Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

lunes, 18 de febrero de 2013

"Different lives, the same destination"

15 de Febrero de 2013.

La vida puede tenerte preparadas muchas sorpresas porque solamente ella es una caja de sorpresas. El destino, que maneja a su antojo los hilos de éste teatro, nos transporta y nos guía, nos une y nos separa, nos sorprende y nos da la vida. La vida y el destino, los únicos que no pueden vivir el uno sin el otro. La vida crea al destino, dándole alas para ser libre, y el destino modifica a la vida, susurrándole al oído los caminos que ha de tomar. 



Rondaban las cinco de la tarde del quince de febrero cuando decidimos presionar las teclas en nuestro teléfono que nos pondrían en contacto con María, nuestra amiga del alma y de la vida también. Después de varios tonos sin recibir respuesta finalizamos la llamada y, segundos más tarde, volvemos a intentarlo de nuevo. Ésta vez, tras nuevos varios tonos, María responde a la llamada, aunque no escuchamos su voz porque la canción de “Cumple años feliz” retumba en las cuatro paredes de nuestro salón. Ana, Mary y yo nos dejamos las gargantas para poder transmitirle la máxima fuerza posible y las mejores ganas de reír que existan sobre la Tierra. Le decimos que nos guarde un trozo de tarta a cada uno, aunque nos dice que no lo hará porque no vamos a ir a verla. Así que le decimos que ya llegará el día en el que eso ocurra, que no se preocupe. Creo que tengo que comenzar a detallar seriamente un plan de secuestro. Meteré a María en una maleta y la traeré con nosotros hasta Eindhoven. No sé si María será la suficientemente ágil para meterse en la maleta. ¡Habrá que intentarlo de todos modos! 

Al llegar a casa, después del trabajo en el restaurante, me quedo dormido sobre el colchón de la habitación; me arropo con el nórdico forrado con una funda de El Libro de la Selva, que Mary compró en una tienda de segunda mano; y comienzo a soñar, mientras mi cuerpo se calienta junto al radiador. Sueño en el día en el que nos adentramos en ésta aventura, en aquel veinticinco de septiembre en el que abandonamos Sevilla y volamos hasta Eindhoven. Sueño en aquel día y en todo lo que hubiera ocurrido si nunca hubiéramos tomado aquel avión. 



Un nuevo día comenzó en el pequeño pueblo de Extremadura. Las dehesas de encinas se vieron iluminadas por el intenso color del Sol al amanecer, los primeros cantos de gallos despertaban a los más atentos del lugar y el rocío que empapaba las verdes hierbas comenzaba a deslizarse entre ellas, buscando un suelo en el que aterrizar. Los trinos de los pájaros, que descansaban sobre los cables de la luz, rompían en silencio de las solitarias calles. Aquel sonido se fusionaba con el agradable olor a pan recién horneado. Las más madrugadoras ya habían calzado sus pies para abrir los ventanales de sus hogares, dejando que las casas se llenaran de vida, y los más madrugadores pisaban con cuidado las tierras húmedas de los olivares que rodeaban al pequeño pueblo, a los que pronto había que recoger sus frutos. 

Ana, que había sido admitida en un ciclo de grado superior en la ciudad de Mérida, comenzó a revolverse bajo sus sábanas en busca del botón que consiguiera silenciar la dichosa alarma que la saludaba todas las mañanas con su inquietante “Buenos días”. Abrió los ojos y contempló el techo de su habitación durante unos segundos. Qué pereza le daba tener que coger el coche todos los días para llegar a su instituto y qué pereza despertarse tan temprano, obligada a abandonar el calor con el que sus mantas la protegían del frío de la mañana. 

A varios kilómetros del pueblo se encontraba Mary. Badajoz se había convertido, por segunda vez en su vida, en su ciudad de estudios y de vida. Tras varios años estudiando su carrera en Mérida decidió mudarse de ciudad. Sus intentos de viajar al extranjero para realizar sus prácticas se vieron truncados al no recibir respuesta de ninguna empresa europea. Pasó todo el verano enviando mensajes a diseñadores de Europa y, desgraciadamente, ninguno de ellos estaba interesado en una chica de prácticas. Mary, sin ningún otro remedio, recurrió a la ciudad de Badajoz y en ella encontró un lugar donde poder realizar las prácticas que tanto le hubiera gustado haber realizado fuera de España. 

Yo desperté en una habitación que no era mi habitación del pueblo. También vivía en Badajoz, aunque no muy cerca de donde vivía Mary, y había comenzado a estudiar un nuevo ciclo enfocado al mundo del diseño editorial. Me gustaba lo que estudiaba y no podía quejarme de mi vida en Badajoz. Era la primera vez que vivía fuera de casa, mis primeros pasos como persona independiente y mi primera convivencia en un piso con gente a la que no conocía. Todas las mañanas colgaba mi mochila a la espalda y cogía un par de autobuses para llegar hasta el instituto donde había comenzado a entablar amistades con los compañeros de clase. 

Ana condujo su coche color burdeos hasta la puerta del instituto; lo aparcó en el mismo lugar donde solía aparcarlo todas las mañanas, un sitio donde siempre llenaban la luna del coche de publicidad barata; y, tras coger su bandolera llena de libros, saludó a una compañera de clase con la que avanzó por los pasillos del edificio. Algunas de las clases le resultaban muy aburridas y pesadas, aunque tenía ganas de aprobarlo todo y sabía que lo conseguiría, como había conseguido superar los otros estudios a los que se había sometido. El ensordecedor sonido del timbre de comienzo las invitó a ocupar sus asientos y segundos más tarde uno de los profesores entró en la sala, con una sonrisa de oreja a oreja, dándoles los buenos días. Aquella mañana les daría una buena noticia, una noticia que conseguiría cambiar la vida de alguno de los estudiantes que allí estaban sentados. 

El autobús que transportaba a Mary hasta el edificio donde realizaba sus prácticas se detuvo y ella lo abandonó con su mochila verde a la espalda. Quedaba a las afueras de la ciudad, era un edificio nuevo y moderno, con la fachada color gris y las puertas y ventanales de un verde pistacho. Creaban un contraste bastante llamativo. Cruzó sus puertas y se dirigió hasta la oficina donde su jefe de prácticas, un tipo mayor y bastante serio, la esperaba con nuevas tareas para aquella mañana. El jefe, que había sido contratado para decorar el interior de unas oficinas, pidió a Mary que buscara productos de diseño a través de la web. Ella, aburrida por pasar tantas horas ante el ordenador, maldijo la hora en la que ninguna empresa extranjera contestara a sus mensajes. 

Pasé los primeros días del ciclo conociendo a una chica y a un chico que parecían simpáticos. Desde el primer día me saludaron y comenzamos a interesarnos por nuestras vidas. Eran nuevos en la ciudad, al igual que yo, y habían dejado a sus familias y amigos en una ciudad de Holanda. Cansados de su país, decidieron comenzar unas nuevas vidas por nuestras tierras. Hablaban bastante bien el castellano y, gracias a ello, podíamos mantener unas conversaciones fluidas. Siempre les decía que habían sido muy valientes dejándolo todo y comenzando algo desde cero, en el fondo les envidiaba. Me dijeron que algún día me llevarían a su país, a montar en bicicleta y a volverme loco con el clima. Me pareció una genial idea. 

Algunos fines de semana iba al pueblo, abandonaba mi piso de Badajoz, y daba la bienvenida a mi casa de siempre, a mi habitación, a mis amigos y familia. Todos los viernes por la tarde paseábamos con nuestros perros hasta la Charca Arriba. Los perros siempre acababan chapuceando en la charca y nosotros, por culpa de ellos, también terminábamos mojados. Por las noches quedábamos en el Pub y era allí cuando nos veíamos después de varios días sin estar juntos. 

Aquel viernes Ana y Mary salieron juntas de casa y se reunieron conmigo. Después de ir a por unas chucherías a casa de Pepa nos sentamos junto a una de las mesas de la terraza del Pub. Allí comenzamos a hablar sobre nuestras cosas, contándonos nuestras semanas y comentando nuestras nuevas vidas. Mary haciendo sus prácticas en Badajoz, Ana estudiando su ciclo en Mérida y yo estudiando el mío en Badajoz. 

-¿Sabéis qué?.-preguntó Ana con una cerveza en la mano. –Hoy nos ha dicho un profesor que al final de curso se sorteará una plaza para que uno de los estudiantes de mi ciclo podamos hacer prácticas en el país que nosotros elijamos.- a Mary a mí se nos pusieron los ojos como platos. –Dice que tendrán muy en cuenta el nivel de inglés, así que tendré que ponerme las pilas si quiero irme al extranjero.-dijo Ana imaginando una vida fuera de España. 

-Pues esta semana mi jefe de prácticas me ha mandado a buscar productos de diseño para decorar una oficina en Badajoz.-dijo Mary un poco desanimada, pues sus prácticas eran aburridas y pesadas. –He buscado varios diseñadores y se los he enseñado a mi jefe. 

-¿Y qué? ¿Le ha gustado algo de lo que has buscado?.-le dije desde el otro lado de la mesa, con un vaso casi vacío de Coca-Cola en la mesa. –Vaya jefe más serio y desagradable que te ha tocado… 

-Pues la verdad es que sí.- contestó Mary mientras se dibujaba una pequeña sonrisa en su cara. –He encontrado a un diseñador de Holanda que hace sillas de plástico y dice mi jefe que vamos a contactar con él para comprar algunas para la oficina. 

-¿En serio? ¿Un diseñador de Holanda?.- le pregunté extrañado, desconociendo que en Holanda hubiese tantos productos de diseño. –Pues hablando de Holanda… En mi clase hay un chico y una chica que son holandeses, han comenzado a vivir aquí y me han propuesto una muy buena idea. 

-¿El qué te han dicho?.-dijo Ana interesada tras contemplar mi cara de emoción. 

-Dicen que quieren mantener informados a sus familiares y amigos de todo lo que hacen en su nueva vida por Badajoz.-hice una pausa para beber un poco del refresco que se fusionaba con los hielos en el interior del vaso. -Como a mí me gusta tanto escribir me han pedido que haga resúmenes de sus vidas para publicarlos y así podrán leerlo sus familiares desde tan lejos. 

-¡Pues sí que me parece una muy buena idea!.-dijo Ana, conociendo que sí que me gustaba mucho escribir. –Ahora tendrás que crear un blog o algo donde poder subir los resúmenes, ¿no? 

-Sí, supongo que crearé un blog. 

-¿Y vas a escribir una carta cada día?.-preguntó Mary mientras continuaba pensando en las sillas de plástico de aquel holandés. 

-Habrá que intentarlo… 

Al día siguiente Mary conducía el coche de su hermana por las calles del pueblo, ya que en Badajoz a penas conducía; Ana estaba sentada en el asiento del copiloto y yo en los asientos traseros, mientras enredaba entre todos los papeles que había esparcidos por el suelo. 

-Ana, ¿qué es esto?.-le pregunté con unos folletos de publicidad en las manos. 

-No lo sé.-contestó ella, tras girar su cara hasta mis manos. –Todos los días encuentro publicidad en la luna del coche y el otro día dejaron eso. 

Mantuve la propaganda entre mis manos durante unos segundos y más tarde la dejé en uno de los asientos del coche. Un papel amarillo, con letras negras, y otro blanco y azul quedaron escondidos entre el resto de papeles que Ana tenía en el coche. Parecía que iban a abrir dos nuevos centros comerciales en Mérida, pues la propaganda era de un tal Jumbo y otro tal Albert no sé qué. No me fijé mucho en los nombres, ya los conoceríamos cuando estuvieran en marcha. 

Mary continuó conduciendo por las calles del pueblo, Ana quedaba con María a través de su teléfono y yo observaba las casas a través del cristal, que comencé a bajarlo para sentir el aire fresco en la cara. 



Me desperté sobre el colchón de la habitación, miré tras la ventana y descubrí un nuevo paisaje nevado. En Eindhoven había vuelto a nevar. No recordé nada de mis sueños y dando los buenos días a Mary y a Ana, que dormían cada una en su colchón, comenzamos un nuevo día a tantos kilómetros de casa, de nuestro pueblo. 



La vida y el destino, que siempre van unidos y que no pueden vivir el uno sin el otro. Los detalles, los comienzos, los finales, los sueños y las metas. Todo está ligado con el destino, esa curiosa fuerza que modifica los hilos de nuestra vida. El destino, que nos ayuda a elegir nuestros mejores caminos y nos guía tras ellos, nos convierte en inconscientes esclavos de sus planes. Sean cuales sean tus decisiones, sean cuales sean tus sueños y metas, sean cuales sean tus formas de vida todo está unido para conseguir sorprenderte y modificar tus caminos. Si el destino elige en esta vida un camino para ti, tarde o temprano te empujará hacia él y, tarde o temprano, te guiará para que lo recorras paso a paso. 

Puede que si nunca hubiéramos montado en aquel avión del veinticinco de septiembre nuestras vidas serían completamente diferentes pero, tarde o temprano, el destino nos empujaría a nuestro nuevo camino para que lo recorriéramos, como estamos haciendo ahora, paso a paso. Porque las vidas, nuestras vidas, serían diferentes pero los destinos, nuestros destinos, seguirían siendo los mismos. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

viernes, 15 de febrero de 2013

"Un tipo cualquiera llamado Valentín"

14 de Febrero de 2013.

Todas las mesas de los restaurantes estaban ocupadas, ocupadas por parejas de platos que se conjuntaban sobre un bonito mantel, ocupadas por velas y ramos de flores y ocupadas por parejas de enamorados que charlaban bajo el olor del suave vino, mientras se contemplaban como el día en el que se conocieron. Todas las mesas derrochaban amor y felicidad, todas excepto una. 

Una sola mesa, entre todas las mesas de todos los restaurantes, contenía un solo plato, con una sola copa de vino y con un solo comensal. Un anciano, de aspecto arreglado, miraba continuamente el reloj que su muñeca sujetaba. Sus zapatos de cuero negro descansaban sobre el suelo de madera y sus rodillas, vestidas con un elegante pantalón negro recién planchado, temblaban bajo el blanco mantel de la mesa. Vestía una camisa rosada, acompañada por una corbata y una delicada rosa que cuidadosamente asomaba por uno de los bolsillos de su chaqueta. La espera conseguía ponerle nervioso y la espera consiguió que su chaqueta negra acabara sobre el respaldo de la silla en la que estaba sentado. Las esperas se le hacían eternas y la eternidad le parecía demasiado tiempo como para pasarlo esperando. 

Su reloj no perdonaba en el tiempo y sus ansias de verla eran incontrolables. Miraba continuamente la puerta del local. Cada vez que alguna mujer entraba su corazón le sorprendía con un vuelco y cuando descubría que no era a la que él esperaba devolvía su mirada a su reloj de muñeca, que parecía viajar a la velocidad de la luz. 

Todas las noches de aquel mismo día, de aquel mismo mes, durante todos los años pasados realizaba una reserva para dos personas, en el mismo restaurante y a la misma hora. Todos podían observar su pelo canoso, sus arrugas en la cara y sus nervios continuos. Lo que nadie podía observar era que todas aquellas noches pasadas, de aquellos mismos meses, el anciano convertía su espera en una espera eterna. A pesar de saber que ella no aparecería jamás por la puerta del restaurante, siempre vestía su mejor traje, usaba su mejor reloj de pulsera y rociaba su cuello con el mejor perfume, sin olvidar comprar la rosa más fresca de la floristería. Siempre, durante las mismas noches, realizaba todo aquello que le transportaba a una espera sin fin, una espera que sabía que jamás terminaría. 



Por la mañana me vi invadido por la pereza y las ganas de seguir durmiendo, así que dejé a Mary que saliera ella sola a correr por la ciudad. No me apetecía exponerme al helador frío de la calle y, muy a mi pesar, me quedé sentado en el sofá mientras la veía ponerse el pantalón de deporte. ¡Con la buena racha que llevaba! No pasa nada, todos los días no iba a salir a correr. Eso lo tenía más claro que el agua. Y mientras Mary se hiela de frío por las calles de Eindhoven comienzo a escribir una de mis cartas. Veinte minutos más tarde la deportista nata llega al salón de casa y comienza con sus abdominales y estiramientos matinales. Ana aún sigue dormida, así que hablamos en voz baja para no despertarla. 

Cuando ya es casi la hora en la que Mary tiene que irse a la tienda decide ir a despertar a su hermana. Sube las escaleras muy despacio, ya que suenan un montón cuando pisas sobre los escalones, y entra en la habitación donde dormimos para lanzarse sobre ella. Ana abre los ojos al compás que Mary abre la puerta. “¡Corre cierra los ojos!” le dice Mary a su adormilada hermana y Ana, tras hacerle caso, recibe la sorpresa de una Mary a domicilio. Se lanza sobre ella y ambas en la cama se dan los buenos días. Unos pelos desaliñados y unos ojos aún hinchados me dan los buenos días desde las escaleras de madera. 

Cuando Mary le prepara el desayuno a Ana lo pone sobre la mesa del salón y a Ana se le enciende la bombilla. “¡Corred, corred! Cerrad los ojos” y Mary y yo obedecemos sus órdenes y esperamos la señal para poder abrirlos de nuevo. Ana nos sorprende con un ¡Feliz San Valentín! y con la caja roja de bombones Nestlé que nuestras madres nos enviaron hace tiempo con el paquete desde España. Y celebrando nuestro especial día de San Valentín nos comemos varios bombones, que aún estaban sin abrir, y dejamos el resto para ir picando hasta que los terminemos. ¡San Valentín! Qué bien le viene éste día a las floristerías y a El Corte Inglés. 

Cuando Mary se va a la tienda la nieve comienza a invadir la ciudad. Los copos de nieve comienzan a revolotear y juegan con el viento. Ana dice que parecen bichitos que juegan entre ellos. Son unos copos enormes y consiguen que los tejados comiencen a ser blancos rápidamente. 

Ana tiene tanto frío en el salón que parece una ancianita acurrucada entre mantas mientras se fusiona con la estufa junto a la ventana. Da unos tiritones que no son normales y yo creo que si se tumbara sobre la madera que tenemos como mesa se parecería a Rose en las escenas finales del Titanic. Madre mía. De vez en cuando maldice al frío y lo acompaña de un temblor enorme de pies a cabeza. No puedo dejar de reírme mientras la observo. En serio, solamente le falta la escarcha en el pelo para ser la del Titanic. 

Antes de comer Mary nos llama por teléfono para hacernos un resumen informativo sobre la mañana en la tienda. Dice que Marleen, por San Valentín, le ha regalado a Derek unas entradas para un balneario o algo parecido. ¿Qué ocurre? Que a Derek, como a mí, no le gustan esas cosas y el regalo de su novia no le ha hecho demasiada ilusión. Mary dice que Marleen no entiende por qué no le gusta el regalo y ella le dice que yo soy igual que Derek, que tampoco me gustan esos sitios. Así que si queréis regalarme algo que no sean unas entradas para unas saunas o balnearios. Gracias. 

Y un poco más tarde, cuando Ana tiene el cuerpo más acalorado, Mary vuelve a llamar para decirnos que si queremos ir con ella a ver una tienda donde hay unas sillas y unas mesas en las que Marleen está interesada. Le decimos que estamos en pijama y que si va a ser una visita corta pues que no vamos, así que no vamos. Y maldita la hora en la que no vamos con ella. Mary se enamora de la tienda y me dice que es como estar dentro de una película. Es una librería con cientos de libros por todos lados, estanterías repletas de libros y los suelos repletos de libros. Dos ancianos encantadores son los encargados de la tienda y hasta le regalan un libro a Mary. Ella, en vez de embobarse con las sillas y mesas que Marleen quiere, se emboba con la tienda en general. Así que el sábado queremos ir para que la podamos conocer el resto. 

Después de disfrutar de nuestra comida en nuestro salón, mientras vemos la nieve caer a través del ventanal, Ana y yo nos vestimos y preparamos para la hora de irse a trabajar. Quedamos con Mary a las cinco y media en la tienda de Marleen, cogemos nuestras bicicletas con los sillines mojados y nos vamos en su búsqueda. Ana odia que los sillines de las bicicletas estén mojados. Siempre maldice a los cuatro vientos cuando va a poner su culo en el sillín y se queja porque no le gusta que se mojen sus pantalones. Ahora tiene una funda que quita y pone para no llevar el trasero empapado. Yo siempre me rio de ella porque parece que se le olvida que casi siempre va a estar mojado. Cada vez que va a montarse es como descubrirlo de nuevo, como la primera vez, como empezar de nuevo. ¡Malditos sillín mojado! Y secándolo con la manga del abrigo, con los guantes o quitando la funda lo limpia antes de sentarse. 

Llegamos al canal, que está congelado y nevado, y nos detenemos a hacernos unas cuantas fotos. Me encanta lanzar bolas de nieve y en esos momentos Ana era mi única víctima, así que hago pelotas gigantes y las lanzo contra ella. Ella intenta hacer lo mismo pero no tiene puntería o no es capaz de lanzármelas, porque yo siempre las lanzo antes. Como dos enamorados en el día de San Valentín jugando con la nieve pasamos unos minutos junto al canal, rezando por no tropezarnos y estamparnos con la plataforma helada en la que ya no pueden nadar los patos. Después de varios bolazos en los abrigos recogemos nuestras bicicletas aparcadas en la nieve y nos vamos en busca de Mary, que ya casi se nos olvidaba. 

Con Mary montada en su bicicleta, después de conseguir despedirnos de la charlatana Marleen, nos vamos cada uno a nuestro restaurante. Ana siempre tiene que esperar a que un semáforo se ponga en color verde, ya que siempre lo pilla en rojo. Mary aparca su bici en la puerta del Vintage y yo continúo pedaleando hasta el lugar donde me esperan las pilas y pilas de platos, como a las dos mellizas. 

Al llegar al patio trasero, donde aparcamos las bicicletas los empleados de Auberge Nassau , descubro que hay tres corazones enormes pintados en la nieve del suelo. Me alegra verlos porque sé que la autora de ello ha sido Aylim, que ha comenzado a trabajar a las dos, y, después de aparcar la bici junto a una de las paredes, añado un gran “Happy Day” junto a los corazones, para dar la bienvenida con una sonrisa al resto de compañeros de trabajo. Y cuando me dispongo a comenzar a fregar descubro mi regalo de San Valentín. Aylim, que no había mucho trabajo en la cocina, me sorprende con casi todo mi trabajo limpio y ordenado. Es la mejor compañera que podría tener. Le doy las gracias, dos besazos y después añado que está tonta, en modo cariñoso, por hacer lo que no tiene que hacer. Más feliz que una perdiz, porque no tengo casi nada que limpiar, pasamos la tarde con el restaurante a tope. William, uno de los cocineros, maldice a la gente enamorada que come super lento. Se nota que es San Valentín y que el restaurante está repleto de enamorados, pues me percato de ello a la hora de limpiar. Paso toda la tarde fregando platos de dos en dos, y no de diez en diez como suele pasar siempre. Hasta los dos platos con restos de comida parecen enamorados. 

Al tener todos los platos emparejados limpios y todas las parejas emparejadas en sus casas, nos vamos a la nuestra y disfrutamos del relax y el silencio antes de irnos a los colchones. La caja roja de bombones Nestlé nos llama a gritos desde la mesa, pero la reservamos para otros días. Damos por finalizado nuestro romántico San Valentín, aunque nosotros en vez de ser una pareja formamos un trío. No os vayáis a asustar, que solamente somos amigos. ¡Feliz San Valentín! 



El solitario anciano continuaba esperando a aquella persona que sabía que jamás llegaría. Contemplando las agujas de su reloj y deshojando la rosa más fresca que había podido comprar en la floristería se vio invadido por los recuerdos que le atormentaban desde aquella fatídica noche, en la que inició el comienzo de su espera. 

Veintidós años atrás, para celebrar que habían pasado media vida juntos, decidieron disfrutar de una cena en un restaurante de lujo. Él realizó las reservas y ella se encargó de elegir su vestido especial para aquella noche. Decidieron separarse horas antes de la cena, para mantener la expectación, y reunirse en el interior del restaurante. Él la esperaría sentado junto a la mesa y ella cruzaría la sala con su vestido largo y tomaría asiento junto a él, consiguiendo que su delicado rostro quedara iluminado con la luz de las velas. Ambos se vistieron con sus mejores galas, perfumaron sus cuellos con sus mejores perfumes y calzaron los mejores zapatos. Él vistió un traje de chaqueta y decoró su muñeca con su reloj de pulsera favorito. Con una rosa en la mano, la mejor de toda la ciudad, entró en el restaurante donde esperaría a su amada. 

Con una sonrisa enorme invadiendo su rostro y con dos copas de vino servidas en la mesa, esperaba impaciente la llegada de su mujer. Deseaba que deslumbrara al entrar con su vestido, destacando entre todos los comensales. Pero su amada nunca llegó a la mesa, nunca consiguió deslumbrar en el interior de aquel sofisticado restaurante. 

Un chico pidió auxilio en la puerta del local, consiguiendo que todos los comensales y camareros abandonaran el restaurante para ir en su ayuda. La calle se vio invadida por los clientes y empleados, siendo testigos de cómo una mujer con un elegante vestido largo descansaba sobre el frío asfalto de la ciudad. Un hombre, el que esperaba con la rosa en la mano, consiguió abrirse paso entre los curiosos. Quedó petrificado. La mujer a la que tanto amaba lucía su mejor vestido, con los ojos cerrados, un hilo de sangre brotando de su delicado rostro y una respiración que cesaba a cada segundo que transcurría. Se arrodilló junto a ella, se adueñó de su cuerpo entre sus brazos y cerró los ojos, soñando con que nada de aquello hubiera sucedido. Disfrutó del perfume que desprendía y escuchó sus últimos instantes de respiración. Él continuó tumbado junto a ella, sintiendo cómo el calor desparecía de su cuerpo, y una rosa, la mejor de la ciudad, se marchitaba lentamente a escasos centímetros de ellos, sobre el frío asfalto de la ciudad. 

Veintidós años más tarde, junto a la misma mesa, el hombre lucía su mejor traje, con su mejor perfume, su reloj de pulsera favorito y una rosa, la mejor de la ciudad, entre sus envejecidas manos. A pesar de saber que ella no aparecería jamás por la puerta siempre realizaba lo mismo, cada año, el mismo día del mismo mes. Ansiaba con todas sus fuerzas que la mujer a la que tanto amaba entrara por las puertas del restaurante, destacando con su vestido largo entre todos los comensales, luciendo una sonrisa que le iluminara el rostro y tomando asiento junto a él, para poder disfrutar de aquella cena, la que nunca disfrutaron. 

Con las agujas del reloj avanzando velozmente en el tiempo y deshojando la rosa que jamás podría entregar a su amada continuó con su espera eterna. Siempre, durante las mismas noches y hasta el fin de sus días, realizaría todo aquello que le transportaba a una espera sin fin, una espera que sabía que jamás terminaría. Una espera que le condenaba a vivir un amor eterno. 





Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

jueves, 14 de febrero de 2013

"Between designs, dishes and bathtubs"

13 de Febrero de 2013.

Después de realizar nuestro ejercicio matinal Mary se va a la tienda de Marleen. Tiene que estar todo el día sola al cargo de ella porque Marleen la ha llamado para decirle que vuelve a estar enferma y que prefiere quedarse en la cama. Estábamos a punto de desayunar, con el café y el cola cao sobre la mesa, cuando el teléfono de Mary ha comenzado a sonar. Con Marleen al otro lado de la línea comienzo a disfrutar de mis cereales con cola cao. Mary habla y habla con su jefa y, aún así, sabiendo todo lo que tiene que hacer, Marleen se lo repite una y otra vez. Mary observa cómo desayuno y cómo su café se va enfriando poco a poco. Marleen no se despide y Mary se desespera. Habla que habla. La escucho como si se tratara de una de esas voces de rata que ponen en los dibujos animados para hacer creer que hay alguien al otro lado del teléfono. Blah, blah, blah. Y cuando Marleen se despide de Mary tiene que volver a calentar su café. Tras desayunar, tras correr y tras realizar nuestras sesiones de abdominales se despide y se marcha a la tienda. 

Ana se cae del nido, me recibe con los ojos adormilados y un “buenos días”. Como Mary está sola en la tienda se nos ocurre la genial idea de ir a comer con ella e invadir la tienda de Marleen con comidas cocinadas en casa. Ana y yo nos ponemos manos a la obra en la cocina. Ella prepara unas cebollas a rodajas con pan rallado y huevo mientras que pelo unas patatas y las troceo a cuadritos. Dice que quiere que hagamos aros de cebolla, como los que venden en el McDonald y nunca nadie se ha comprado. Queremos acompañarlos con un revuelto de patatas que lleva los mismos ingredientes que una tortilla pero sin llegar a serlo. “Ana quiere hacer una tortilla de patatas pero se ha quedado en el intento” le digo mientras veo lo que se cocina en la sartén. “No, yo no he intentado nada” y termina añadiendo que nunca he hecho una tortilla de patatas. ¡Yo sí! Mi primera tortilla de patatas la hice en Eindhoven, estaba solo en casa y gracias a la ayuda de mi madre conseguí hacerla. Ella me puso todos los pasos a través del Facebook y mientras ella escribía yo cocinaba. Quedó buena, para ser la primera bastante buena diría yo. La segunda vez que lo intente espero que quede mejor aún. 

Con el revuelto de patatas en un recipiente de cristal, los aros de cebolla fritos en un plato, la mahonesa, tres tenedores y la bolsa de pan en las manos nos dirigimos hasta la tienda de Marleen. Ana y yo nos dividimos las bolsas de comida, las sujetamos en nuestros manillares y viajamos con ellas hasta Smalle Haven, la calle de la tienda. 

El olor a frito y las ganas de comer invaden la tienda de Marleen. Ana y yo nos sentamos junto a la mesa donde Mary trabaja, junto al mostrador de la tienda, y la despejamos para llenarla de platos de comida, de mahonesa y de rebanadas de pan. Mary, que se había preparado una ensalada para comer, ocupa la tercera silla. Los tres, sin ningún cliente viendo cosas de diseño, nos disponemos a comer. La ensalada de lechuga, tomate y manzana, los aros de cebolla fritos y el revuelto de patatas se transforman en alimentos deliciosos, que disfrutamos rodeados de diseño. No nos gusta que los clientes nos vean comer, pero Mary dice que Marleen lo hace muchas veces y que no pasa nada. Cuando entra algún cliente me da vergüenza comer, a Ana también. Mary ya está acostumbrada a hacerlo y nos dice que estamos tontos. ¡No es normal que una glamurosa mujer esté decidiendo en qué malgastar cientos de euros mientras comes aros de cebolla! Al menos, yo no lo veo normal. 

Cuando arrasamos con todo lo que habíamos preparado me acuerdo de un bote de nocilla que compré hace días y que quedé en la tienda, en modo reserva. Mary lo trae y unto rebanadas para todos. A mí me encanta meter el dedo en el bote y quedarlo sin una mota de chocolate. Disfruto tanto… Ana me mira raro y dice que no comprende cómo me puede gustar tanto la nocilla. Yo tampoco lo sé pero lo que sí sé es que hago malabares con los dedos para conseguir que el bote quede reluciente. 

Con los dedos aún manchados de nocilla escuchamos cómo la puerta de la tienda se abre y descubrimos que una chica joven avanza hasta nosotros con algo que parece una cesta de mimbre entre los brazos. Se presenta y nos dice que ella misma fabrica huevos de Pascua. Al mirar en el interior de la cesta somos testigos de un multicolor ejemplar de huevos pintados a mano, de todos los tamaños. Una pena que Marleen no estuviera en la tienda para poder comprarle algunos. ¡Eso sí que son huevos de diseño! Ana queda enamorada de ellos y nos dice que le compremos uno para los tres, pero aunque sean de diseño son bastante caros para ser huevos. La chica nos dice que no puede acercarse a la tienda otro día porque solamente pasará en Eindhoven un día y que está recorriendo todas las tiendas. Además nos dice que su madre es japonesa, su padre es holandés y que ella nació en América. Vaya mezcla que tiene la muchacha. ¡Se notaba! Porque tiene unos rasgos muy bonitos. Así que se despide de nosotros y se va con la cesta de huevos a otra parte. 

Antes de irnos a los restaurantes decidimos ir a tomar un café por un euro al Hema. Con la ciudad despejada de carnaval, aunque aún con globos de colores en las fachadas de los bares, nos adentramos en el Hema. ¡Vaya fiestas que se montan aquí en las fechas de Carnaval! Cuatro días seguidos de fiesta en los que salen disfrazados desde por la mañana temprano hasta que el cuerpo aguante. El otro día nuestras madres, como auténticos holandeses carnavaleros, nos hicieron llegar un vídeo en el que bailaban juntas cantando canciones muy simpáticas. Una simpática mujer de San Fermín bailaba de la mano con un dulce gato. Consiguieron sacarnos muchas sonrisas mientras lo disfrutábamos, aunque también se nos escaparon las lágrimas. Tenemos ganas de verlas y abrazarlas, es inevitable, aunque aún sigan vestidas de gato y San Fermín. 

El Hema nos da una puñalada y nos deja boquiabiertos, casi sin respiración. ¡No hay tartas para el café de un euro! No hay tartas… qué desgracia. El Hema nos ha traicionado. Como yo me bebía el café solamente porque venía con la tarta, no es que me guste mucho el café, decido no beber nada y las dos mellizas se beben el café a palo seco, sin tarta y sin nada. Qué tristeza. Nos encantaba la promoción de un trozo de tarta y un café por un euro. ¡No podemos seguir así! Disfrutando de su café, sin tarta, pasamos un rato agradable antes de irnos a trabajar. Ana hoy se queda en casa, ya que tiene el día libre, y Mary y yo, después de muchos días de descanso, comenzamos de nuevo la rutina de los friega platos. Cómo se nota que no hay tartas por un euro. Estamos nosotros tres solos junto a una anciana que lleva los pelos como si hubiera metido los dedos en un enchufe y cuatro ancianas más que al observarlas detenidamente juraríamos con son cuatrillizas. ¡Eran prácticamente iguales! Las cuatro con las mismas gafas, los mismos cortes de pelo y el mismo vestuario. Creemos que hasta tenían las mismas arrugas en los rostros. 

Al despedirnos del Hema nos montamos en nuestras bicicletas y quedamos con Aylim en la puerta de la catedral que hay en el centro de la ciudad. Trabajamos a las seis de la tarde y ella también, así que la esperamos para ir todos juntos. Se nota que las tardes duran más que antes, pues íbamos a trabajar de noche y ahora es aún de día. Aunque, siendo sinceros, los días son bastante grises por aquí y el sol nos visita muy pocas veces. Sabemos que es de día porque el cielo es gris, a veces claro y otras oscuro, pero no porque exista un sol deslumbrante. Nos despedimos de Ana, que regresa a casa cargada con el plato, el bote de mahonesa y el recipiente de cristal con los que hemos comido, y le decimos que la veremos a la noche, después del trabajo. 

Y después del trabajo me despido de mis compañeros hasta el día siguiente y voy en busca de Mary, que ha terminado un poco antes que yo, al Vintage. Aylim ya se ha ido a casa, así que nos vamos los dos solos con nuestras bicicletas. Hace mucho frío y en las calles de la ciudad ya no hay nadie. Los semáforos funcionan sin nadie que circule para hacerles caso, los globos de colores se mueven ligeramente gracias al viento y las bicicletas aparcadas en las puertas de las casas se congelan conforme va avanzando la noche. 

Al llegar a casa Ana prohíbe la entrada a Mary y me rapta para enseñarme lo que le ha preparado en modo sorpresa. Me lleva hasta el servicio y me quedo boquiabierto al ver el escenario tan romántico que Ana le ha preparado a su hermana. La bañera está llenándose de agua mientras la espuma crece en su interior, el olor del incienso ambienta toda la sala y la luz de las velas lo ilumina todo con un cálido color anaranjado. El baño está hasta precioso, creo que nunca lo había visto tan bonito. 

Y con Ana en el sofá viendo algo en el portátil, con la ayuda de los auriculares que le regalé el día del amigo invisible; con Mary buceando en las cálidas aguas de la bañera, mientras expulsa su estrés a través de todos los poros de su piel; y conmigo enredando un poco por el salón antes de irme a la cama damos por finalizado el día. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.