Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

viernes, 8 de febrero de 2013

"In any supermarket, in any city"

07 de Febrero de 2013.

Esta historia ocurrió en un supermercado concreto, en una ciudad en especial, aunque podría haber pasado en cualquier supermercado de cualquier ciudad. Nadie preguntó nada, nadie vio nada, pero ocurrió ante los ojos de todo el mundo, de todos los clientes que escogían alimentos de las estanterías para depositarlos en sus cestas para después llevarlos a sus despensas. El mundo es despistado, los pequeños detalles pasan fácilmente desapercibidos e, incluso, las grandes historias quedan en segundos planos cuando los sentimientos consiguen ser más fuertes que ellas. Ésta es una historia breve, una historia de cómo dos personas no llegaron a conocerse jamás, de cómo dos vidas quedaron separadas por una decisión, de cómo una historia de amor no llegó a nacer nunca, quedándose olvidada para siempre entre los pasillos de un supermercado cualquiera de una ciudad cualquiera. 



Pasaban las nueve de la mañana cuando nuestros perezosos cuerpos abandonaban los colchones que contactan con el suelo y avanzaban lentamente, escaleras abajo, para dar la bienvenida a un nuevo día desde nuestro salón. Un ramo de tulipanes que Mary le regaló a Ana se decae con el paso del tiempo logrando entristecer nuestra ventana tan florida. El Sol quiere asomarse entre las nubes y cuando salimos a correr nos regala algunos rayos junto al canal. Hacer deporte junto al canal, con los cisnes zambulléndose en el agua, es una auténtica gozada. Mary me anima para que no me detenga. ¡Pero si a mí me gusta andar! Cambiamos la ruta, para no caer en la dichosa rutina, y parece que lo llevo mejor. ¡Aunque seguro que no dura por mucho tiempo! 

Una de las cosas, que hay muchas, que no me gusta de hacer deporte es que cuando comienzas a realizarlo los músculos de tu cuerpo se endurecen y te sientes más ancho, más voluminoso. Como si tu cuerpo, intentando darte una señal de aviso, dijera “Dani, no corras más. ¿No ves que estoy engordando?” y te deprimes, y te vienes abajo. Cuando los días pasan comienza a relajarse tu cuerpo y ya consigues sentirte mucho mejor. El problema es que mi cuerpo nunca llega a lograr que me sienta bien con el deporte porque nunca le doy tiempo a que lo consiga. Soy un desastre, lo sé. 

Llegamos al estudio a las once de la mañana, buena hora para realizar un par de fotografías y marcharnos a la tienda. Cuando estoy realizando las fotos el teléfono de Mary comienza a sonar. Mary, después de varios minutos hablando en inglés, se presenta ante mí, con una sonrisa de oreja a oreja, y me sorprende con una noticia que nadie se espera. Las cosas cambian, ya os lo decía. 

La situación es la siguiente: Marleen tiene alquilada una parte de un local en la que ha montado su tienda, quería irse a Ámsterdam pero como ahora su situación económica no se lo permite tiene que quedarse más tiempo aquí en Eindhoven. Por lo tanto, como el contrato con el local se le termina dentro de poco, ha decidido alquilar otro espacio, del mismo local, continuo a donde se encuentra la tienda ahora mismo. Dentro de poco nos tocará mudanza de tienda. Una mudanza de dos metros, pero sigue siendo una mudanza. La historia se complica: como Marleen sigue con la idea de Ámsterdam ha decidido alquilar el nuevo espacio por un periodo de dos años pero dice que ella se marchará a formar una nueva tienda dentro de un año. ¿Qué pasa entonces con el año restante de la tienda en Eindhoven? Que le ha dicho a Mary que ella puede hacerse cargo de la tienda cuando se marche a Ámsterdam. Sí, sí, que Mary puede ser la dependienta oficial de la tienda. ¡Madre mía! Que dentro de poco nos toca decir “vámonos a comprar an cá Mary”. Obviamente Ana se haría cargo de la administración y papeleos y yo de todas las fotografías, vídeos y publicidad. No sabemos a dónde llegará todo esto. De momento todo está en el aire. 

Cambiando de tema, pero con los mismos personajes. Marleen y Derek parecen no ponerse de acuerdo con respecto a Mary, pues resulta que acordaron que un par de días los pasaría en la tienda y otro par de días en el estudio y ninguno de ellos están respetando los horarios. A Mary no le gusta que discutan por ella, todos la quieren y la necesitan. Marleen para decorar la casa de una clienta y Derek para que le ayude con cosas del estudio. ¡Mary es mía! ¡No, es mía! Y Mary y yo los observamos desde el otro lado del estudio. 

Cuando creo que las nuevas fotos están bien para el catálogo nos despedimos de Derek, hasta mañana, y le decimos que nos tenemos que ir a la tienda de Marleen, pues nos necesita. A Mary porque es su chica de prácticas y a mí porque necesita hacer algunas fotos más. Nos invita a unos pasteles rellenos de crema de manzana que ha comprado en el Hema, su tienda favorita, y nos comenta los planes del día siguiente. Nos dice que Mary y ella tendrán que ir a una tienda de sillas con una mujer a la que le están decorando la casa y que si sería posible que yo me quedara a solas en la tienda una hora, más o menos. ¿Yo? ¿Solo en la tienda de Marleen? ¿En una tienda con productos de diseño, con diseñadores extravagantes y con precios que superan la altura de las nubes? ¡Pues claro! Me encanta la idea y le digo que sí, que sí que puedo. Dependiente por una hora, suena bien. 

Cuando todo está en orden y organizado para mañana me despido de ellas, de mis dos diseñadoras favoritas, y me marcho a casa, donde me espera Ana. Preparamos pasta para comer, ésta vez la prepara más ella que yo, y después de llenar nuestros estómagos decidimos hacer manualidades. Ana ha comprado unas pegatinas en el Acion para pegarlas en su bicicleta, ya que es demasiado nueva y al haber sido comprada a unos negros, que han robado a cualquiera, es mejor camuflarla. Optamos por la opción de más vale prevenir que curar. Así que Ana coge las tijeras y comienza a recortar pegatinas. Cuando están todas listas decidimos bajar a la calle y pegarlas en las barras negras de la bici. El Sol está fuera y nos inspira confianza y calor. Inocentes de nosotros que salimos a la calle sin abrigos y sin nada, nos quedamos pajarito pegando pegatinas. Ahora la bici de Ana mola más y pasa más desapercibida ante los ojos de aquel que esté buscando desesperadamente su bici recién comprada. Qué pena gastarse tanto dinero en una bici para que al cabo de una semana la roben y la vendan por diez euros a las tres de la mañana en el centro de la ciudad. Es mejor nuestra opción. Alimentarse de bicis robadas a precios exclusivos es la manera más económica de viajar en Eindhoven. Es el ciclo de la vida, el ciclo de las bicis. 

A las cinco y media salimos de casa con nuestras bicicletas, una con pegatinas y otra sin ellas, y nos vamos hasta la tienda de Marleen, donde recogemos a Mary. Pasamos unos minutos los tres juntos y nos separamos para irnos cada uno a su restaurante. Los platos sucios esperaban a Ana en Señora Rosa, a Mary en Vintage y a mí en Auberge Nassau. ¡Luego nos vemos! Y nos despedimos hasta dentro de unas horas. 

Aylim tenía el día libre, así que me paso la tarde entera con una de las camareras y con los dos cocineros que trabajaban, Dyan y William. Como no puedo cantar al unísono canciones con Aylim decido hacer un dueto con Bregje, la camarera, y cantamos las canciones de “El Rey León”. Es divertido porque cantamos a la vez, solo que ella la versión inglesa y yo la versión española. ¡Hakuna Matata! Siempre es divertido cantar mientras se está fregando y, más aún, cuando te acompañan tarareando algún tema. Como Will, el jefe, que hasta ha habido días que nos ha demostrado que los holandeses también pueden patalear como un flamenco en toda regla. Por desgracia esta semana Will, el jefe, que también es cocinero lleva varios días de esta semana en el hospital porque le pasa algo, que no sé muy bien lo que es, en el estómago. Está bien y no es nada grave. Desiré, mi jefa, me explica cómo está en el hospital y me dice que la comida del hospital no le gusta, pero que puede ver la tele siempre que quiera. Pobre Will, un cocinero esclavizado a la comida de un hospital. Parece un chiste malo. Cuando todo está limpio y ordenado para finalizar la jornada nos bebemos unas cervezas. Desiré, William y yo hablamos a solas en el restaurante, cuando ya no hay nadie en él, mientras disfrutamos de una buena bebida después del día de trabajo. Siempre nos invitan a beber algo. Desiré nos habla de Will, William nos habla de los carnavales en Holanda y yo les hablo de los carnavales en España. Cuando las copas quedan vacías cerramos el restaurante y nos despedimos hasta el siguiente día. 

Nosotros aún tenemos que hacer nuestros trajes de carnaval, las telas siguen rondando por el salón esperando a ser cortadas. ¡No tenemos tiempo! Necesitamos tan solo un momento para realizar unas capas, unos super nombres y así poder salir a dar el cante por las calles de Eindhoven. La fiesta comienza el viernes y se extiende hasta el martes. Se celebra días y noches, a todas horas, y la gente se disfraza todos los días. Va a ser una locura, ya os lo digo yo. Con una capa de tela por cortar y con muchas ganas de carnaval doy por finalizada esta carta, este día. ¡Hakuna Matata! 



Las puertas del supermercado se abrieron para dar paso a una preciosa joven que había decidido aparcar su bicicleta en el exterior del local y adentrarse en sus pasillos en busca de algo que poder cenar aquella noche. Buscaba algo rápido, algo que matara aquel gusanillo que rondaba dando vueltas en su estómago. La nevera de su casa estaba completamente vacía, eso estaba más que claro. Tendría que sacar tiempo de donde fuera para hacer una buena compra, una que consiguiera perdurarla todo el mes. Era un auténtico desastre, todas las noches tenía que detener su trayecto a casa para cargarse con un par de cosas que poder convertir en cena. 

Minutos más tarde, cuando ella estaba perdida entre los pasillos cargados de alimentos, las puertas del local volvieron a abrirse para dar paso a un joven que vestía con unos vaqueros caídos y una mochila de cuero colgada en la espalda. Parecía decidido, con prisas y dispuesto a realizar una compra rápida. Dando pasos ligeros se dirigió hasta la zona donde todos los tipos de queso se conservaban en frío en el interior de diferentes neveras gigantescas. Todos los productos quedaban expuestos al público gracias a las enormes cristaleras que también realizaban la función de puerta. Se detuvo ante ellas y comenzó a observar cada producto, cada tipo de queso, cada variedad. No tenía muy claro cuál escoger. Lo único que sabía es que alguno sí que compraría. 

Pasados unos minutos la joven también se detuvo frente a la cristalera que la separaba de los tipos de queso. Una infinita variedad de ellos le susurraban desde el interior de las neveras. Queso para cenar, se haría un buen sándwich. Pensó en ello y le gustó la idea. Solamente necesitaba saber cuál elegir. 

Ambos quedaron petrificados ante las frías cristaleras, el uno junto al otro, sin mirarse, sin apartar la mirada de los quesos. Ambos decidieron a la vez, ambos tuvieron su respuesta al mismo tiempo. Puede que si hubieran fijado sus ojos en el mismo producto sus manos se hubieran rozado en el interior de la nevera, que sus miradas hubieran chocado en el espacio y que sus sonrisas hubieran conseguido enamorarlos. Puede que si las decisiones hubieran sido la misma sus historias se hubieran convertido en una misma. Pero no fue así. Él escogió un queso de una de las baldas más superiores y ella, en cambio, optó por un producto que quedaba en el medio del interior de la nevera, centímetros más abajo de la altura de su mirada. Un pequeño detalle al que no dieron importancia y que, sin embargo, hubiera podido convertirse en el detalle más importante de sus vidas. 

Cada uno en una caja se despidieron de las dependientas, cada uno de una. Sus cenas estaban servidas y sus decisiones estaban tomadas. El curioso destino los unió en el mismo espacio durante unos segundos, jugó con ellos ante las puertas de una nevera y dudó sobre sus historias. Finalmente decidió que cada uno de ellos escogiera un rumbo distinto y así fue como consiguió que ambos se alejaran, el uno del otro, para siempre, quedando solamente en el recuerdo. Quedando para siempre solamente un simple detalle al que ninguno de los dos nunca dio importancia. 

Ésta es una historia breve, una historia de cómo dos personas no llegaron a conocerse jamás, de cómo dos vidas quedaron separadas por una decisión, de cómo una historia de amor no llegó a nacer nunca, quedándose olvidada para siempre entre los pasillos de un supermercado cualquiera, de una ciudad cualquiera. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

jueves, 7 de febrero de 2013

"Démosle la vuelta al mundo"

06 de Febrero de 2013.

Ella siempre había soñado con lugares inimaginables, con viajes inalcanzables y con miles de aventuras por vivir. Ella soñaba con los ojos abiertos, de cada detalle extraía una esencia mágica y de cada sueño intentaba que algo, aunque fuera la mínima parte de él, se hiciera realidad. En su tiempo libre se rodeaba con fantásticos y enormes libros de lugares, de ciudades del mundo. Las horas pasaban volando cuando se sumergía entre las páginas que le narraban detalladamente cada rincón del planeta. Quería viajar hasta cada punto, hasta cada ciudad, descubrir cada selva y cada desierto. Quería conocerlo absolutamente todo. Sus sueños abarcaban demasiado, era las palabras que siempre escuchaba de sus amigos y conocidos. “No es bueno soñar tanto” le decía su madre cada noche, antes de ir a la cama. 

Cuando era niña disfrutaba tanto de las aventuras y cuentos que le contaban en el colegio que, incluso siendo una mujer, las recordaba perfectamente en sus más profundas vivencias. Recordaba cada día la maravillosa redacción que leyó un día en clase. En ella contaba las ganas que tenía de conocer mundo, de conocer lugares y las ganas de dejarlo todo para irse a investigar. Era una niña en aquellos entonces y sus ideales ya estaban muy claros, demasiado claros para una niña de su edad. Recordaba que aquel mismo día, en la hora del recreo, un chico de su clase se acercó a ella muy despacio. Ella le miró con disimulo y él, acercándose mucho más a la pequeña, le susurró algo al oído. La pequeña no dijo nada y, segundos más tarde, se alejó corriendo del niño, quedándolo solo en medio del parque del colegio. 

Algún día llegaría el momento de abandonarlo todo y comenzar a volar, de un lado hacia otro, de una ciudad a la otra, de la selva a la montaña y de los ríos a los desiertos. Sus metas siempre las divisaba en el horizonte, allí donde se ocultaban todos los viajes que le quedarían por vivir. Sus metas, que se apagaron con el paso del tiempo y comenzaron a vivir en un segundo plano, en un tercero y hasta en el fondo de su vida. Ella olvidó sus sueños, el tiempo no se lo permitía. La rutina de la vida diaria le agarró la mano y no la permitiría escapar de ella. Ella, sumergida en un nuevo mundo sin metas e ilusiones, no se imaginaba nada de lo que el destino le tenía reservado. 



Miércoles por la mañana y Mary tiene que abrir la tienda de Marleen, ya que ella tiene que hacer cosas en casa o no sé donde. Después de nuestra ruta corriendo por la mañana, de hacer unos cuantos abdominales y de pegarnos una ducha, nos vestimos y nos vamos juntos a la tienda. Tengo que hacerle unas fotos a la calle donde se encuentra, ya que las fotos para la revista Elle formarán un artículo que titulado “Mi calle”. Marleen dijo que le preguntaría a los de la revista si es posible que mi nombre apareciera firmando las fotos. ¡Qué ilusión! Mi nombre en una revista de decoración holandesa. Es increíble. Espero que le digan que no hay ningún problema en ponerlo entre sus páginas. “Dani Broncano, Broncano” repite varias veces Marleen y después afirma que le gusta mi nombre, que es como de cantante o de actor. 

Con la máquina de hacer fotos que me compré hace unos días en el Mediamark, aprovechando la promoción de los días sin el 21% de I.V.A, y con el portátil nuevo de Mary, que también se compró aprovechando la oferta, abrimos la tienda de Marleen. Comienzo a hacerle fotos a la calle, a la calle con suelo, a la calle con cielo de fondo, a la calle con la tienda, a la calle con gente y a la calle sin gente. Hago fotos de todo tipo. Y la calle es tan gris y tan triste en esta época del año que no me gustan los resultados, aunque algunas fotos sí que quedan muy bien. No sé exactamente qué es lo que busca Marleen en la foto, mañana me lo dirá mejor. 

Cuando Mary y yo estamos en el interior de la tienda recibimos una llamada de Ana y nos dice que en una media hora vendrá a vernos. Ahora que la tienda va a mudarse al espacio de al lado y que hay que hacer algunas reformas Ana ha pensado que puede encargarse de hacerle un inventario a Marleen, así podrá tener un control real de los productos que vende y compra. Sería una buena forma para que Ana practique inglés aunque, conociendo cómo es Marleen, lo va a tener un poco complicado para que recuerde cuántas cosas ha comprado y cuántas cosas ha vendido en un día. ¡Mucha suerte Ana! Pues Marleen es un caos absoluto, el desorden hecho persona. 

Minutos más tarde recibo un mensaje de Derek en el que se lee que si es posible que vaya al estudio porque Rinske, la chica nueva de prácticas, necesita mi ayuda. Así que, abandonando a Mary, me voy hasta el estudio donde comienzo a hablar con Rinske del catálogo de los productos de Derek. Ya lo han llevado a una imprenta y hoy veremos el resultado en papel. Es muy probable que tengamos que modificar algunas cosas, pues no es lo mismo ver un trabajo en el ordenador que en papel impreso. Y efectivamente cuando lo tenemos entre las manos descubrimos que hay dos fotos que tengo que realizar de nuevo, una que es muy oscura y otra en la que una de las sillas queda un poco cortada. ¡Marchando dos nuevas fotos para mañana! Y así, sin pensarlo ni nada, le pregunto a Rinske, solo por curiosidad, cuántos catálogos se van a imprimir y me contesta que “one thousand”. “¿Cien? Qué barbaridad” pienso y se lo vuelvo a preguntar, por si no me ha quedado claro. “Uno, cero, cero” le digo para que me entienda mejor. “¡No! One thousand, no one hundred” y me quedo con la boca abierta. No son cien, si no mil. ¡Mil! Mil catálogos van a estar rondando por ahí. Increíble. Después del shock de los mil catálogos me despido de ellos y les digo que los veo mañana, a Rinske no porque tiene un examen. 

Ana visita a Mary y a Marleen en la tienda. Después de despedirse de ellas y coger su bicicleta nueva, que le han regalado para el cumpleaños, se dirige hasta casa, desconociendo todo aquello con lo que iba a toparse en el camino. ¡Que la atropellan! Que sí, que a Ana la atropellan con un coche. 

Aylim, Ana y yo tenemos el día libre, ya que no trabajamos ninguno en los restaurantes. La única que trabaja es Mary, así que nos llamamos y hablamos de comer los tres juntos en casa de Aylim. A Ana y a mí nos parece una buena idea así que más tarde nos iremos a su hogar, dulce hogar. Mary quiere el día libre también, pero no es posible. 

Regreso a la tienda de Marleen y paso en ella un largo tiempo, hasta las cinco y media más o menos. Hora en la que Mary se va al restaurante. En otro lado de la ciudad, mientras los coches y las bicicletas siguen su curso sin colisionarse los unos con los otros… 

Ana viajaba en bicicleta tranquilamente cuando, de repente, se topó con La Nena y El Cari, que no son dos chungos de la calle si no Andrea y su novio Paulino. La Nena es porque Ana y ella se llaman así y El Cari es porque Andrea siempre le llama “mi cari” y ahora todos lo llamamos de la misma manera. “¡Qué casualidad! ¿Dónde vais?” les preguntó Ana como en su día el Lobo le preguntó a Caperucita. Ellos le contestan que van a coger un autobús para ir al Action. “¡Yo también voy al Action!” les contesta Ana desde su bicicleta nueva y se despide de ellos diciéndoles que en unos minutos se ve con ellos en la tienda. Ana continua plácidamente con su camino hasta el Action y, más precavida que la Ratita Presumida, decide adentrarse en un cruce de coches cuando uno de ellos le da paso. Ana se dispone a cruzar y antes de pisar de nuevo el carril bici un coche despistado colisiona contra ella. Ana salta del susto, sin abandonar la bicicleta, y levanta uno de los pies para que el morro del coche no fusione su tobillo contra los radios de la rueda trasera de su bici nueva. ¡Su bici nueva! Creo que Ana en esos momentos pensó más en el bienestar de su bici que en el suyo propio. A pie regresa a la acera y el conductor baja del vehículo. Se ha chocado con ella, se ha chocado con la rueda trasera de la bici de Ana. Qué barbaridad. A Ana se le llena el cuerpo de adrenalina y de ira y comienza a decir cosas sin sentido en inglés. El conductor indignado, que más indignada debería de estar Ana, no para de hablar en inglés hasta que Ana lo detiene diciéndole que ella es española. Y como no podía ser de otro modo la respuesta del conductor fue la siguiente. “Aham. ¡Qué eres española!” le dice el conductor, “Pues mucho mejor de esta manera”. A Ana la han atropellado pero ha tenido suerte de que el hombre hablara español. Se aseguran de que la bici está bien, de que el coche está bien y de que Ana está bien. El susto no se lo quita nadie, pero gracias al Dios de Holanda solamente ha quedado en eso. 

No hay que olvidar que toda esta escena fue vista por Andrea y El Cari desde el autobús en el que iban montados de camino al Action. ¡Tenemos testigos! Imaginaos nuestras caras cuando Ana nos llama y nos dice que la han atropellado. “¿Que te han atrope qué?” Pues eso, que la han atropellado. 

Una vez en el Action Andrea se siente mal porque lo ha visto todo desde el autobús y le dice a Ana que no se ha podido bajar para salvarla de ese malvado atropellador de bicicletas nuevas. Ana, Andrea y El Cari abandonan en su mente lo sucedido y comienzan a investigar por los pasillos del Action. Es todo tan económico que compras cosas que ni necesitas. “Vale todo ochenta y nueve céntimos. Pero de ochenta y nueve a ochenta y nueve sumas unos treinta” dice Ana maldiciendo el Action. Andrea se estresa mientras compra y El Cari coge cosas que no necesitan en casa. “Me agobio, me agobio con tantas cosas” le dice Andrea a Ana mientras la secuestra en uno de los pasillos. 

Cuando llego a casa, después de despedirme de Mary, me encuentro con Ana y nos preparamos para irnos a casa de Aylim, la tita Aylim para algunos y el Dios de Holanda para otros. La llamamos para decirle qué quiere que nos llevemos para comer y nos contesta que vayamos al Albert Heijn y que compremos atún. Vamos a comer pasta y queremos atún. Pues muy bien. Ana y yo nos vamos al Albert en busca de atún, de patatas fritas y algún que otro chocolate para después de comer. 

Comer en casa de Aylim es como comer en nuestra casa, mejor que comer en nuestra casa. Ella tiene despensa, no como nosotros, y encima la tiene llena. La nevera también está repleta y constantemente te ofrece cosas para comer. Al llegar a su casa nos moríamos del hambre y, por eso, abro la bolsa de patatas que Ana y yo compramos en el Albert. “¡No la abras! ¿Por qué la abres?” me dice Aylim cuando me ve comiendo patatas. “¡Tengo un montón de bolsas de patatas abiertas y que nadie se termina!” y después de eso aparece en la cocina con tres o cuatro bolsas de diferentes clases de patata. Así que, debido a que eran las siete de la tarde y aún no habíamos comido, arrasamos con todas las patatas fritas mientras la pasta se cocía. 

Aylim es una pesada. Sí, habéis leído bien. Es una pesada porque siempre que vamos a cocinar quiere aprovechar el tiempo de cocción para irse a la ducha. Llegamos a su casa y lo primero que dice es: “Vosotros id preparando la comida y yo mientras me ducho”. Y nunca lo cumple. Comienza a sacar cosas de la nevera, a picar la cebolla, a poner la mesa, a leer el tiempo de cocción de la pasta, a oler los tipos de queso, a dar clases de cocina y dejarnos instrucciones antes de meterse en esa ducha en la que nunca se mete. “¡Aylim vete a la ducha!” le decimos cada cinco segundos. “Uys, es verdad” nos contesta mientras sigue haciendo cosas y cuando parece que abandona la cocina para adentrarse en el baño vuelve a aparecer tras la puerta. No sabemos cómo lo consigue, el caso es que siempre se va a la ducha cuando la pasta se está cociendo. Supongo que le gusta cocinar porque hasta cuando está desnuda bajo el agua podemos escuchar alguna que otra indicación. “¡Sacad la pasta dentro de cinco minutos!”. Así es Aylim, es una pesada. En el mejor sentido de la palabra, ella lo sabe. ¿Pero todavía estás aquí? ¡Te llevas duchando desde las seis de la tarde! 

Cuando los platos de pasta humeante se encuentran sobre la mesa comenzamos a comer. Ana y Aylim se beben una mini botella de dos sorbos de champagne que Aylim tenía guardada por ahí por casa. Nos cuesta la vida abrirla pero al final lo conseguimos. No merecía la pena destaponarla, pues no hay ni una copa para las dos. 

Después de la comida nos quedamos de charla hasta las nueve de la noche; Ana pone de comer a Chulo, el perro de Aylim, y casi lo mata con una sobredosis de comida; Aylim nos prepara una bolsa llena de cosas para nuestra casa, no sabemos que hay dentro; nos despedimos de ella porque se está haciendo tarde y nos vamos a casa a esperar que Mary llegue del restaurante. Con la canción de “Precaución, amigo conductor” en la mente aparcamos nuestras bicicletas en la puerta de casa, Ana contra la ventana del vecino invisible y yo en el árbol donde Sim, el perro de Marleen y Derek, hacía cada mañana sus necesidades urinarias. 



Con la rutina persiguiéndola día tras día y con los sueños de conocer mundo aparcados en lo más profundo de sus pensamientos, tomaba un autobús, el mismo cada mañana, para desplazarse hasta el centro de la ciudad, donde trabajaba en unas enormes oficinas desde hacía varios años. Aquella mañana algo diferente ocurriría durante el trayecto a las oficinas, algo que le cambiaría la vida por completo. 

El autobús se detuvo en uno de los semáforos y ella, sentada en uno de los asientos junto al pasillo, conseguía distraerse mientras perdía la mirada en el bullicio de gente que caminaba por las aceras. Pensaba en el trabajo, en su casa, en su soledad y en todas las cosas que quería realizar de pequeña y que en esos momentos ni las pensaba. Aquella mañana regresaron a su cabeza, sus ganas de conocer mundo, de conocer ciudades, de viajar de un lado hacia otro. Ella siempre había querido aquello y ahora solamente vivía rodeada de trabajo y de cosas que realmente no tenían importancia. Estaba sola, si lo pensaba bien se daba cuenta de ello. ¿Qué había sido de aquella niña que soñaba con lugares increíbles y aventuras nuevas día tras días? ¿Qué había sido de aquellas ansias por conocerlo todo? ¿Qué había sido de aquella redacción que escribió de pequeña? En esos momentos daría lo que fuera por volver a leer las palabras que escribió de pequeña. Aquello sería imposible, solamente podía recordarlo en su mente. 

Continuando con la mirada perdida en las calles de aquella maravillosa ciudad divagaba entre sus pensamientos. Sin esperarlo y sobresaltándose un poco en su asiento alguien dio un par de toques en su hombro izquierdo. Se giró lentamente, buscando al dueño de aquellos dedos que la habían tocado con tanta delicadeza. Para su sorpresa su mirada se topó con un chico que tendría la misma edad que ella, era moreno, risueño y sus ojos marrones se clavaban fijamente en su mirada. Estaba de pie, como petrificado junto a ella, en el pasillo del autobús. Ella, desconociendo el motivo de por qué aquel chico había llamado su atención, se dispuso a abrir la boca para salir de dudas y él, antes de que ella pudiera pronunciar algún sonido, puso uno de sus dedos silenciando sus labios. Le miró perpleja, sin saber cómo reaccionar ante aquella situación. Se dejó llevar, hacía tiempo que no lo conseguía. 

El chico se acercó lentamente hacia ella, hacia su rostro. El autobús seguía su curso. Sus rostros, cada vez más cercanos, se tambaleaban al compás del ritmo del vehículo. Él se detuvo. Ella no daba crédito a lo que ocurría. Tras respirar profundamente le susurró algo en su oído. Algo que ella no esperaba escuchar, algo que la dejó boquiabierta, algo que le cambiaría la vida para siempre. Le miró fijamente a los ojos y supo que era él, al que tanto tiempo había estado esperando. Le dedicó una sonrisa y le agarró fuerte la mano, aceptando por completo la propuesta que había susurrado instantes antes en su oído. La misma propuesta que le hicieron años antes en el patio del colegio, el día en el que explicó ante todos sus ganas de conocer mundo. Aquel pequeño niño le susurró algo al oído y, sin saber cómo ni por qué, la misma frase a la que un día no hizo caso apareció por sorpresa en su vida. Era él, el chico del colegio. Era aquella propuesta, la propuesta de su vida. 

Cuando el autobús llegó a su destino ambos salieron de él agarrados de la mano, sonriendo y dejando una vida en sus espaldas, con el objetivo de formar una nueva. Aquella mañana ella no iría a las oficinas en las que se encarcelaba cada día, abandonaría la rutina y, probablemente, no volvería a ellas nunca más. Él le regaló la libertad y ella, a partir de aquel instante, solamente viviría una diminuta rutina: recordar la frase de la que un día en el patio del colegio huyó y a la que años más tarde se agarró con todas sus fuerzas. Recordar la frase. Y así lo hizo, día tras día, en una ciudad diferente, descubriendo selvas y montañas, ríos y mares, desiertos y océanos. Se lo recordaría, sería su única rutina para el resto de sus días. “Démosle la vuelta al mundo” y así lo hizo, y así lo hicieron. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

miércoles, 6 de febrero de 2013

"The time and the distance"

03 de Febrero de 2013.

Cuando pasas un largo periodo de tu vida a solas, completamente a solas, con una persona sientes que un fuerte vínculo se apodera de la distancia que os separa, que os une y que os mantiene fuertes. Ese vínculo, que ejerce de lazo indestructible, puede llegar a convertirse en el arma más valiosa con el que afrontarte a las metas de la vida. La única misión y, por lo tanto, la más importante, es mantenerlo a flote, con vida y sano y salvo, pues solamente logrando esto os recompensará con las mayores alegrías que en esta vida se pueden ofrecer. 



Son las once de la mañana y hemos conseguido salir a correr un día más. Me ha costado ponerme la ropa deportiva y hasta le he llegado a decir a mi compañera que hoy me quedaría en casa, que me apetecía escribir. Ella se ha negado y ha animado a mi cuerpo con la excusa de que solamente son quince minutos de deporte, que no es nada. Así que después de desayunar hemos invadido la calle y quince minutos más tarde he conseguido llegar a la puerta de casa con la lengua por los suelos. Tumbarse en el sofá unos minutos antes de continuar con los abdominales es uno de los mejores regalos que el Dios de Holanda me puede ofrecer en esos momentos. 

Hemos despertado y mis oídos han sido testigos de mi primera frase del día. “Ves, mi ordenador tenía razón” me dice Mary mirando a través de la ventana. Una ligera capa de nieve ha vuelto a cubrir los tejados de las casas vecinas, los patios blanquecinos nos regalan unas vistas maravillosas y el cielo grisáceo consigue que la nieve sea la protagonista del paisaje. Todos los patios y jardines están detalladamente cuidados, todos menos el que pertenece a nuestra casa. El vecino invisible es tan invisible que ni sus plantas lo ven aparecer por el jardín. Qué tristeza. Todos los patios arreglados, con sus buenas hierbas podadas, con las malas hierbas arrancadas y ahí está el nuestro, muerto de la risa. “Si el vecino nos deja le arreglaremos el patio” fueron las primeras palabras de Mary al ver el descuidado jardín que podíamos ver desde la terraza. Lo que no sabía nadie era que iba a ser imposible ver al vecino. 

Y con Ana recién levantada, por increíble que parezca, y siendo recibida por un aplauso por parte de Mary, que sigue haciendo cosas en el portátil antes de marcharse a la tienda, continúo sentando en el sofá mientras pienso en la fotografía que hoy tengo que realizar para Marleen. Y sin ningún motivo y de forma inesperada los recuerdos del día tres de febrero se abalanzan, unos sobre otros, en mi cabeza… 

El domingo nos despertamos sobre nuestros colchones en el suelo y Ana sobre las cuatro patas del somier plegable. La noche del sábado estuvo repleta de fiesta y de risas, de cerveza por los aires, de caras pegajosas del líquido amarillento, de canciones que se cantan a gritos y de muchos, muchos amigos españoles. Celebramos el cumpleaños de las mellizas, de nuestras mellizas, y lo pasamos en grande, es la verdad. Recordando todo lo vivido la noche anterior abro los ojos con pereza y descubro a una Mary sonriente desde el colchón vecino. Observo cómo abre y cierra los ojos lentamente, al igual que hago yo. Planificándolo todo en mi cabeza e intentando lograr despertarla de un modo repentino respiro, cojo aire y decido felicitarla dando una voz seca y rápida. “¡Felicidades!” le digo velozmente mientras seguimos tumbados en los colchones. Mary rebota bajo las sábanas y, sin esperar ese sobresalto, me maldice y se levanta de la cama. Ana, que duerme unos centímetros sobre el suelo, no como nosotros, se revuelve entre las sábanas y nos abandona profundizándose en lo más hondo de su colchón. 

Como no he tenido tiempo de prepararle nada por el cumpleaños decido llevar a cabo lo que llevaba varios días pensando. Mary y yo estamos en el salón así que le digo que quiero ir a comprar unas cosillas al Albert Heijn y que si quiere puede venir conmigo, pero que tenemos que separarnos para que no vea lo que compro. Como era de imaginar aceptó mi propuesta y rápidamente nos vamos en búsqueda del Albert Heijn que hay en el centro de la ciudad, ya que es el único supermercado que hay abierto un domingo. Para nuestra sorpresa y quedándonos con caras de bobos descubrimos que se abre a partir de las cuatro de la tarde. Maldiciendo el reloj que marca la una decidimos probar suerte y vamos en búsqueda del Jumbo al que tanto queremos y al que tan poco visitamos. ¡Corre, Mary, corre! Y es allí donde nos entramos a comprar. 

Mary va a por su café gratis, después de que arrasáramos con todos los quesos de prueba, y me separo para comprar todo lo que necesito. Quería darles un detalle por el cumpleaños. No me gusta que haya sido de esta manera, pero tampoco quedó tan mal. Me dirigí hasta el pasillo de lo que buscaba y comencé a llenar de cajitas diferentes la cesta que llevaba en las manos. Uno de este tipo, otro de este, uno de los de allí y otro de los de aquí. Así hasta veinte veces. Llené la cesta con veinte cajas diferentes. Procurando no chocarme con Mary en ninguno de los pasillos fui hasta la sección de tartas y me apoderé de una que nunca habíamos comprado y que siempre conseguía que llenáramos el suelo de nuestras babas. Así que aquel día nos la merecíamos, se la merecían. 

Después de escuchar más de veinte pitidos provocados por la máquina de las cajeras a la hora de pasar mis productos, los guardo todos en la mochila verde de Mary, que me ha dejado para facilitarme la compra. Mary continuaba dando vueltas por los pasillos del Jumbo. Cuando todo está recogido y nada a la vista de nadie, la llamo para decirle que ya puede salir a la calle. La recibo con una mochila cargada de cosas y una caja refugiada en el interior de mi chaqueta. Intento disimular el cuadrado que se forma en mi barriga y mi pecho pero es inevitable. No importa. Sabe que es una caja pero no sabe qué contiene la caja. 

Al llegar a casa obligo a Mary y a Ana a que se vayan a la habitación hasta que tenga todo preparado para la sorpresa, que no es una sorpresa porque ya sabían que les estaba preparando algo. Rápidamente desocupo la mesa del salón, saco la tarta del interior de mi chaqueta y vacío todas las cajas de la mochila verde. Pongo sobre la tarta, que era de arándanos, una vela de un dos y otra de un tres. Ordeno todas las cajitas alrededor de la tarta y enciendo las velas. Todo ello acompañado por dos plantas de narcisos que a Mary se le han antojado al salir del Jumbo y he comprado para añadirlos a su regalo. Después les dedico una nota en una tarjeta de cumpleaños y la coloco sobre la mesa. Ya está todo preparado. Pensé en pegar de nuevo en la pared el “Happy Birthday” que le pusimos a Aylim pero caí en la cuenta de que si lo hacía se quedaría otro mes más en el mismo lugar y no me apetecía convivir con una pared llena de letras de cumpleaños. “¡Ya podéis bajar!” les grito a las mellizas desde el salón y, rápidamente, escucho cómo bajan las escaleras. 

Me coloco tras la composición que he creado en la mesa para ver mejor sus caras y cuando abren la puerta se les dibuja una enorme sonrisa. Descubren una mesa llena de cajas de té, veinte cajas de té. A ellas les encanta el té, a mí no me gusta, y me parece un regalo útil y diferente. Dicen que ahora están como en el supermercado y que va a ser complicado que las visitas elijan qué sabor prefieren. Les hace mucha ilusión, leen la tarjeta y partimos la tarta. Se nos hace la boca agua. Tanto tiempo babeando por ella en los pasillos del Jumbo y ahora podemos degustarla en la mesa de nuestro salón. Y nos pasa como te pasa con las Pringles, o con las aceitunas, o con las patatas con sabor a vinagreta, o con la tortilla de patatas, o con el queso gratis del Albert Heijn: que cuando pruebas una ya no puedes parar, que cuando haces pop ya no hay stop. 

Tras soplar las velas que formaban un veintitrés y poner un poco de orden a todas las cajas de té, Mary y Ana ven a su familia por la web cam. Su madre, su hermana, su tío y su abuelo le cantan el cumpleaños feliz y se reservan los tirones de orejas y los besos para cuando regresemos a España. Los cumpleaños fuera de casa se hacen duros. Más tarde vemos a nuestra querida amiga María, con la que nos reímos todo el tiempo y la que deseamos con todas nuestras fuerzas que un día como hoy estuviera en esta casa diciéndonos cosas como “pues ésta tarta está rara” o “Dani, vaya velas más feas que has comprado”. Ella siempre le pone pegas a todo. (María no me pongas esas caras cuando leas todo esto, que sabes que es verdad lo que escribo). 

Y el día del cumpleaños de Mary y de Ana es el día en el que tenemos una reserva en un restaurante de lujo para seis personas a las ocho de la tarde. Sí, sí, habéis leído bien. El domingo nos fuimos de cena, pero no a un restaurante cualquiera si no a Vintage, el restaurante donde Mary limpia casi todos los días. Ana consiguió su primer domingo libre desde que trabaja en Señora Rosa y conseguimos irnos a cenar. No nos podemos permitir cenas de ese tipo pero una vez no viene mal. Es caro, pero lo asumimos con todas las consecuencias. Cada plato entre diez y veinte euros, es una pasada. Nos comimos tres platos cada uno y el postre. Medio mes de sueldo en una cena… ¡Es broma! Fuimos a cenar allí porque Aylim, Mary y yo teníamos los bonos que Will y Desiré, nuestros jefes, nos regalaron en Navidad para cenar con un invitado a uno de sus restaurantes. Así que Mary invitó a Ana, Aylim invitó a su novio Gianlu y yo invité a nuestro amigo Aser. Todos juntos, tan felices y tan elegantes nos fuimos a disfrutar de una cena de lujo con todos, absolutamente todos, los gastos pagados. 

Ellas visten tacones y vestidos, nosotros vestimos chaquetas y camisas. A las ocho de la tarde, un poco antes, quedamos en el Dr. Ink, el bar al que tanto nos gusta ir y que casualmente está frente a Vintage. Ana supera un nuevo reto en la vida: conducir una bicicleta con tacones y un mini vestido. Y lo hace sin estrellarse con nada y sin un esguince en alguno de los tobillos. Con los estómagos rugiendo nos adentramos en una nueva aventura: la aventura de cenar en un restaurante de lujo. 

Reservamos una mesa al lado de la cocina. Ellas se sientan en un sofá que hay pegado a la pared y nosotros en unos cómodos taburetes de madera. Saludamos a los camareros y cocineros, ya que son nuestros compañeros de trabajo, y resulta muy raro no adentrarnos en las entrañas del restaurante para ponernos a limpiar o para ir en busca de algún encargo que tengamos que llevar al otro restaurante, Auberge Nassau. Nos entregan la carta y tardamos varios minutos en elegir lo que queremos. No sabemos qué queremos y estamos indecisos. Es normal, lo más parecido a un restaurante que conocemos es el McDonald´s y ahí no tenemos dos tenedores ni dos cuchillos. ¿Para qué quiero yo tantos cubiertos? Si nosotros comemos más a gusto con las manos. ¿Y las servilletas sobre las rodillas? ¿Pero eso qué es? ¡Pero si a mí me encanta limpiarme las manos con el mantel de la mesa! Es broma, hay que ser refinado. Así que, como señoritos y señoritas de alto standing, nos preparamos con una copa de vino en la mano y esperamos pacientemente, eso no lo llevamos muy bien, nuestra querida y lujosa cena. 

Antes del primer plato Aylim no se resiste más y tiene que darle los regalos que les ha preparado a Ana y a Mary. Les escribe una nota a cada una y les entrega un regalo a cada una. Ana rasga su papel de regalo y descubre una camiseta muy chula y moderna. Mary sonríe con un jersey entre las manos y después descubren juntas un regalo común, pues Aylim les regala un frasco de cristal repleto de arena de la playa. A ellas les encanta la playa y tienen una colección de arenas de playa. Aylim estuvo hace unas semanas en una playa de Holanda y Mary le pidió arena. Ana y Mary se fusionan con Aylim mientras la achuchan y la besan y le dan las gracias por todo. Ya lo sabéis: Aylim es nuestro Dios de Holanda. 

La noche continúa con platos de lujo, con comidas exquisitas, con camareros que nos atienden como a nadie, con cocineros que nos hacen bromas desde la cocina, con copas de vino blanco y con copas de vino rojo, con postres que nos enamoran y con canciones de cumpleaños que desafinamos. Los cocineros, compañeros jóvenes de trabajo de Mary, hasta les dedicaron unas palabras en el plato de los postres. Con chocolate y con una buena letra podía leerse, en español, la siguiente frase: ¡Chúpame los huevos! Sí, es lo único que saben decir en español y aprovecharon para dedicarlo en la cena de cumpleaños. Lo dicho, una cena especial. La noche del domingo fue muy divertida, muy lujosa y muy diferente a todas las demás. 

Y la noche del miércoles, varios días después y recordando la cena del otro día, me detengo ante el ordenador para terminar de escribir ésta carta. Ana, pobre Ana, está sentada en el sofá de casa. Digo pobre porque hoy la han atropellado con un coche. Sí, pero por suerte y gracias al Dios de Holanda no le ha pasado nada, ni a ella ni a su bici nueva. Ya os daré más detalles. Estamos esperando a que Mary llegue del restaurante, pues hoy es la única que ha trabajado, ya que Aylim, Ana y yo hemos tenido el día libre. 

Son las once de la noche, la oscuridad baña el cielo de Eindhoven, el silencio reina en sus calles y alguna que otra bicicleta circula por el carril bici. A través de la ventana de nuestro salón puede observarse la soledad de la calle. Las luces de las farolas tiñen de naranja los fríos suelos que se hielan lentamente, las ramas de los árboles se agitan con el viento y el grupo de tulipanes que descansa sobre el pollete de nuestra ventana separa sus pétalos delicadamente, casi sin llegar a percibirlo, para ofrecernos su belleza en el máximo esplendor. 



Cuando pasas un largo periodo de tu vida a solas, completamente a solas, con una persona sientes que un fuerte vínculo se apodera de la distancia que os separa, que os une y que os mantiene fuertes. Ese vínculo, que ejerce de lazo indestructible, puede llegar a convertirse en el arma más valiosa con el que afrontarte a las metas de la vida. La única misión y, por lo tanto, la más importante, es mantenerlo a flote, con vida y sano y salvo, pues solamente logrando esto os recompensará con las mayores alegrías que en esta vida se pueden ofrecer. 

Estos lazos, que se endurecen con el paso del tiempo, te ayudan a mantenerte a flote, a seguir luchando día tras día y a conseguir que veas la vida con otros ojos, con una mirada más positiva. Los vínculos que te unen de por vida a una persona, los sentimientos que te componen, que te forman y modifican, son las mayores fuerzas con las que podrás contar en cualquier momento, en cualquier lugar y en cualquier situación. Esos lazos no entienden de cosas negativas, de dolor, ni de daño. Esos lazos lo unifican todo y consiguen que la oscuridad se vuelva blanca, que las cosas negativas se transformen en positivas, que la distancia entre dos puntos desaparezca y que el tiempo se detenga. Porque esos vínculos no entienden de cosas negativas, ni de distancia, ni de tiempo. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.