Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

lunes, 3 de diciembre de 2012

"El calor de las flautas de madera"

02 de Diciembre de 2012.

Los dos paseantes se detuvieron con sus bicicletas ante aquel grupo de música que predominaba en medio de la plaza, llamando la atención a todos los que por allí paseaban. Todos, o casi todos, los que caminaban se detenían para escuchar su música. Algunos se atrevían a regalarles algunos minutos, otros continuaban con sus pasos sin darle importancia y otros eran capaz incluso de detenerse durante horas ante la grandeza de aquellos instrumentos. El grupo estaba compuesto por tres hombres, parecían peruanos. Sus rasgos suramericanos podían diferenciarse perfectamente en sus rostros, que tocaban con delicadeza los instrumentos que tenían entre las manos. Flautas de madera, una gran arpa de madera y varios instrumentos de su tan enriquecida cultura conseguían formar una música que engatusaba a la mayoría de los paseantes. 

La flauta de madera, formada por una hilera de tubos de caña de diferentes longitudes, conseguía crear un sonido de viento que enamoraba a los oídos. Cada uno tocaba un instrumento, combinándolos a la perfección entre ellos. La música que venía del cielo, se filtraba por los altavoces y se expandía por todos los rincones de la plaza. Los dos amantes se miraron emocionados, varias lágrimas habían conseguido brotar de sus ojos. Ella las dejó correr libremente, permitiendo que su lápiz de ojo las tiñera de negro, y él no permitió que le invadieran el rostro, las secaba suavemente con ayuda de sus guantes de lana. 

La música de instrumentos de viento conseguía detener al frío, logrando que los oyentes se olvidaran de él y que solamente se detuvieran a regalar sus cinco sentidos el maravilloso sonido que emanaba de las cañas de madera. 

Los amantes en bicicleta se agarraron de la mano, entrelazando sus dedos cubiertos de lana. Los más pequeños recibían varias monedas de sus padres, las guardaban en sus manos y cuando conseguían ser valientes las soltaban delicadamente sobre el cesto que el grupo de músicos tenía ante ellos, en el suelo. Los pequeños caminaban lentamente, nerviosos e inseguros, hasta el cesto de monedas y cuando dejaban caer el dinero huían corriendo hasta sus padres, con una sonrisa de oreja a oreja. Una joven, sentada en una silla de ruedas, avanzó hasta el centro de personas que disfrutaban de los instrumentos, hizo un último esfuerzo con los brazos e, imitando a los más pequeños, dejó caer también unas monedas dentro del cesto de mimbre. Los músicos le regalaron una sonrisa, al igual que a todos los que ayudaban a que las monedas fueran cada vez un número mayor. 

La plaza cada vez recibía a más participantes, más personas que quedaban engatusados bajo el sonido de aquella música. Más personas que se emocionaban, dejando el frío a un lado y arropándose con el calor de las flautas de madera. 



Ahora Ana, Mary y yo tenemos cortadas, provocadas por cubiertos, en las yemas de los dedos y en casi todas las manos en general. Parecemos Jesucristo en la cruz. Ana parece que se ha peleado con un gato, yo tengo un arañazo de un tenedor que parece la cicatriz de Harry Potter y a Mary le duele teclear en el ordenador porque todas sus yemas han sido mordidas por los cubiertos. Esas son algunas de las consecuencias de trabajar como friega platos. No hay ningún problema. En esta ciudad las manos siempre se tapan con guantes. 

Esta mañana Ana se va a una reunión de empleados que tienen en Señora Rosa y Mary y yo nos quedamos en casa. Tenemos el día libre o, al menos, eso pensábamos. Aylim nos llama por teléfono y nos dice que el chico que limpia en el Vintage se ha puesto enfermo y que si podemos ir alguno de nosotros dos. Decidimos que va Mary, ya que yo no puedo trabajar seis días a la semana y Mary con el día de hoy trabajará cuatro, además es su restaurante y se lo conoce mejor que yo. 

Así que con el día libre ahora solamente para mí y con Ana aún en la reunión de empleados decidimos irnos a dar un paseo en bici. Mary se ducha mientras termino una de las cartas de Holanda, canta mientras el agua caliente empapa su cuerpo y al finalizar nos vamos con nuestras bicicletas. Hace frío, mucho frío. 

Anoche nos dejamos enamorar por algunos copos de nieve, que no cuajaban del todo pero que consiguieron emocionarnos. ¡Está nevando, poco pero nieve! Pero esta mañana no nieva, ni un solo copo, aunque hace mucho frío. Mary y yo llegamos hasta el centro comercial El Piazza, en la plaza conocida como el mismo nombre. En el lugar Mary exclama exaltada. ¡Un arpa! Mary me grita y nos dirigimos hacia donde hay un grupo de hombres que se disponen a tocar algún tipo de música. Tienen flautas de madera, instrumentos de viento de todo tipo y el arpa, un enorme arpa de madera. Los tres hombres comenzaron a tocar una música maravillosa. Música etnia. Nos encanta, tanto que hasta nos emocionamos. La música consigue emocionarnos tanto que alguna que otra lagrimilla nos recorre la cara. ¡A Mary se le corre el rímel y todo! Esa música me recuerda a mi madre y a un viaje que hicimos a la playa, donde unos indios también tocaban ese estilo de música. ¡Hasta una de sus canciones me suena! Es la misma que tengo en un CD en casa. Mary dice que consigue transportarla a la más pura naturaleza, que si cierra los ojos consigue estar perdida en el medio de un frondoso bosque. Yo me imagino el mundo visto desde el aire, me imagino volando sobre las ciudades y paisajes. Volar, esa música te hace volar. ¡y no podemos evitarlo y compramos su disco de música! No nos podíamos ir de ese lugar sin la música en nuestras manos. 

Hablamos con uno de los componentes del grupo, al que le compramos el CD, y nos dice que de dónde somos. Habla con nosotros en español. Incluso llegué a pensar que podrían ser los mismos indios que tocaron aquel día en aquella playa donde escuché aquella música por primera vez, pero se desvaneció la idea cuando el hombre me dijo que nunca habían estado en España. Nos da las gracias, Mary guarda el disco en su mochila de cuero y el hombre regresa con el resto del grupo, deseándonos una feliz navidad. 

Mary y yo nos vamos después de media hora escuchando aquella música, cogemos nuestras bicicletas y regresamos a casa, quedando en el lugar a la gente que se acerca y les deja propinas. Los niños caminan despacio hasta el cesto, sueltan el dinero y corren deprisa. Los más jóvenes se emocionan, los adultos se detienen ante el espectáculo y los ancianos también lo hacen. Es una música que llega a lo más profundo del corazón, que te hace volar y que te transporta hasta la más pura naturaleza. 

¡Qué frío! Dejamos de escuchar música y nos topamos con unos puestos en los que hay comida de prueba, parece una asociación o algo así. Nos detenemos con las bicicletas y una chica se acerca a nosotros. Nos explica que son una asociación que trabajan con personas discapacitadas y que realizan un montón de dulces y galletas por Navidad. Nos da a probar unas galletas y un bizcocho. Están buenísimos. Nos habla un poco más de ellos y nos pregunta de dónde somos, se interesa por nosotros. Al despedirnos de ella nos dirigimos al Albert Heijn, a uno de los pocos que casi todos los domingos está abierto. 

¡Menos mal que se está un poco mejor que en la calle! No vamos a comprar nada, simplemente queremos refugiarnos unos minutos de las bajas temperaturas. “¡Qué frío hace!” exclamo entre una de las estanterías del supermercado. “Sí, hoy hace mucho frío” me contesta una voz femenina y en español. Mary y yo nos giramos y nos encontramos con una chica con la que comenzamos a hablar. Es de A Coruña y lleva viviendo un año y dos meses en Eindhoven, nosotros dos meses. Dice que el invierno es muy frío y que cojamos buenas provisiones de comida, que la grasa ayuda a estar calentitos. ¡Qué simpática! Nos despedimos de ella y volvemos a casa. Me encanta como habla la gente gallega. 

Antes de llegar a casa miramos al cielo y un globo aerostático da un toque de color al despejado cielo. ¡Qué chulo! Un globo al que, desde el suelo, conseguimos verle la llama de fuego con el que coge impulso. Hay un momento en el que lo perdemos de vista. Imaginamos que ha aterrizado en nuestra terraza y Mary dice que así podrá prepararles un café a los que van montado en él. ¡Pero lo volvemos a ver de nuevo por el cielo! ¡Mierda! Ya no podemos prepararle un té. 

Al llegar a casa esperamos hasta que llegue Ana. Nos cuenta qué tal les ha ido la reunión, que se han hecho fotos todos los empleados y que empecemos a hacer la comida que son las cuatro y tienen que irse al restaurante. 

Comemos los tres juntos, como muy pocos días podemos hacer, y se despiden de mí. Cada una se va a su restaurante y yo disfruto de mi tarde libre. Escribo, hago un poco el vídeo de Daniela, escucho música, me tumbo en el sofá y no hago nada en general. ¡Hasta me quedo un rato dormido! Mi primera siesta en nuestra casa, porque ya tuvimos la primera siesta en el albergue. 

Mi tarde de soledad se termina con la llegada de Mary, a las diez más o menos, y es cuando comenzamos a hablar por la webcam con nuestra querida María. Las conversaciones van de un extremo a otro, como nosotros, como la vida misma. Hablamos de todo en general, de volver a vernos, de cuándo volveremos a vernos. La echamos de menos. ¡Te echamos mucho de menos! Ojalá algún día estas cartas también te tengan de protagonista, aunque ya lo eres. Pero protagonista de verdad, de los que viven en Eindhoven. Y la noche continúa, Ana llega a casa y dormimos plácidamente, cada uno en nuestros colchones. 

A la mañana siguiente el despertador sonaría a las ocho de la mañana y la nieve, esa vez sí, comenzaría a invadir los tejados de la ciudad. 



La plaza cada vez recibía a más participantes, más personas que quedaban engatusados bajo el sonido de aquella música. Más personas que se emocionaban, dejando el frío a un lado y arropándose con el calor de las flautas de madera. 

Las delicadas notas recorrían todos los rincones del lugar, todos los oídos de los habitantes, todos los sentidos y sin sentidos. Todo, sorprendentemente todo. La música. Aquella música que les transportaba a cada uno a un lugar diferente. Conseguían volar sobre las ciudades, conseguían bucear en los más profundos mares, surcaban los cielos a ras de las nubes, caían a la velocidad de la lluvia y dejaban cegarse por los poderosos rayos de sol. La música conseguía que algunos corrieran por las más profundas selvas de árboles, los más altos edificios, entre animales salvajes y no tan salvajes. Todas las malas sensaciones huían de las notas musicales, los malos pensamientos se tapaban los oídos y las mejores sonrisas salían a la luz. Se respiraba un ambiente diferente, había colores distintos. El sonido, el sorprendente sonido que conseguía erizar todos los vellos del cuerpo. El sonido, que emanaba del viento y conseguía que todos en el lugar quedaran arropados por el calor de las flautas de madera. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

domingo, 2 de diciembre de 2012

"The flying bird"

01 de Diciembre de 2012.

Los tres cogimos nuestras maletas y nos adentramos en las profundidades del aeropuerto. Dejamos a nuestros familiares tras los ventanales que nos separaban de ellos. Algunas lágrimas conseguían atravesar los rostros, mientras que otras empapaban los pañuelos con las que las secaban constantemente. 

Tuve que quitarme las botas al pasar por el detector de metales. Alguna de ellas pitaba. Ana y Mary pasaron sin ningún problema. Cuando todas las maletas de diez kilos consiguieron pasar el examen por los sensores láser, transportadas en una cinta mecánica, las cogimos y nos dirigimos a la cola de los pasajeros del avión. Antes, tuve que atarme las botas. 

Conseguimos llegar a nuestra puerta de embarque, nos pusimos a la cola y esperamos nuestro turno. Una de las chicas nos pidió los pasaportes y nos dio paso al pasillo que nos llevaría hasta nuestro pájaro gigante. Fuimos los últimos en entrar al avión, los últimos en estar a la cola y los últimos a los que una de las azafatas les dio la bienvenida, deseando el mejor de los vuelos posibles. 

Nuestro pájaro gigante comenzó a batir las alas, quitó los pies del suelo y comenzó a saborear el frescor de las nubes. Nuestro pájaro gigante comenzó a volar. Las nubes comenzaron a estar cada vez más cerca, el suelo cada vez más lejano. La altura, las sensaciones y los nervios nos permitían que fuéramos testigos de la maravillosa travesía, del viaje con destino, del vuelo del pájaro. 



Sábado por la mañana y a las cinco y media trabajamos los tres, aunque a Mary le han dicho que si puede ir antes que será mejor para ella, ya que todos los cacharros que tenga que limpiar se los quitará de en medio antes. Además, mañana Ana tiene una reunión en el restaurante con todos los empleados. No sabemos de qué tendrán que hablar, ni Ana no sabe. 

Nos despertamos temprano como casi siempre. Pero solamente Mary y yo. Ana duerme profundamente. Mary no tiene café en casa y lo necesita, así que me convence para que vayamos al Albert Heijn a comprarlo y así, de paso, desayunamos gratis. ¿Desayunar? ¿Desde cuándo hemos desayunado en el Albert? Mary dice que a lo mejor hay pruebas y podemos desayunar. ¡Vale! Pues nos vamos al Albert Heijn. 

Llegamos con nuestras bicicletas, que las aparcamos en la puerta, y entramos en nuestro querido supermercado. ¡Nada más entrar hay una mesa cargada de galletitas de prueba y mandarinas! ¿En serio? ¿Mandarinas? ¿Desde cuándo no comemos mandarinas? Así que cogemos una cada uno y nos la comemos mientras vamos eligiendo nuestros productos entre las estanterías del super. ¡Queso! Una montaña de queso invade uno de los platos de prueba y al lado otro plato repleto de salami. ¿Qué ha pasado aquí? Al final va a resultar que sí que vamos a desayunar gratis. La montaña de queso va disminuyendo, gracias a nuestra ayuda y a la del resto de clientes también. ¡Qué rico que está! Nos vamos a por un café gratis para Mary, ya que no quiero café, y descubrimos otros dos platos de galletitas, esta vez normales y con chocolate, junto a la máquina de donde sacamos el café. ¡Éstos del Albert Heijn nos quieren cebar! Seguimos disfrutando del queso, del salami, de las galletas de todo tipo, de más mandarinas e incluso Mary mezcla las galletas de chocolate con el queso. Dice que está muy buena esa fusión. ¡Y cuando se termina el queso otra montaña invade otro nuevo plato! Qué pasada. Estamos llenos y solamente veníamos a por un paquete de café, aunque nos vamos con algunas cosas más. 

Con la bandolera repleta de cosas y con los estómagos llenos de comida regresamos a casa. Esperamos que Ana ya se haya despertado. Al llegar Aylim me llama por teléfono para decirme que hoy sí que podemos ir a trabajar juntos, ya que entramos todos a la misma hora, y que si le da tiempo se pasa por aquí un rato antes para tomarse un té. Un té, una de las pocas cosas que te puedes tomar en esta casa. Además Andrea, la compañera de trabajo de Ana, nos envía un mensaje para decirnos que si le da tiempo se puede pasar a tomar un café a nuestra casa antes de ir al trabajo. ¡Queremos invitados en nuestra casa! A los cinco minutos mi teléfono vuelve a sonar y es de nuevo Aylim. ¡Dice que Sinterklaas, que es una especie de Santa Claus, está paseando por la ciudad montado en un coche, rodeado de caballos y con mucha gente alrededor! Aylim dice que parece que ha llegado el Papa. Sinterklaas se celebra el día cinco de diciembre, dentro de unos días, y es como Santa Claus en el resto del mundo solamente que aquí creo que se llama de otra manera. Lo he buscado en internet y tiene la misma pinta de cincuentón barrigón y barbudo que Santa Claus. Puede que sea la misma persona pero con diferente identidad. A lo mejor se cambia la identidad al entrar en los Países Bajos para poder pillar un poco de marihuana más libremente. ¡Qué barbaridad! Santa Claus visitando un Coffee Shop es una idea que no me convence mucho, aunque puedo llegar a imaginarlo. ¡Todo cuadra! Santa Claus se cambia de identidad, entra en Holanda como Sinterklaas, coge un poco de droga y gracias a ella comienza a repartir regalos por todo el mundo bajo el nombre de Santa Claus. Anda reconócelo, que de Santa no tienes nada. 

Mary se va a la tienda de Marleen un momento, ya que tiene que entregarle las llaves de la tienda y seguramente la necesita para algo más. Hacen unas cosas juntas y después va a una tienda a comprar dos tés. ¡A Mary se los sirven en dos tazas muy de diseño y que parecen vintage! Marleen y ella se beben e té y después Mary se trae los vasos a casa. Tienen unos dibujos muy chulos, aunque no son vasos buenos, si no que son de plástico. Mary dice que Marleen está eufórica, como casi todos los días, y que se lo sigue pasando muy bien con ella. Además dice que tiene el mostrador y todo el almacén como si un huracán hubiera pasado por ellos. Todo es un desastre y para encontrar algo tardas media hora. Marleen dice que lo siente y Mary, cada vez que tiene tiempo, lo intenta reordenar todo. Aunque días más tarde el huracán Marleen ataca de nuevo y el desorden invade lo ordenado. 

A la media hora, más o menos, un timbre de una bici se escucha en la puerta de nuestra casa. Es Andrea, que intenta avisarnos de que ya está aquí. Sube a casa y dice que qué acogedora está ahora, ya que ella solamente la vio el primer día que pasamos en ella. ¡Andrea solamente ha visto la casa vacía y encima fue la noche que dormimos en el suelo! Aunque creo que varios días después, cuando estábamos liados con la mudanza, también la vio. Pero claro, nada que ver con lo que tenemos ahora. ¡Ya tenemos casa! Cuesta creer que cada noche no tengamos que volver a las camas del albergue. 

Cuando volvemos a quedarnos solos en casa, los tres, comienza la hora familiar y nos vemos con nuestras familias por la webcam. Mary y Ana hablan a voces con los suyos y yo hablo a voces con los míos. Hablamos hasta la hora en la que nos ponemos a hacer la comida. ¡Qué vamos tarde! Como decía mi tío cuando estábamos cogiendo aceitunas: que viene lloviendo y los guarros son del amo. O algo parecido. ¡Aceitunas! Creo que es el primer año que no vamos a ir a cogerlas. Parece mentira pero creo que las echaremos de menos. ¡Pero ahora tenemos que fregar platos! A ver si alguno viene llenos de olivas. 

Mientras preparamos la comida vemos de nuevo al vecino flautista invisible de Hamelín, parece que últimamente lo vemos más. Parece que tiene más vida. Escuchamos, desde la cocina, cómo abre la puerta con las llaves y como se refugia en su hogar, supuestamente lleno de ratones. Los ratones ya visitan menos nuestra cocina y si lo hacen no nos damos tanta cuenta como antes. ¡O se han rendido o los hemos matado a todos o están preparando una venganza desde las profundidades del parquet! 

Después de comer nos preparamos para regresar a nuestros restaurantes, nuestros queridos restaurantes. Mary se va un poco antes que nosotros dos porque le dijeron que es mejor para ella comenzar media hora antes, ya que hay muchas cosas que limpiar y así evita que se le acumule el trabajo. Seguimos fregando platos, cucharas, cubiertos, ollas, sartenes y todo lo que nos pongan por delante. Ana ya está más que en su salsa y nosotros dos ya la estamos calentando, tanto que estamos super contentos. Ellos también están contentos con nosotros. Will, el jefe de los restaurantes junto a Desiré, le ha dicho a Aylim que somos muy buenos y que ojalá algunos holandeses aprendieran a trabajar como nosotros. Qué ilusión. Somos buenos y les gustamos. No nos podemos quejar, estamos contentos. Las camareras del restaurante de Mary le dicen que es muy rápida limpiando y Will me dice que necesita unas gafas de sol porque todo brilla demasiado. ¡Hasta Desiré le dice bromeando a Will que yo puedo ir a limpiar a su casa! Llegaremos lejos con esta gente. 

¡Ha nevado! ¡Hoy ha nevado en Eindhoven! La primera nevada, muy escasa, pero la primera. Cuando Ana y yo seguíamos en casa comenzó a llover y veíamos algunos copos caer gracias a la luz de las farolas de la calle, pero no llegaban a cuajar del todo. Cuando Mary estaba fregando platos salió al patio del restaurante, con el abrigo puesto, y dice que los copos sí que le caían en el negro del abrigo. Dice que se puso a saltar como una loca. Y cuando regresamos a casa, después del trabajo, los gorros, guantes y abrigos se llenan un poco de blanco. Es nieve, la primera nevada. Qué ilusión nos hace ver nevar. Dentro de poco tiempo nos parecerá algo natural, mientras que ahora nos parece algo mágico y prácticamente desconocido. Algún día despertaremos y los tejados y suelos de las calles estarán repletos de un denso manto blanco de nieve. 



Fuimos los últimos en ponernos a la cola y los últimos en entrar en el avión. No es grave, algún pasajero siempre tiene que ser el último. Cuando el pájaro comenzó a moverse pensamos en cómo hubiera sido perder el vuelo, lo que hubiera sido de nosotros sin aquel vuelo. Sin ese vuelo. Esas alas que comenzaron a agitarse en el viento de Sevilla y nos transportó hasta las fríos vientos de Eindhoven. 

Fuimos los últimos en ponernos a la cola y los últimos en entrar en el avión. Fuimos los últimos y, probablemente, los primeros en bajar. Pisamos con fuerza aquel suelo del aeropuerto, pisamos por primera vez. El pájaro aterrizó. Más tarde abandonamos el aeropuerto, dejando a nuestras espaldas aquellos gigantescos pájaros que nos transportan hacia otras vidas, hacia nuevas vidas. Dejamos a nuestras espaldas las alas que se agitan, los pies que se separan del suelo y los vuelos que comienzan, los vuelos que terminan. El vuelo del pájaro. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

sábado, 1 de diciembre de 2012

"Llega, aunque no quieras"

30 de Noviembre de 2012.

Las cosas no suceden porque sí. Todo, al fin y al cabo, ocurre por algún motivo y todo requiere de una explicación. Las palabras pueden surgir gracias a las vibraciones de nuestras cuerdas vocales, el lápiz puede dibujar en un trozo de papel gracias a los materiales de ambos y las estaciones del año nacen porque la Tierra gira sobre sí misma. Los tejados están fabricados para que el agua no se acumule sobre las casas, las casas para refugiarnos de la lluvia y la lluvia hace posible la vida, esta vida que se compone de tantas cosas que requieren explicaciones. Las cosas suceden al paso de los días, al paso de los minutos. A cada minuto que pasa una nueva, a cada segundo que pasa una nueva evoluciona para suceder más adelante. Suceder como suceden las emociones, los sentimientos y las sensaciones. Suceder como suceden las estaciones, que llegan sin avisar, que llegan como la noche y el día, que llegan. Otoño, que llega para caer las hojas de nuestros árboles y conseguir teñir de marrón los suelos por donde caminamos. Primavera, que llega para florecer nuestros campos y ciudades. Verano, que nos deleita con sus calurosos rayos de sol. Invierno, que llega, aunque no quieras. 



Al despertarnos Mary y yo nos vamos al sillón del salón y encendemos los portátiles. Desayunamos unos plátanos que todavía quedaban en el frutero y unos cuantos cereales. Los cereales que hay que cambiar porque creíamos que eran solamente “muesli” y ahora resultan ser “crunchi muesli”, que resulta que tienen mucha azúcar y eso no es bueno. Después del desayuno comienzo a escribir una nueva carta, que creo que ya he conseguido por fin que vayamos al día. A partir de ahora subiré todas las mañana una, la del día anterior, ya que por las noches me será imposible escribir. Es un importante trabajo de concentración y después de estar varias horas fregando platos lo único que no quieres es sentarte frente a un ordenador a teclear como un loco. Lo que tardas en escribir una hora y media, o dos algunas veces, se convierte en un texto que tardas en leer cinco minutos. ¡Por eso admiro tanto a los escritores! ¿Cuánto tiempo estaría Cervantes escribiendo “Don Quijote de la Mancha”? 

Mientras Ana sigue durmiendo arriba en la habitación, Mary dice que tiene mucho sueño y se queda dormida en el sillón, acurrucada en su manta, hasta las once y media que empieza a ducharse y vestirse para irse a la tienda de Marleen. Hoy a las dos o las tres estará en casa y, seguramente, como hicieron el viernes pasado, volverá a las seis o las siete. Hoy, en mi día libre, al final también trabajo porque necesitaban a alguien. Así que no podemos ir ni al estudio de Daniela ni podemos quedar con Javi, el malagueño. ¡Cambio de planes! 

Cuando Mary se va a la tienda me ducho y me visto para ir al Albert Heijn. ¡Y los días que voy solo son los días que más pruebas hay! Hay queso y galletitas de navidad. ¡Qué pena que no estén aquí Ana y Mary para que disfrutemos juntos de las pruebas! Está claro que hay que venir al Albert por las mañanas. 

Llego a casa con la bandolera cargada de cartones de leche, botes de tomate y botes de champú. Todo eso llevado en una bici es complicado, aunque desde pequeño estoy acostumbrado a ello. Siempre cogía la bicicleta de mi madre e iba a casa de Toni o a casa de Claudio a por la compra. ¡Qué recuerdos aquellos! En esos momentos, en los que ya utilizaba la bici para hacer la compra, seguro que el destino ya estaba escribiendo que me toparía con alguna ciudad llena de bicis en mi camino. Vacío todas las cosas de la bandolera y relleno la despensa. ¡Madre mía! Uno de los armarios de la cocina está repleto de cosas, y no es porque tengamos muchas, si no porque es un armario muy pequeño, y el que hay en el salón también se ha convertido en despensa. Una despensa en la que se fusionan el pan, los restos de cereales, los abrigos y las bufandas, con un toque que le dan los bolsos y las bandoleras. ¡Eso sí que es una buena percha del cachondeo! 

Ana continúa con el puzle que tiene sobre la mesa, cada vez son menos las piezas que tiene que encajar, y cada vez la imagen que representa se ve más completa. El sol entra por nuestra ventana, aunque fuera hace un frío que pela. ¡Pela hasta manzanas! No entendemos por qué no nieva ya de una vez. Los grados ya marcan cifras negativas, por debajo del cero, y no sabemos qué vamos a hacer cuando llegue el invierno. Porque como decía Rocío Jurado en una de sus canciones: “el invierno llega, aunque no quieras”. ¡Y ya os diré si llega o no llega! 

Cuando continúo escribiendo mientras Ana sigue con su puzle recibimos una llamada de Aylim. Me dice que anoche se le rompió su bici y que si hoy podemos ir juntos al restaurante con la mía. ¡Pues claro que sí! Cuando yo no tenía bici íbamos en la mía y no pasaba nada. El pobre Gianlu y la pobre Aylim parece que tienen la maldición de las bicicletas. Una mala mujer les ha hecho un mal de ojo y no paran de tener desgracias a dos ruedas. Resulta que se le ha roto un piñón de la cadena o algo de eso. Además nos invita a comer y le decimos que no, que se venga ella a casa que siempre estamos comiendo allí. Nos dice que no, que no puede dejar a su perro tanto tiempo solo. Nos dice que no le gusta comer sola y que es muy triste cocinar para uno mismo, ya que Gianlu se va a trabajar a las dos. Aylim dice que se prepara un plato de arroz, se come cuatro vagos y tira el resto. De la pena que le entra. Así que le decimos que cuando llegue Mary de la tienda que nos vamos a su casa. ¡Pero nosotros llevamos los huevos y el arroz! Pero ella insiste en que no, que tiene un montón de huevos que se le van a estropear. No sabemos qué vamos a hacer con esta Aylim. ¡Es un encanto! 

Una vez que Mary está en casa nos vamos los tres juntos hasta la casa de Aylim. Llegamos y cada vez nos parece que estamos más cerca de ella. ¡Hay un regalo envuelto en su mesa del salón donde puede leerse “Para Danielo”! Creo que es la única persona que le añade una “o” a mi nombre. ¿En serio? Un regalo para mí. Los abro corriendo y es un timbre para mi bici. ¡Qué bien! Ya puedo avisar a los demás ciclistas de que les voy a adelantar o de que el semáforo se ha puesto en verde. Qué ilusión. Mi primer timbre. Después de darle dos besazos a la anfitriona de la casa, preparamos el arroz, unas salchichas en la sartén y unos huevos fritos. Le añadimos un poco de tomate a todo y nos lo comemos en la mesa del salón. ¡Delicioso! 

¡Todavía tiene tarta del cumpleaños de Gianlu! ¡Tiene tarta en la nevera! ¡Y no es una tarta cualquiera! Es la tarta de toda la vida, la que le preparamos de galletas y chocolate. Gracias al cielo hay cuatro trozos de los que disfrutamos como niños y recordamos que estas tartas son como los buenos vinos, que mejoran con el paso del tiempo. Supongo que no limpio el plato a lametazos, como de pequeño, por vergüenza. 

Mary y yo les contamos lo que nos ocurrió anoche cuando veníamos con nuestras bicis dirección a casa. Íbamos pedaleando por la calle del canal cuando decidimos atravesar el puente que se comunica con la calle que cogemos para ir hasta nuestra casa. Un coche venía a lo lejos y yo le dije a Mary que no pasaba nada, que cruzáramos sin ningún problema. “Venga, que no pasa nada” le dije mientras cruzaba la calle hasta el puente. El coche venía cada vez más cerca. Mary puso el brazo en modo intermitente hacia la izquierda, cosa que yo no hizo, y atravesó la calle delante del coche. “¡I am sorry, I am sorry!” empezó a decirles a los del coche. Nosotros seguimos a nuestro rollo y continuamos pedaleando. El coche que hemos dejado atrás acelera y se pone rápidamente en el carril bici delante de nuestras bicis. Se detiene, pone los cuatro intermitentes y se bajan de él dos tipos. Mary y yo ya pensábamos que eran dos matones cabreados que venían a por nuestras bicicletas, pero no. ¡Menos que pudimos leer en sus chaquetas la palabra “Policía”! Mary ya había pensado en darse a la fuga y todo. ¡Qué miedo! Los dos policías se dirigen a nosotros y ponemos las bicicletas en la acera. Nos dan la charla. Nos piden el pasaporte, nos dicen que no podemos ir por las calles de esa manera en la que vamos y que, por favor, les pongamos unas luces a nuestras bicicletas. Mary le dice que la suya se ha roto esta mañana. Una mentira que no tragan ni ellos, obviamente. Yo les digo que la mía está en casa y que siempre se me olvida ponerla. Le intento dar algo de naturalidad al asunto. Dicen que menos mal que Mary, al menos, ha indicado con el brazo y que yo me quite el gorro que llevo puesto, que con él no puedo mirar bien a los lados. ¡Sí! Y cuando estemos a doce grados bajo cero me congelo el cerebro. Menos mal que se han portado bien con nosotros y no les da por multarnos, porque seguro que tenían motivos para hacerlo. Se despiden de nosotros y nos dicen que vayamos a casa andando, al menos hasta que tengamos luces. ¡Somos un cuadro! Siempre nos tiene que pasar algo en esta ciudad. Está claro que nunca sabes qué es lo que te deparan los días. ¡Todo el mundo a comprar luces para bicis! 

Si es que estamos locos. ¿Cómo se nos ocurre ir tanto tiempo por la ciudad sin unas luces en la bicicleta? Algún día tendrían que pararnos y nos tocó ayer. Mary y yo tuvimos miedo de verdad. Vimos parar un coche que no era de policía delante de nosotros y vemos como dos tíos enfurecidos se bajan de él. ¡Los policías secretos que van en coches normales casi nos matan de un susto! Si no morimos por culpa del frío, moriremos porque un policía nos asuste por culpa de una luz que no llevamos. 

Cuando terminamos nuestra tarta y nuestra historieta de policías y de luces nos vamos a trabajar. Cada mochuelo a su olivo. En esta ciudad seguro que el refrán se cambia para decir: “cada cuervo a su tejado”. Mary se va a la tienda de nuevo y Ana, Aylim y yo nos vamos a los restaurantes. Mary trabaja los miércoles, jueves y sábados en el restaurante, pero lo más seguro es que, como a mí me cambiarán a los viernes, ella también vaya los domingos. Qué guay. Esperemos que así sea porque nuestros bolsillos piden a gritos ser llenados. 

Un día más en el restaurante. Me gusta ir al restaurante y conocer cada vez más a la gente que allí trabaja. Me encanta entablar conversaciones con ellos, que me pregunten, que se interesen y que les cuente y que me cuenten. Me gusta la gente que trabaja allí. Me lo paso bien, es un trabajo entretenido. Duro, pero entretenido. Ya me da tiempo casi todos los días a poner la lavadora y la secadora en el restaurante, cosa que no es una obligación para mí. Me gusta hacerlo, me hace sentir bien. Los sitios donde se colocan las cosas ya te los conoces casi todos, los platos ya sabes colocarlos en la bandeja para que quepan el mayor número de ellos, las ollas ya no se acumulan a tu lado y las patatas fritas que algunas camareras no tiran a la basura siguen viajando hasta tu boca. He descubierto que hay dos tipos de camareras: las que tiran las patatas fritas a la basura y las que no. Las que tiran toda la comida a la basura, menos las patatas fritas, molan. Las que lo tiran todo, incluidas las patatas, no molan. 

Mary me envía un mensaje para decirme que ya ha salido de la tienda y que ya está en casa, así que en cuanto termino de limpiarlo todo cojo la bicicleta y me voy nuestro dulce hogar. Ana saldrá más tarde y llegará más tarde, por eso nunca quedo con ella para regresar juntos. Al llegar Mary y yo vemos un par de capítulos de Prison Break, los dos últimos de la segunda temporada. Nos contamos las cosas que hemos hecho en nuestra ausencia. Mary me dice que se ha subido de nuevo a las escaleras para colgar una lámpara del techo de la tienda y que Marleen ha temido por su vida, pues no quería que su chica española de prácticas quedara plegada en el suelo como una pegatina. Al final no ha pasado nada malo y Marleen ha podido respirar tranquila, traspasando su corazón del puño a su lugar de siempre. Ha vuelto a decirle “You are a monkey” (Eres un mono). Además Mary estaba preocupada. Marleen ha salido un momento de la tienda, mientras que Mary estaba ordenándolo todo un poco y ¡zás! Ha roto algo. Marleen ha llegado y Mary le ha dicho: “Marleen. I am sorry but I broke a lamp with my bottom” (Marleen, lo siento pero he roto una lámpara con mi culo). Y Marleen se ha reído a carcajadas. Siguen pasándoselo de lujo juntas. 

Al terminar nuestros capítulos de esta serie que nos tiene en un sin vivir, a pesar de que yo ya la haya visto, nos vamos a nuestro torreón del castillo. Nuestros colchones y nórdicos nos llaman desde hace un rato. Nos acurrucaremos todo lo que podamos y más, nos seguiremos acurrucando porque el invierno está por llegar. Y el invierno llega, siempre llega, aunque no quieras. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos Eindhoven.