mundo, a mi familia de España y a mi familia de Eindhoven. A mi madre, mi hermana y mi padre por haber conseguido que la palabra “hogar” tenga un significado maravilloso. A María, por extraer siempre sonrisas aunque parezcan agotadas. Dar las gracias a los que vienen, a los que se van y a los que se quedan. A todos los que me han ayudado, directa o indirectamente. Gracias. A los que me rodean en mi día a día. A mi particular Dama de Elche, por conseguir siempre sentirme como en casa y convencerme de que somos familia. A toda mi gente de esta ciudad, esa gente con la que formo una particular familia. A mi eterna AnSport, por regalarme siempre sus mejores sonrisas, por ejercer de compañera fiel y por hacerme tan feliz simplemente por estar a su lado. A toda la gente del trabajo, a todos con los que he trabajado y a mis jefes, por conseguir que la experiencia laboral también se vista con sabor a dulce. A mi Mary You, por conocerme como me conoce y ejercer de brújula en el mapa de la vida. A mis grandes hermanos de esta experiencia. A mi Panuli, por seguir empeñado en hacerme feliz. A la entrañable comunidad griega y sus intentos de enseñarme su complicado idioma. Al destino, por seguir realizando esas maravillosas y caprichosas hazañas. A todos los que me rodean, de una manera u otra. A todos. Gracias.

Un año que ha pasado como pasan los pájaros por el cielo, como pasan los trenes en la estación y como pasan los segundos en el reloj de la vida. Un año en el que han sucedido muchas cosas, tantas que debería agradecerlas de una en una. Un año en el que he conocido a gente maravillosa y en el que me he conocido un poco más a mí mismo. Un año en el que me he rodeado de aventuras inigualables y en el que he vivido experiencias inolvidables. Un año del que me siento orgulloso, orgulloso por poder decir que añado trescientos sesenta y cinco días mágicos al cajón de los recuerdos. Un año en el que el paso del tiempo ha conseguido que una nueva vida se abra camino para mostrarme el maravilloso mundo de los maravillosos caminos del mundo.

Ya sabes. El tiempo pasa. Hay que celebrar. Hay que ser feliz.

Estoy bien, estoy aquí, estoy en Eindhoven.