Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

viernes, 4 de enero de 2013

"Una catastrófica cadena de catastróficas catástrofes"

28 de Diciembre de 2012.

Ella acababa de comenzar el día, se levantó de la cama, vistió su desnudo cuerpo con las primeras prendas de ropa que encontró en la desordenada habitación y bajó las escaleras que la llevarían hasta el salón. Lo cruzó y entró en la cocina. Siempre olía a comida, le encantaba ese olor. Ese olor que la invitaba siempre a comer. Aunque no tuviera hambre siempre tenía que degustar algo, aunque solamente fuera una simple galleta. Llenó un vaso de cristal con un poco de leche y lo tiñó con una cucharada de café. En medio de la cocina, contemplando las cuatro paredes que la rodeaban, degustó el café y quedó el vaso sobre la encimera de madera. Más tarde limpiaría todos los cacharros que había en el lavabo, aunque era algo que no soportaba hacer. Se había acostumbrado enseguida a tener lavavajillas y en esta nueva casa se había visto obligada a volver a fregar con las manos. Pensó en las malditas tecnologías, en sus avances y en lo desgraciada que era por no poder comprar una máquina que limpiara por ella. Defraudándose con la vida y con las injusticias que se cometían en su cocina decidió tumbarse en el sofá del salón. No le apetecía hacer nada más, simplemente pasar el día acostada. Y así lo pasó, en el sofá. 

Cuando sus ojos estaban cerrándose lentamente un molesto sonido la despertó rápidamente. Su mirada se dirigió hacia la mesa del salón, donde su teléfono móvil emitía un sonido de alarma y una vibración que conseguía que el mismo aparato hiciera pequeños movimientos sobre el cristal donde quedaba apoyado. Una alarma para no volver a quedarse dormida la había rescatado de un nuevo sueño. Maldijo la alarma y maldijo a su teléfono móvil. Una amiga siempre le recordaba lo de las alarmas, que las pusiera todas las noches y que no las olvidara. “Las alarmas de los teléfonos móviles son los mejores inventos que hay para no quedarse dormida” le decía siempre cuando sacaban el tema, que era muy a menudo. Ella no pensaba lo mismo, le gustaba dormir y las odiaba. No soportaba sus músicas ni sus vibraciones. La ponían nerviosa y hasta a veces deseaba lanzar su teléfono contra alguna de las paredes de la casa. 

Tuvo que despegar su cuerpo del cuero del sofá, dirigirse hasta la mesa y silenciar el móvil. Con el teléfono entre las manos decidió hacer una buena causa. Abrió la pantalla de los mensajes de texto y comenzó a pulsar las teclas que le permitían escribir con coherencia. Releyó el texto un par de veces y decidió pulsar la opción de “enviar”. Eligió el contacto que deseaba y, al otro lado de la ciudad, su amiga recibió un mensaje que conseguiría cambiarle el día, un mensaje que desencadenaría una catastrófica cadena de catástrofes catastróficas. 



Anoche, cuando llegué a casa, disfruté, si es que se puede disfrutar, de los dos últimos capítulos de la octava temporada de Anatomía de Grey. Digo lo de “si es que se puede disfrutar” porque es una serie de médicos y de historias dramáticas. Normalmente la ves con el corazón en un puño, con nervios y, a veces, si eres muy sensible, con lágrimas en la cara. Aylim y Mary también ven ésta serie, aunque ellas ya van por la novena temporada, y anoche no paraban de decirme cosas de los dos últimos capítulos. Que la serie cambia mucho, que me iban a encantar, que es muy fuerte todo lo que pasa y que me iba a dar mucha pena. ¡Nueve temporadas curando enfermedades! ¿Pero por qué no terminan ya la serie? Es algo que no entiendo. Pues eso, que veo los dos últimos capítulos y creo que Mary y Aylim le han dado tanto bombo que hasta me han decepcionado un poco, me esperaba más de lo que vi. Le envío un mensaje a Aylim con mi reacción ante el final de la temporada y le recuerdo que mañana por la mañana, es decir hoy, hemos quedado para ir a desayunar al Hema. 

Con la merluza de Nochevieja todavía en el frigorífico del Dr. Ink, con unas ganas de desayunar tremendas en el Hema y con un poco de sueño, me despierto y me levanto del colchón. Mary se ha ido hace unos minutos al estudio de Derek y no puede venir con nosotros a desayunar. Ana está durmiendo, así que intento no hacer mucho ruido. Bajo las escaleras de la habitación, entro en el salón, disfruto del desorden y maldigo todas las cosas que hay por el medio. Mis pasos me llevan hasta el servicio. La puerta está entreabierta y mi mirada se dirige al suelo, donde descubro la parte de arriba del bote de porcelana donde guardábamos el jabón. Me pregunto qué ha pasado, por qué el bote está roto y por qué está casi en medio del salón, y no en el servicio como siempre. Con un pánico atroz y temiendo lo peor, abro completamente la puerta del servicio. Mi cara se convierte en un cuadro, de Picasso por lo menos. El lavabo está descolgado de la pared, boca abajo y descansando en el suelo del baño. La otra parte del bote de porcelana está hecha añicos, repartida por todo el suelo, y junto a una enorme mancha azul de jabón que forma un charco, destacando sobre el blanco suelo. El servicio es un desastre. Mi cuerpo se congela en la puerta del baño, contemplando todo aquella catástrofe. Preguntándome qué es lo que ha ocurrido, me doy la bienvenida al día de los Santos Inocentes. 

He quedado con Aylim para desayunar y después para ir a comprar los regalos para los amigos invisibles. Me doy prisa, me visto, me aseo como puedo y descubro una nota que está pegada en la puerta del salón y que antes no he visto. “Dani, lo siento. Me he tenido que ir al estudio y no he podido recoger nada. ¿Puedes limpiar el jabón por mí?” y está firmada por Mary. Rápidamente, y con Aylim esperando en la puerta de casa, limpio la mancha de jabón que hay en el suelo y bajo las escaleras de casa. Ana sigue durmiendo en la habitación, ya me imagino su cara cuando descubra el circo que hay montado en el servicio. 

Saludo a Aylim, que está montada en un coche, y me monto en el asiento del copiloto. Es el coche de su prima, que se ha ido de vacaciones a España y le ha dejado el coche en su ausencia. Aylim dice que iba a venir en bicicleta pero que al final ha sido una vaga y ha decidido venir en coche. Le cuento lo que ha ocurrido en el servicio de casa y llamo a Mary por teléfono. ¿Recordáis lo que ocurrió el día de Nochebuena? Yo estaba apoyado en el lavabo y se descolgó de la pared, los tornillos se aflojaron y, rápidamente, los apretamos de nuevo. El lavabo quedó un poco inestable, así que decidimos no volver a apoyarnos hasta que lo reparásemos del todo. Hasta ahí todo bien. Mary me dice que cuando estaba en el servicio tenía que coger una cosa que estaba sobre los espejos del armario que hay sobre el lavabo y que, como es bajita y no llega, ha tenido que apoyarse en el lavabo, olvidando el percance de Nochebuena. Apoyada sobre él y casi consiguiendo lo que quería ha escuchado un crujido, el lavabo se ha despegado de la pared, todo se ha venido abajo, ella se ha caído al suelo y el bote de jabón se ha estrellado, formando el charco de jabón y llenándolo todo de trozos de porcelana. “¡Que Mary se ha caído al suelo junto al lavabo!” le digo a Aylim mientras sigue conduciendo hasta el centro de la ciudad. Mary me cuenta que ha sonado un estruendo enorme, que no entiende cómo no la hemos escuchado desde la habitación y que no podía parar de reírse. Ya me la imagino en el suelo del baño, junto al jabón azul y contemplando el lavabo completamente caído. Vaya cuadro. No se ha hecho daño, eso es lo importante, y se ha reído de la situación, ya lo arreglaremos. Me despido de ella y se lo cuento a Aylim, que ya está casi aparcando el coche. 

“Yo creo que aquí se puede aparcar gratis” me dice Aylim mientras entramos en una calle donde hay más vehículos aparcados. En casi todas las calles hay máquinas de parking para extraer tickets y pagar según el tiempo que estés estacionado. En esta calle parece no haber nada, así que decidimos quedarlo en ella. Nos bajamos del coche y Aylim me dice que esta mañana le ha enviado un mensaje a Mary para alegrarle el día, que estaba un poco triste por no poder venir con nosotros a desayunar. ¡Pues sí, se lo ha alegrado! Se ha echado unas buenas carcajadas en el suelo del servicio. 

Aylim y yo llegamos al Hema, nos vamos a la cafetería y comenzamos a coger nuestros respectivos desayunos por un euro. Aylim nunca ha desayunado aquí, así que tengo que ir explicándole todo como a una novata en el tema. Coges el croissant, el bocadillo de tortilla francesa y bacon, la mermelada o la mantequilla, el café con leche y un zumo de naranja, si quieres. Con el zumo vale cincuenta céntimos más pero merece la pena. Todo eso por un euro cincuenta. Es una pasada. Desayunamos como reyes y cuando terminamos nos vamos de compras. 

De tienda en tienda intentamos comprar el regalo para nuestros amigos invisibles. Entramos en muchos sitios y algunas cosas sí que compramos. Tenemos que ir con prisa, ya que a las once hemos quedado con Gianlu para ir los tres juntos a la tienda de segunda mano. Aprovechamos que tenemos el coche y así podemos transportar nuestra compra mejor que mejor. Cuando va llegando la hora y con varias bolsas de diferentes tiendas en las manos nos vamos hasta el coche. Vamos en busca de Gianlu. 

Una nueva sorpresa y una nueva inocentada llegan a nuestras vidas. Aylim está sentada en el asiento del conductor y yo en el del copiloto. Antes de arrancar el coche Aylim descubre un papelito sujeto a uno de los limpia-parabrisas de la luna de cristal. Ondea en el viento como si intentara llamar nuestra atención. Aylim lo coge y maldice a los cuatro vientos. Una multa. Aylim tiene entre sus manos una multa. Por haber aparcado en la calle en la que hemos aparcado y por no haber sacado un ticket en ninguna máquina de parking. ¡Maldito seas parking! Con la segunda inocentada del día vamos a casa en busca de Gianlu. 

Llegamos a casa, donde ahora en vez de un perro tienen dos, y le contamos a Gianlu lo de la multa. Tienen dos perros porque, aparte de un coche con el que poder circular por Eindhoven, la prima de Aylim también les ha dejado otro perro para que lo cuiden durante sus vacaciones en España. Son los dos perros iguales, los mismos que el que sale en Pocahontas. La única diferencia es que uno es beige y el otro en negro. ¡Ah! Y que uno se llama Chulo y el otro se llama Chico. Con los perros por medio del salón Aylim se viene abajo cuando le contamos a Gianlu lo de la multa y dice que el día tan bueno que estábamos pasando se ha estropeado. Le decimos que no se preocupe, que es una tontería y que ha todo el mundo le pasa. La intentamos animar quitándole importancia al asunto, porque no la tiene. “¡No tendría que haberme llevado el coche!” dice Aylim arrepentida de no haber ido a desayunar en bici. “¡Tendríamos que haber ido en bici!” le dice a Gianlu. Dejamos la casa, con los dos perros dentro, para irnos a la tienda de segunda mano. 

Primero vamos a la tienda de segundo mano pija, a la que todo está ordenado y la que no parece un mercadillo. Compramos algunas cosas, Aylim se vuelve loca con objetos que encuentra y Gianlu quiere una tele, que las hay por un precio muy asequible. ¡Me encuentro un trípode para mi cámara de vídeo! Lo más gracioso es el precio. Vale dos euros. Me aseguro de que esté en buenas condiciones y me lo quedo, está perfecto. Buscamos unos nórdicos, ya que Aylim y Gianlu los necesitan, pero no encontramos ninguno. Nos vamos a la sección de ropa. Aylim se va a la de señora y Gianlu y yo a la de caballero. “¡Gianlu, vamos a comprarnos un traje de chaqueta para Nochevieja!” le digo mientras veo una fila de chaquetas americanas en una percha. En el mismo instante mis ojos quedan enamorados de una chaqueta gris que parece iluminarse desde el cielo, el resto de chaquetas se apartan, quedándola a solas conmigo. El tiempo se detiene y una música celestial invade mis oídos. Vuelo hacia la chaqueta, la siento entre mis manos y me la pruebo sobre el jersey que llevo puesto. Me enamoro definitivamente de ella. Me encanta. Me miro a uno de los espejos de los probadores y me quedo con ella. A Aylim y a Gianlu le encanta, dicen que estoy guapo. Ha sido un flechazo y el mejor momento es cuando miro el precio. Me enamoro más aún. Es perfecta, es una compra perfecta. 

Con un trípode de dos euros en una mano y una chaqueta perfecta para Nochevieja en la otra nos vamos en busca de la otra tienda de segunda mano, en la que Ana y yo descubrimos que había una plazoleta con señoras de compañía en los escaparates. Llegamos a la otra tienda, la que parece un mercadillo, y nos ponemos a rebuscar como locos. Tampoco hay nórdicos, pues vaya. Aylim y Gianlu los necesitan porque en unos días vienen dos amigos de Gianlu para pasar la Nochevieja con nosotros, al igual que Marta y Ana Vaca. Las visitas ascienden en Navidad. 

Sin nórdicos pero con otras cosas entre las manos regresamos a casa. Aylim y Gianlu me dejan en casa. Subo cargado de cosas y Ana aún no ha bajado al salón, por lo tanto tampoco ha visto la catástrofe que se ha formado en el baño. Entro en el salón y escucho los pasos de Ana bajando por las escaleras. Me recibe con otra catástrofe, con la tercera o la cuarta del día. Un estruendo suena tras la puerta de las escaleras que nos llevan hasta la habitación. La puerta está cerrada y algo, supongo que es Ana, se estampa contra ella. Parrán pam pam. Y Ana se tropieza con uno de los escalones, se abre la puerta y, con una mano en la cabeza, sale de detrás de la puerta y se tira al suelo, entre lamentos y quejos. Ana se ha tropezado y su frente se ha chocado contra una de las paredes y contra la puerta de las escaleras. Cuando me dice que está bien se reincorpora y le enseño lo que me he comprado. La cara de espanto de Ana al descubrir el baño es un cuadro, se merecía una foto. 

Seguimos teniendo noticias. Una de ellas es que la serie de televisión Friends, mi favorita, que finalizó en el año 2004 puede que regresen en forma de película a la gran pantalla. Es una noticia que llevaba esperando mucho tiempo, aunque todas las veces que la han dado seguidamente la han desmentido. Espero que no sea así esta vez y que no se trate de una inocentada. Tengo la esperanza de que sea una noticia verdadera porque aparece en una página oficial de cine. ¡Cómo sea mentira denuncio a la página web! 

Y otra buena noticia: a Mary le han regalado una Maquita. ¿Qué es una Maquita? Es un taladro que Derek y sus socios han comprado para que Mary la utilice en el estudio donde trabaja algunos días. ¡Por fin! Algo bueno en el día. 

Inocente, inocente. Supongo que los santos tienen algo que ver con todas éstas trastadas que nos están ocurriendo. Un lavabo que ha terminado de caerse de la pared, un aparcamiento inoportuno y una multa de tráfico, una caída de escaleras y una merluza de Nochevieja que sigue durmiendo en el local del Dr. Ink. No queremos ser gafes, pero seguro que el mensaje que Aylim le ha enviado a Mary para alegrarle el día a primera hora de la mañana ha tenido algo que ver con todo esto. ¡El mensaje nos ha maldecido a todos! 

Los Santos Inocentes han venido de visita a Eindhoven y nos han estado haciendo trastadas desde primera hora de la mañana. Por desgracia todo esto no ha sido una inocentada, si no que es real. Se ha roto el lavabo y nadie ha salido de detrás de la puerta diciendo “¡Inocente!” y como por arte de magia el lavabo quedaría arreglado. Nadie ha salido de detrás del coche para decirnos que lo de la multa era una broma y el papelito de la factura no se ha roto por los aires. Y nadie ha dicho “¡Inocente!” cuando Ana se ha tropezado en uno de los escalones y se ha estampado contra la puerta de las escaleras. Nadie ha aparecido al final del día para decirlo, pero no pasa nada. Nos gustan las sorpresas y nos gustan las aventuras, nos gustan las cosas que ocurren a nuestro alrededor y nos gusta todo aquello que modifica nuestras vivencias y nuestra estancia en esta maravillosa ciudad. Nos gusta que los santos vengan de visita y nos hagan trastadas, aunque con sus locuras desencadenen una catastrófica cadena de catastróficas catástrofes. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

jueves, 3 de enero de 2013

"Hake in the bars"

27 de Diciembre de 2012.

La nota que nos dejó el vecino invisible en uno de los escalones de la escalera ahora descansa sobre nuestra estantería fabricada con un pallet. Las dos breves frases en holandés nos han quedado las cosas claras. No es capaz de saludarnos ni de llamar a nuestra puerta, pero nos deja notas en las escaleras. ¡Encima tiene la letra bonita! Faltaría menos. “Bicicletas fuera. No en el hall” se puede leer en el papel. No quiero ninguna bicicleta dentro de casa, ni si quiera en nuestras escaleras. Pues vale, lo comprendemos. No volveremos a dejar las bicicletas en el hall. Llegué a casa y me topé con la nota en las escaleras. Tuve miedo. No sabía ni lo que significaba ni con qué nos sorprenderían ahora. Subí corriendo hasta el salón, encendí el ordenador y gracias al Google Traductor, aunque a veces nos falla, me descifró el mensaje. ¡Vecino Invisible mensaje recibido! Lo cumpliremos, no seremos malos. Le ha faltado poner un “por favor” o un “gracias” pero bueno, al menos tiene la letra bonita. Nos alegra que te hayas manifestado, sea de la forma que sea. 

Esta mañana Mary se va a la tienda temprano. Mary me dice que Marleen le ha dado otra carta para que vaya a la tienda de correos holandesa. ¡Yo creo que Marleen sabe que eso de las cartas es algo que le viene de familia! No es normal que la mande a enviar tantas. ¡Hablando de cartas! Nuevas postales de Navidad llegan a nuestra casa. Un dibujo de mis primos pequeños y una felicitación de la madre de ellas nos alegran el día. ¡Qué emoción sentimos cada vez que recibimos cosas! La madre de Ana y Mary, su hermana y el novio de su hermana les envían dos postales de Navidad, les escriben cosas bonitas y consiguen emocionarlas. Mis dos primos pequeños me han pintado en un folio cosas navideñas, me han escrito en nombre de ellos y de mis tíos y nos gusta la idea de pintar las tarjetas de navidad. ¡Ésas sí que son únicas y originales! 

Ana y yo nos quedamos solos en casa. Hoy trabajamos todos en los restaurantes, menos Ana, no como ayer. Por la tarde Aylim y yo lo tuvimos libre y Mary y Ana trabajaron. Mary tuvo que haber ido ayer a la comida con sus compañeros en el restaurante, como a la que fui yo el día anterior. Pero Mary la anuló, dijo que prefería no ir y decidió quedarse a comer en casa de Aylim con nosotros. Ayer Aylim nos preparó pasta con las cosas que se encontró en la nevera. Una pasta totalmente improvisada, pero estaba muy buena. Champiñones, puerros y gambas se unieron en grupo para acompañar a los lacitos. ¡Normal que nos hiciera de comer! Después del favor que le hicimos no nos merecíamos otra cosa. 

Ana se va al centro de la ciudad a comprar el regalo de su amigo invisible, ya que el otro día hizo un intento de ello y en vez de comprar cosas para el regalo se las compró a ella misma. Así que hoy lo intenta de nuevo y se despide de mí, hasta luego. ¡No compres nada para ti! Compra para el amigo invisible… 

Me quedo en casa y la soledad me invita a continuar con Las Cartas de Holanda, así que me pongo manos a la obra y escribo alguna que otra carta. Escribo hasta que llega Ana del centro. Llega cargada de unas cuantas bolsas. ¡Menos mal! Parece que ha comprado algo. Dice que no mire nada y que no intente adivinar quién es su amigo invisible, pero por unas cosas y por otras y por las sonrisas que se le escapan cuando intento adivinarlo termino averiguando para quién son sus regalos. ¡Ya lo sé! Lo sé, lo sé, lo sé. Ana me lo confirma y, por si fuera poco, me enseña qué le ha comprado. ¡Qué chulo! Yo creo que le va a encantar. 

Y antes de irme al restaurante como con Ana. Hacemos arroz y lo combinamos con algo que creíamos que era chóped, chóped en barra. Cuando lo troceamos y lo freímos junto a la cebolla descubrimos que la especie de chóped raro se derrite en la sartén. ¡Qué cosas más raras! Y cuando lo comemos descubrimos que no es chóped, si no que es paté. ¡Paté! Hemos frito paté junto a la cebolla y después se la hemos añadido al arroz cocido. Es paté en barra, algo muy raro. Lo sé. Lo compramos creyendo que era algún fiambre y ahora nos sorprenden con esto. ¡Vaya tela! Como podréis imaginar el arroz no estaba muy bueno. Me lo como porque no hay otra cosa. Casi me hago un cola cao con galletas. ¡Qué asco! 

Cuando Aylim llega a casa nos vamos juntos al restaurante. Mary viene a casa cuando termina en la tienda y nos vamos los tres a los restaurantes. Ana y Gianlu, como tienen el día libre, quedan por la tarde y deciden pasar tiempo los dos juntos. Hablamos entre todos y decidimos quedar después del trabajo en el Dr. Ink, el bar donde tanto nos gusta ir. Tenemos que hablar de la cena de Nochevieja, de lo que vamos a cenar, de quiénes van a comprar la comida y de cuánto dinero vamos a poner. Así que ése es el plan: nos vamos a trabajar y después nos veremos en el bar. ¡Hasta luego! 

Aylim y yo nos lo pasamos muy bien en el trabajo. Cantamos casi todo el tiempo y nuestro jefe bromea mucho con nosotros. Aylim dice que es el mejor jefe de toda Holanda. ¡Es tan bueno que hasta nos ha hecho el favor de comprarnos la merluza para la cena de Nochevieja! Aylim me dice que le recuerde que cojamos la merluza antes de irnos al Dr. Ink y que por favor no la olvidemos en las neveras del trabajo. Al terminar cogemos el pescado y nuestras bicicletas y nos vamos hasta el bar. Nos despedimos de nuestros compañeros de trabajo y nos vamos en busca de nuestros compañeros del no trabajo. Aunque Aylim es compañera mía en la calle y en el trabajo. ¡Somos doblemente compañeros! 

Con la merluza bajo el brazo llegamos hasta el Dr. Ink. Aylim le dice al camarero que nos la guarde en uno de los frigoríficos y, como somos clientela fija, lo hace sin ningún inconveniente. Vale, la merluza ya está a salvo. Ana y Gianlu llegan de casa y Mary llega del restaurante. Como el resto de gente aún va a tardar en llegar decidimos ir a cenar al McDonald´s. ¡Hamburguesas y patatas fritas! No podemos comer más sano. Menos mal que no nos lo permitimos muchos días al mes. ¿Por qué éste tipo de comida no puede ser la comida sana? ¡Todo está al revés! 

Gianlu nos mira raro y es que favor que le hicimos ayer a Aylim también tiene que ver con él. Fue un favor en su casa y la casa es de ambos, así que Gianlu también forma parte. “Aylim, ¿Gianlu sabe algo de todo esto?” le dije antes de comenzar con las mudanzas. “No, no sabe nada pero da igual” me dijo Aylim quitándole importancia al asunto. “Entonces yo no quiero formar parte de esto” le dije bromeando y pensando en la cara que pondría Gianlu cuando descubriera los cambios realizados en su habitación. Lo que ocurre es lo siguiente: Aylim tiene un dormitorio precioso, con muebles preciosos y con cosas preciosas. Lo único que no es precioso en la habitación es un escritorio moderno que no queda bien con el resto de muebles de la sala. A Gianlu le gusta el escritorio y a ella no. Ella, ayer, quiso que la ayudáramos a quitar el escritorio, a bajarlo al salón, a esconderlo en el trastero y a subir un mueble que había en el trastero, para ocupar el espacio que ocupaba el escritorio. Y todo esto a espaldas de Gianlu, ya que no estaba en casa. ¡Yo no quiero saber nada cuando Gianlu vea todo esto! Así que desmontamos el escritorio, lo bajamos por las escaleras y lo sustituimos por un mueble que tenían abandonado en el trastero del jardín. ¡Vaya aventura que nos costó el subir y el bajar muebles por las escaleras! 

Ahora la habitación está más bonita. Todos los muebles son de madera antigua y ahora todo es del mismo estilo. Es una habitación muy bonita y, la verdad, a ese escritorio le destaca todas las partículas de madera que lo forman. Ayer fue la mudanza y hoy ha sido cuando Gianlu se ha topado con los ayudantes de la mudanza, con los testigos del delito, con nosotros. Ya me imagino su cara cuando entró en la habitación y descubrió que su cariño se había deshecho de su escritorio. Encima a media tarde Aylim le envió un mensaje para decirle que le tenía una sorpresa y el pobre estuvo todo el tiempo, hasta que llegó a casa, hecho un flan. Yo creo que ya se temía lo peor. 

Cenamos, olvidando los muebles cambiados, en el McDonald´s y después regresamos al Ink. Cuando estamos casi todos los de la cena comenzamos a hablar del menú, del dinero y de las cosas que no tienen nada que ver con Nochevieja. Hay que comprar bebidas, comida y uvas. ¡Que nos e olviden las uvas! Aunque los holandeses no las tomen nosotros queremos seguir haciéndolo, como en España. ¡Y tenemos que ver a la Igartiburu por internet! Eso no debe faltar. 

Después de improvisar un menú, de juntar el dinero de todos los comensales, de tomarnos algunas cervezas y de leer la lista de personas que cenaremos en la última noche del año regresamos a casa. ¡La lista de personas de la cena! Aylim comienza a decir todos los nombres en voz alta. “Mateu, su madre, Aylim, Gianlu, los dos amigos italianos de Gianlu, David, Andrea, Aser, Mary, Ana, Ana Vaca, Martita y Dani”. Lo sé, la fusión de pueblo y Eindhoven hace mucho contraste. ¡Marta, nuestra amiga de Badajoz, y Anabel Vaca, la del pueblo, se vienen a pasar la Nochevieja con nosotros! Es gracioso escuchar sus nombres entre la lista de personas de Eindhoven. Parece que ahora mismo Eindhoven y el pueblo son dos mundos diferentes, que no se pueden fusionar. Pero al escuchar esto te das cuenta de que todo es posible y de que estamos lejos, pero que tampoco hay tanta distancia. Pues eso, con Martita y Ana Vaca entre la lista de comensales damos por finalizado el número de personas que cenaremos en Nochevieja. ¡Catorce! Catorce para cenar. Lo pasaremos bien, eso está más que claro. 

Después de todo eso, ahora sí que sí, regresamos a casa. Cada mochuelo a su olivo, como el refrán que dicen en España. Y cada uno está en su casa y cada uno duerme en su cama, en su sofá o en su colchón. Cada uno duerme donde quiere. Menos nuestra merluza de Nochevieja, que no duerme donde quiere si no donde la obligamos a dormir. Triste y abandonada duerme en el frigorífico del Dr. Ink. Nadie se ha acordado de ella y la hemos dejado en el bar. Ya la recogeremos. Con media cena en un bar damos por finalizado el día. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

miércoles, 2 de enero de 2013

"Cáscaras de pipas bajo el banco del parque"

26 de Diciembre de 2012.

Ellos siempre se sentaban en el mismo banco de aquel solitario parque, siempre en el mismo. Se sentaban el uno frente al otro, ponían una bolsa de las mejores pipas entre ellos y cada uno cogía un puñado de ellas. Como si de una ensayada coreografía comenzaban a comer pipas, dejando caer al suelo las cáscaras que teñían de un tono grisáceo el suelo del lugar. Los minutos pasaban frente a ellos, la gente que paseaba, los que hacían deporte, los niños que correteaban en forma de juego, los que lanzaban piedras al lago y los que pedaleaban sobre sus bicicletas. La vida pasaba ante sus ojos. Ellos no decían nada, solamente observaban las escenas que el parque les regalaba y continuaban con su rutinaria degustación de frutos secos. 

Todas las tardes las pasaban sobre aquel negro blanco de hierro, que dibujaba formas detalladas gracias a la forja. Estaba situado entre árboles, al lado de un enorme lago que se formaba en el centro del gran parque. Parecía estar reservado para ellos, todas las tardes. Nunca nadie les había quedado sin sitio en aquel lugar. Paseaban hasta allí, extraían la bolsa de pipas de uno de sus bolsillos y dejaban caer sus cuerpos sobre el frío hierro. Allí comenzaba su rutina, pipa tras pipa, segundo tras segundo, dejando caer cáscaras de pipa bajo el banco del parque. 



Como no tenemos enchufes en el servicio Ana y Mary siempre tienen que secarse el pelo en el salón, enchufando el secador al lado de la estantería fabricada con un pallet. Aquí eso de los enchufes en el baño no se lleva. Es raro pero no hay. La verdad es que es un poco peligroso que haya enchufes y cosas eléctricas rondando por los servicios, pero bueno. En nuestro baño no hay enchufes, así que supongo que estamos salvados de que nos demos un calambrazo con algo que hayamos enchufado junto a la bañera. 

Se secan el pelo porque se han duchado y hemos quedado con Aylim. Vamos a ir de paseo con nuestras bicicletas porque queremos aprovechar la buena mañana que hace. Un radiante sol entra por nuestra ventana, consiguiendo calentar todo el salón y todas nuestras cabezas. ¡Cómo pega cuando te da directamente en la piel! A veces tenemos que colgar mantas o toallas para no achicharrarnos, pero dura poco y se esconde tras las nubes. ¡El sol se va cuando salimos de casa! Pues vaya, con el buen tiempo que hacía y ahora que nos vamos a casa de Aylim se nos queda un cielo color grisáceo. El tiempo nos da una bofetada en la cara. Se nos queda cara de tontos y recordamos que el tiempo en Eindhoven es así. 

Al llegar a la puerta de la casa Gianlu nos recibe como un buen anfitrión, ya que toma ejemplos de su novia. Va vestido con unos pantalones beige de pana y un jersey de cuello alto color verde. Mary dice que se parece a los hombres del pueblo cuando van de caza en los días de domingo. ¡Gianlu parece un cazador! Hablamos con él hasta que sale de casa Aylim. Ésta vez no entramos en casa y nos esperamos en el porche. “¡Venga Aylim que nos vamos al parque a comer pipas!” le digo, aún desde mi bicicleta. “¡Espera, espera! Que voy a coger pipas” nos dice cuando ya estaba casi montada en su bici. Entra de nuevo en casa y aparece con una bolsa de pipas. ¡Qué bien! Nos vamos al parque a comer pipas, vamos a estar como en el pueblo. Nos despedimos de Gianlu, el cazador, y comenzamos nuestro camino al parque. 

Aylim es la que conoce el camino, así que la seguimos a ella. Mary, mientras seguimos pedaleando, me ayuda a sacar mi cámara de video de la bandolera. Abro el bolso que me queda a la cintura y comienzo a sacar cosas que le voy dando a ella. Consigo tener fuera la cámara de video por un lado y a batería de la misma por otro lado. Mary me la entrega y comienzo a grabar. Un plano de Ana y Aylim con sus bicis es lo primero que aparece en la pantalla de la máquina. Mary sonríe y saluda de seguido y más tarde me grabo a mí mismo, así que no sé que habrá salido de todo eso. Continúo grabando todo el camino, arriesgando mi vida y mi cara contra algún bordillo. No importa. Lo importante es grabar, tenerlo todo grabado. Así que continúo con una mano en el manillar y otra en la cámara. ¡Saludad! 

“¡Coged carrerilla y aprovechad la barrera para ello!” nos dice Aylim con su flequillo rubio al viento. Cuando descubrimos de a lo que se refería vemos ante nosotros una barrera hacia abajo seguido de una hacia arriba. Tenemos que cruzar un puente por abajo y esas barreras están para ello. Vamos pedaleando por una especie de carretera con toques de autovía, pero siempre por el carril bici. No nos estamos metiendo en el carril de nadie, solo en el nuestro. Comenzamos a pedalear más fuerte de lo normal y nuestras ruedas cogen velocidad, bajamos la barrera muy rápido. Como si de una competición se tratase unos vamos por delante y otros por detrás, adelantando e imitando a las carreras. Y después de la bajada, como casi siempre, llega la subida. Cuesta un poco más pero, como hemos cogido velocidad en la bajada, la subimos sin ningún problema. Aunque creo que todos adelantamos a Aylim. ¡Vamos! Y yo sigo grabando. “¡Aylim muéstrame esa cara de cansancio!” y su cara, con la lengua casi fuera, aparece en la pantalla de la cámara. 

Minutos más tarde la carretera nos lleva hasta una concentración de rotondas, que quedan custodiadas por unas paredes abarrotadas de grafitis. Cuatro o cinco rotondas quedan perfectamente alineadas entre aquellas paredes cargadas de colores. Grafitis y más grafitis adornan el lugar, dibujos de todo tipo y cualquier tamaño y letras de cualquier tipografía tiñen aquel espacio del que nos quedamos embobados mientras pedaleamos en círculos contemplando las paredes. Te encuentras en el centro de las cuatro rotondas, que se comunican entre sí y que cada una de ellas tiene una salida diferente. Todas te devuelven a la normalidad del mundo a través de un pequeño túnel, que también están dibujados en su interior. Vemos a un grupo de dibujantes en uno de los túneles. Suponemos que van a comenzar a pintar algo. Pasmaos a su lado y vemos cómo llenan el suelo de diferentes botes de espray. Abandonamos la concentración de obras de arte moderno a través de uno de los túneles y continuamos con nuestro camino hacia el parque, el que rodea a un enorme lago. 

No tardamos mucho en llegar. La verdad es que la casa de Aylim está muy cerca del lago y del parque, y nuestra casa está muy cerca de la de Aylim. Así que estamos todos cerca de todos. ¡Y nuestras miradas contemplan un manto de agua rodeada de árboles! El lago y el parque. Hemos llegado a nuestro destino. Aylim nos lleva hasta la entrada del lugar y sustituimos el asfalto por un camino de arena. En fila y bordeando el lago continuamos dando pedaladas por el camino. Nos cruzamos con gente que pasea, con parejas de ancianos, con deportistas que hacen el camino corriendo, con los que pasean a sus perros, con familias que juegan con sus hijos y hasta con un gran grupo de personas que parece que van de excursión al campo. Nosotros vamos en bici, también nos cruzamos con alguna que otra persona que va como nosotros. El lago queda a nuestra izquierda, bañando todo de agua. Los árboles y la zona de parque están a nuestra derecha y rodea todo lo que es el gran lago. Aylim nos lleva hasta unos bancos de madera, quedando el uno frente al otro, y una mesa, también de madera, entre ellos. Parece un merendero. Aparcamos nuestros vehículos al lado de los bancos y nos sentamos en ellos. Aylim saca las pipas del bolso y, mientras hablamos de lo que va surgiendo, el suelo se va llenando de cáscaras de pipas. 

Más tarde, después de acabar con media bolsa de frutos secos y de habernos sacado algunas fotos, cogemos las bicicletas de nuevo y continuamos con nuestros descubrimientos. Recorremos el parque, pedaleamos por sus caminos y llegamos a un lugar en el que los árboles y las hojas secas en el suelo se convierten en sus protagonistas. ¡Creo que Aylim nos ha traído al sitio donde se daba besitos con Gianlu! La verdad es que es un lugar muy romántico. Se respira paz y la tranquilidad consigue invadir tu cuerpo. Te quedas en silencio, en medio del sonido que hace el viento al rozar las ramas de los árboles, las hojas secas bailan en el suelo y el agua ondea rápidamente, chocando suevamente contra las orillas que se comunican con los mantos de maleza. Aylim: un buen sitio para darse besitos. 

Llegamos hasta una enorme explanada de césped, grabamos y nos hacemos más fotos. Es un día de fotos, eso está más que claro. Nos lo pasamos muy bien y les digo que me gustaría grabar alguna historia en ese parque. ¡Me puedo inventar una historia en la que ellas sean las protagonistas! Me pondré manos a la obra e intentaremos grabar algo algún que otro día que tengamos libre. ¡Nos encanta el lugar! Mary dice que necesitaba estar en contacto con la naturaleza. A todos nos viene bien de vez en cuando. Separarte de los edificios, rodearte de árboles y respirar el aire más puro que existe. A todos nos viene bien. 

“¡Mirad los patos!” les digo desde el centro de la explanada de césped. Un grupo de patos caminan en la orilla del lago, moviendo sus traseros blancos y sus patas de patos. “¡Que nos son patos, son gansos!” corrige Ana cuando los ve. Ese grupo de animales nos dan una idea, una idea para seguir con la diversión. “¿Y si corremos tras ellos y mientras los grabo con la cámara de vídeo?” y como era de esperar todas me dicen que sí. En modo misión secreta caminamos hasta el grupo de patos. “¡Que son gansos!” vuelve a repetir Ana. Lentamente, disimuladamente, nos acercamos hasta los animales. “Hay que tener cuidado con ellos” nos dice Aylim casi en un susurro. “Puede que se vuelvan contra nosotros y nos ataquen. Son ocas asesinas” continúa intentando meternos el miedo en el cuerpo. “Aylim: las asesinas son las orcas, no las ocas.” Le digo mientras continuamos caminando hacia nuestro objetivo. 3, 2, 1… y salimos corriendo hacia los patos, o los gansos o lo que sean, mientras damos voces como locos. Los cuatro los espantamos, consiguiendo moverlos a todos y obligándolos a que se metan en el agua. El lago queda teñido por el blanco de sus plumas. Y un pobre ganso queda alejado del grupo, perdido en el descampado de césped. Mary le ayuda a regresar con su familia. Corre y chilla tras él como una loca. Pero el animal no se mete en el agua y Mary no se cansa de correr tras él. Yo creo que en ese momento el pato necesitaba tener cuerdas vocales. “Mira chica. Déjame en paz que no quiero mojarme el culo con esa agua tan fría. ¿T e queda claro?” y así el pato quedaría más tranquilo. Pero por desgracia el pato no tiene cuerdas vocales y Mary no se detiene hasta que le digamos que lo haga. Mary para, el pato se queda tranquilo sin mojarse el culo, cogemos nuestras bicicletas y regresamos a casa de Aylim. 

Pasamos de nuevo por las rotondas llenas de grafitis, bajamos de nuevo la barrera y la subimos de nuevo. Mientras bajamos cogemos velocidad, como antes. Vamos muy deprisa. Ana va en primera posición, seguida de Aylim y finalmente Mary y yo. Esta vez no voy grabando. ¡Zás! Pequeñas cositas blancas saltan de la cesta de la bici de Aylim. ¿Qué ha sido eso? Y descubrimos que lo que saltan son las pipas. Cada vez que coge un bache saltan pipas. Barrera abajo adelantamos a Aylim, la quedamos atrás. Dice que la edad se nota y que por eso se queda la última. ¡Aylim has perdido la carrera! 

Al llegar a nuestra segunda casa pensamos en qué hacer para comer. “Ahora me tenéis que ayudar con una cosita, ¿vale?” nos dice Aylim al llegar a casa. Y la cosita nos lleva un ratito. Ya os lo contaré. Mary enciende el ordenador y al abrir el Facebook nos da una noticia que se queda en el aire. “¡Chicos! ¡Anabel Vaca me ha enviado un mensaje y dice que su avión aterriza el día veintinueve a las diez de la mañana en Eindhoven!” nos dice con una sonrisa de oreja a oreja, sin creer del todo si será verdad o no. ¡Sea lo que sea puede que tengamos visita! 

Después de comer, de hacerle el favor a Aylim y de pensar en todo lo que nos queda de aventuras navideñas nos vamos a casa. Mary y Ana se van a los restaurantes, yo tengo el día libre. Me despido de ellas, abro la puerta de casa y descubro un regalo en las escaleras. Una nota en un folio de papel, con un mensaje en holandés, descansa sobre uno de los escalones. La cojo entre mis manos, la leo y me quedo con la intriga. ¿Aquí qué pone? No lo entiendo y se me queda cara de espanto. Pues eso: el vecino invisible nos ha dejado una nota. Aquí todos nos comunicamos a base de cartas. ¡La cosa va de cartas! 



Se habían conocido en aquel parque. Ella lanzaba piedras al lago, él la observaba escondido tras el tronco de un árbol. Sus quince años aún no habían conseguido que dejara a un lado la vergüenza. Ella, sin embargo, siempre había sido más dispuesta a conocer gente nueva. Mientras continuaba escogiendo piedras del suelo para después lanzarlas al agua, él abandonó la espalda del árbol y decidió mostrarse ante el gran lago que invadía el centro de aquel hermoso parque. Él la observaba desde lejos. Ella notó su presencia desde la orilla del lago. 

Los días pasaban y el juego de miradas había comenzado. Él, sin valentía para dirigirle alguna palabra decidió sentarse en un banco de color negro, desde el que podía verla lanzar piedras. Ella, antes de coger con sus manos la piedra elegida, le miraba con disimulo. Sin poder evitarlo sonreía y lanzaba de nuevo una piedra al agua. Pensaba en él mientras observaba las ondas que se formaban en el agua gracias al impacto de la piedra. Él se sentaba en uno de los bancos que había junto a la orilla del lago, ella continuaba lanzando piedras al agua. Continuaron de aquella manera, observándose, hasta que ella decidió no coger ni una piedra más y se dirigió hacia él, se sentó a su lado y continuaron sin decir nada. Él extrajo de su bolsillo una bolsa de pipas, la abrió y la quedó sobre el banco de hierro negro, entre ambos. Ella cogió una pipa y la introdujo en su boca. Él hizo lo mismo, unos segundos más tarde. El suelo comenzó a teñirse de blanco. 

Veinte años más tarde, cada día, día tras día paseaban hasta allí, extraían la bolsa de pipas de uno de sus bolsillos y dejaban caer sus cuerpos sobre el frío hierro. En el lugar en el que se conocieron, en el lugar donde crecieron y donde comenzaron todo aquello que no les separaría jamás. Allí comenzaba su rutina, como cada día desde hacía tantos días, pipa tras pipa, segundo tras segundo. Como siempre el suelo comenzaba a teñirse de blanco y, contemplando aquel inmenso manto de agua, dejaban caer cáscaras de pipa bajo el banco del parque. 




Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.