Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

jueves, 8 de noviembre de 2012

"New neighbors"

30 de Octubre de 2012.

Y bajaron todas las maletas de la cinta que las transportaba hasta ellos, las agarraron con cuidado y comenzaron a caminar con ellas, deslizándolas gracias a las ruedas que tenían en la parte inferior. 

Los nuevos vecinos comenzaron a instalarse en la gran ciudad, descargando todos sus sueños de la maleta de veinte kilos, vaciando de ella todo lo que habían traído desde tan lejos. Ahora todo lo que tenían se concentraba en aquellas cuatro paredes de tela que componían sus pesadas maletas. Una vida resumida en un espacio diminuto, un espacio con límite de peso. Los nuevos vecinos lucharían por adaptarse a las nuevas calles, al frío que había en ellas y al frío que llegaría en unos meses. Todo sería complicado pero, poco a poco, las cosas irían bien. Estaban seguros de ello. 



¡Ya tenemos lavadora y sofá en el piso! Después de un largo tiempo sin poder lavar la ropa en condiciones ya podemos respirar tranquilos. Después de tanto tiempo sentados en el suelo, en los colchones o en cualquier otro sitio ya podemos disfrutar de nuestro cómodo sofá y de nuestro repertorio de sillas. Oficialmente creo que ya somos nuevos vecinos. 

Nos despertamos con el exquisito sabor, aún entre los labios, de las pizzas que cenamos anoche en modo de celebración. Abandonamos nuestros colchones cutres y rezamos para que llegue cuanto antes la mañana de mañana, pues por fin podremos tener dos colchones más en condiciones. Mary se ducha y se viste para después irse a la tienda de Marleen, que sigue con sus diseños, sus programas de ordenador y sus anécdotas con la divertida diseñadora. Ana y yo recogemos todas las cosas que no están en el sitio en el que deberían estar, limpiamos un poco el suelo de la casa e intentamos poner el máximo orden para que todo no esté patas arriba. Parece que ya tenemos casa de verdad. 

Aparece en nuestra puerta el chico de la inmobiliaria, el que nos enseñó la casa por primera vez, el que tiene una mujer que su prima vive en Tenerife, ese. Nos dice que mañana van a venir a pintar el piso, las maderas que enmarcan las ventanas y la puerta, algunas cosas de la fachada y todo lo que es las escaleras. ¡Perfecto! Le decimos que no hay ningún problema y se despide de nosotros. Menos mal que no nos ha visto a los tres juntos, aunque si algún día lo hace no creo que ocurra nada. 

A la hora de la comida decidimos comer arroz a la cubana, es decir arroz con huevos fritos y un poco de tomate. Por desgracia no tenemos atún, ya que parece ser que es muy caro por aquí. ¡Qué pena! Cómo echo de menos las latas de atún. ¡Si yo lo arreglaba todo con atún! El arroz me queda un poco poco hecho, creo que necesitaba un poco de cocción más y los huevos quedan un poco muy hechos. ¡Vamos que ha quedado un poco todo al revés! Menos mal que en estas ocasiones el tomate suele arreglarlo todo. La presentación de los platos es muy bonita, como dice Ana. Luego ya el sabor que tenga la comida es otra cosa. ¡No podemos untar pan en la yema! Me ha quedado muy hecha y no se pringa todo el plato con el líquido anaranjado. Ya lo sé para la próxima. Al menos hoy he cocinado las cantidades indicadas y no un ejército de arroz como el del otro día. ¡Que estuvimos dos o tres días con la nevera llena de vasos llenos de arroz! Qué desastre. 

Cuando terminamos de comer decidimos ir a visitar a todos nuestros vecinos, a llamar puerta por puerta, a decir que somos nuevos en el barrio y a pedir un poco de internet. Y así lo hacemos. Ana y yo nos arreglamos, bajamos nuestras sucias escaleras y comenzamos con una de las casas que hay frente a la nuestra. Llamamos al timbre y aparece un tío por una de las ventanas de la primera planta. Parece que mantenemos una conversación con una Rapunzel a la que no entendemos. Nos dice que no nos puede ayudar, que no sé qué del internet y que hablemos con vecinos que estén más cerca de nuestra casa. ¡Este chico creo que no nos comprende! Le damos las gracias y nos vamos hasta la otra casa que está a nuestro lado, ya que a la que tenemos al otro lado ya fuimos el otro día y nos mandó a la tienda a comprar el internet y la plancha. Tocamos en el timbre de nuestra otra casa vecina y nos recibe una chica con los ojos rasgados a la cual nos presentamos, le explicamos nuestro problema, le decimos que queremos la contraseña de su internet y que le pagaremos mensualmente lo que nos pida. La chica dice que vive con dos compañeros más, que va a consultarlo con ellos ya que ahora no están en casa y que nos dirá una respuesta. ¡Vale! Ésta sí parece simpática. En la puerta de nuestra casa hablamos de qué hacer, si seguir llamando o si darnos por vencidos, pero andamos hasta otra de las casas vecinas. Al lado de la casa del tipo que nos mandó a comprar la plancha, frente a otro ventanal, nos detenemos para después llamar al timbre, pero no hace falta. El chico que vive dentro parece que nos escucha y sale a recibirnos a la puerta, nos saluda y le saludamos, nos presentamos y ¡resulta que habla un poco español! Qué casualidad. Es más alto que nosotros, moreno, parece que tiene unos treinta tantos años y una de sus cejas es de color blanco. Nos dice que su padre vive en Alicante y que él ha estado trabajando allí unos años, le contamos nuestra historia y le decimos que buscamos internet. Nos dice que si no nos importa que volvamos a la noche, a las nueve más o menos, porque es cuando su chica, que es la que entiende de esas cosas de internet, está en casa. Así que nos despedimos de él y le decimos que a las nueve volveremos a su casa. 

Más tarde recibimos una llamada. El hombre que va a reparar las imperfecciones del apartamento está al otro lado del teléfono. Nos dice que si puede venir el miércoles y le decimos que sí, aunque al colgar no sabemos si vendrá mañana o el miércoles de la semana que viene. Parece que hoy es el día en el que tenemos que comunicarnos con todo el mundo, lo que no sabíamos es que todavía no habíamos acabado. 

Ana y yo estamos en el salón de la casa cuando escuchamos cómo aporrean la puerta de nuestra casa fuertemente. ¡Esto de no tener timbre es un incordio! Van a acabar con la madera de nuestra puerta. Ana se asoma por la ventana del salón y dice que hay dos tipos con una furgoneta. ¿Será alguien que viene a reparar el piso? Así que bajamos las escaleras y abrimos la puerta, saludamos a los dos tipos que se encuentran en la calle y comienzan a hablarnos en inglés. Al principio no nos enteramos muy bien de lo que quieren, después nos pregunta que si hablamos español y al decirle que sí llama a un amigo suyo que también habla español. Quiere que hable por el por teléfono para que nos diga lo que quiere. El chico llama a su amigo pero no se lo coge nadie. ¿Qué está pasando aquí? Después vuelve a explicar lo que quieren y resultan que están buscando al hombre que vivía antes en nuestro piso. ¿Dónde nos hemos metido? Nosotros no tenemos ni idea de cómo contactar con el antiguo inquilino de nuestra casa. Y encima el vecino invisible sigue sin dar señales de vida. Ana y yo nos acojonamos. ¿Estos tíos son mafiosos y buscan saldar una cuenta pendiente con el antiguo inquilino o qué pasa? ¿Tendrá algo que ver todo esto con las cartas que se amontonan sin ser abiertas junto a la puerta? ¿El vecino invisible tendrá algo que ver también con todo esto? A lo mejor estos tipos también buscan al vecino invisible o quieren rescatar sus huesos de animales, que ahora duermen bajo el hueco de la escalera. Las posibilidades son infinitas y nuestra cabeza piensa demasiado rápido. Los tipos de la furgoneta se despiden de nosotros y nos dicen que intentarán llamarnos para explicarnos mejor lo que quieren. Vale, vale. Hasta luego. Qué miedo mama. 

Después de nuestro acojone continuo vamos a casa de la chica que nos vende las cosas, de nuevo, para recoger más cosas que aún nos quedan por transportar. Dejamos una nota en la puerta para que Mary la lea y sepa dónde estamos, ya que solamente tenemos una llave de casa y no queremos que se quede pajarito esperando montada en la bici. Vamos en busca de nuestro carro de la compra, que lo quedé la noche anterior a la vuelta de la esquina, que sigue en el mismo sitio donde lo dejé y nos vamos en busca de más utensilios para la casa. Ana y yo llegamos al piso que se está vaciando y que, gracias a ello, el nuestro se está llenando. 

Mary llega al piso y nos ayuda con las cosas que vamos montando de nuevo en el carro de la compra. Menos mal que las cosas grandes ya las hemos transportado. ¡Y Mary llega con buenas noticias para mí! Dice que Marleen le ha dicho que una chica necesita un diseñador gráfico y que le ha dicho que me lo diga a mí. Marleen le ha dado el número de teléfono de esa chica para que más tarde me ponga en contacto con ella. ¡Gracias Mary, gracias Marleen! Qué emoción. Mary llega muy contenta del trabajo, dice que está haciendo muchas cosas para el salón de la casa que van a decorar y que, obviamente, le gusta mucho el trabajo que hace. 

Los tres regresamos a casa con nuestro carro de la compra. Subimos todas las cosas a casa, le contamos a Mary lo del tío de la agencia, lo del chico que nos ha llamado por teléfono para reparar las cosas del piso, lo del vecino que puede que nos ayude con lo del internet y lo de los dos tipos en furgoneta que han aporreado nuestra puerta en busca de no sé qué. Mary dice que cuando ha llegado del trabajo ha visto a mucha gente en nuestra puerta, que después ha leído nuestra nota y que ha ido hasta la casa donde estábamos recogiendo más cosas. ¿Mucha gente en la puerta de casa? Todo esto es muy raro. 

Hoy ha sido un día movidito, y aún no hemos terminado. Como una de las chicas del trabajo de Ana le dio hace unos días una tarjeta de móvil marca Lebara holandés decidimos ir al Albert Heijn a recargarla, ya que con nuestra tarjeta marca Lebara español hacemos muchos gastos con la gente que tenemos que llamar de aquí y a veces nos es muy difícil contactar con números holandeses. Vamos al supermercado y compramos una recarga y ya tenemos en funcionamiento nuestro primer número holandés. Llamo varias veces a la diseñadora que necesita el diseñador gráfico pero parece que no está disponible, así que decido esperar a que Mary vuelva a hablar con Marleen. 

A las nueve de la noche Ana y yo regresamos a casa de nuestro vecino medio español de la ceja blanca y nos recibe con la misma simpatía con la que la hace siempre. Nos presenta a su novia y descubrimos que tiene dos perros galgos, de una raza más pequeña de la que estamos acostumbrados a ver, durmiendo en el salón. Son unos perros muy bonitos y suaves. ¡Ya está! A este chico lo vimos el día que nos enseñaron el piso por primera vez paseando con sus perros. Nos invitan a pasar hasta la cocina, nos dice que traigamos un ordenador portátil y voy a casa a por él. Una vez de nuevo en su casa nos dice el nombre de la red de internet que ha creado para nosotros y, al decirnos la contraseña que nos han puesto, sonreímos y afirmamos que van a ser unos muy buenos vecinos. ¡Extremadura! Nuestra contraseña de internet es la palabra “Extremadura”. Les damos las gracias, le decimos que cuánto dinero tenemos que pagarle y nos dicen que no les debemos nada, que nos lo van a dar gratuitamente. ¿En serio? Qué buenos vecinos con los que nos hemos topado. Y dándoles las gracias una y otra vez regresamos a nuestra casa, por fin con internet y deseando poner la contraseña que nos permite conectarnos a la red. Extremadura. 

Mary prepara la cena, cuece coliflor y la casa huele raro, muy raro. Después la fríe un poco porque nos gusta más un poco frita, aunque a mí no me ha gustado nunca. Hago un esfuerzo y parece que los trozos pequeños que están más fritos son comestibles para mí. ¡Sí mama, he comido coliflor! No me convence mucho pero con mahonesa parece que todo se arregla. El dicho ese de “Si no te gusta le echas azúcar” debería modificarse a “Si no te gusta le echas mahonesa”. O mayonesa, como prefiráis.


Los nuevos vecinos llegaban a la ciudad, con las maletas cargadas de nuevas esperanzas, sueños por cumplir y miles de historias que contar. Los nuevos vecinos, sonrientes, comenzaron aquella aventura que conseguiría cambiarles la vida para siempre.


Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

"El último escalón. Al final de la escalera"

29 de Octubre de 2012.

El último hombre que corría hacia el grupo de personas estaba fatigado, las piernas temblaban cada vez más. A cada paso que daba el dolor que sentía era más intenso, más fuerte. A pesar de todo ese sufrimiento no podía detenerse, su cuerpo se había acostumbrado a dicho ejercicio. A pesar de correr al final de la fila el hombre mantenía las esperanzas de que conseguiría llegar a la meta de su destino, incluso se propuso llegar a ser el primero en llegar. 

El tiempo pasaba deprisa, a veces muy despacio. El tiempo le obligaba a seguir ejercitando sus fuertes piernas, que mostraban todo el contorno de sus trabajados músculos. Solamente unos minutos más. Pensó en ello y en la meta, y en todo el mundo que le aplaudiría. Pensó en su mujer, que lloraría de la emoción al verlo aparecer entre el pelotón de gente. Pensó en el sabor de la victoria, en el color de las sonrisas, en la lucha y en la recompensa de su esfuerzo. Pensó tanto que seguía corriendo, sin detenerse, y sin darse a penas cuenta de lo que hacía. 

Consiguió adelantar a uno de sus compañeros, a los pocos segundos otro más quedaba tras él y un minuto más tarde conseguiría darle la espalda a un tercero. Parece que todo iba mejorando, se sentía más fuerte, más seguro de sí mismo. Pero todo se complicó de manera precipitada, pues unas inmensas e infinitas escaleras formaban parte del último trayecto de la carrera. Continuó corriendo hacia ellas, perdiendo su mirada en cada uno de los escalones que la componían, suspirando y ansiando el momento en el que su cuerpo consiguiera abandonar el último escalón, al final de la escalera. 



¡Qué mal hemos dormido! Suponemos que el hecho de que nos hemos mudado de habitación y de que seguimos sobre nuestras cosas pordioseras y cutres de segunda mano incita a que nuestros sueños sean escasos. Las vueltas en la cama se hacían eternas. Los ojos se cerraban, cansados de mirar el techo de la habitación, pero no conseguían conciliar el sueño. ¡Esta noche nos divorciamos de nuestros somieres y lanzamos los colchones, si es que a eso se le puede llamar de esa manera, al suelo! Decidido. Funda de hamaca y cuadros escoceses dad la bienvenida al parquet. 

¡Hoy somos unos chicos afortunados! Aser, uno de los cocineros de “Señora Rosa”, va a invitarnos a comer pollo y después va a ayudarnos a transportar las cosas de la mudanza. Las cosas son la lavadora y el sofá-cama. ¡Da gusto toparse por Eindhoven con gente como esta! Antes de disfrutar de nuestra exquisita comida tenemos que hacer varias cosas. ¡Qué hambre! 

La chica que nos vende sus cosas nos recomendó una tienda muy grande donde venden cosas muy baratas. Se llama “Action” y Mary y yo decidimos ir por la mañana. ¡Qué buena tienda! Es grande, tiene muchas estanterías con productos de todo tipo y la mayoría de empleados parecen ser musulmanes, pues la mayoría de las cajeras llevan sus cabezas tapadas con un pañuelo en forma de burka. “Un burka por amor” como la historia del libro. Seguro que alguna de las dependientas ha tenido problemas con su chico por temas como este. Continuando, y dejando los burkas a un lado, inspeccionamos todas y cada una de las estanterías que hay en la tienda. Cosas para el hogar, herramientas, artículos para las bicis, productos de limpieza, ropa, cosas del baño, colonias, colonias… ¡Colonias! No nos lo podemos creer. ¡Encuentro una que utilizaba mi madre y baño mis guantes en ella! Ahora mis guantes huelen a mi madre y a mi casa en general. ¡Qué recuerdos! Si cerramos los ojos parece que estamos entre las paredes de mi casa del pueblo. Y, después de casi llorar de la emoción, nos ponemos a buscar colonias baratas. Con lo escasos que nos vinimos de colonias desde España y ahora nos topamos con botes de no sé cuantos milímetros por menos de dos euros. ¡Más baratos que en España! Como es de imaginar Mary y yo nos ponemos como locos disfrutando de las fragancias de los botes de prueba, buscando alguno que nos convenza de que huele bien. Aunque los olores se fusionan los unos con los otros y no somos capaces de apreciar ninguno en concreto. Ahora olemos a señora mayor perfumada. La única diferencia es que no somos señoras y que no olemos a perfume, si no a colonia barata de dos euros de las pruebas del “Action”. 

Nos ponemos a la cola de la tienda, esperando a que una chica con burka nos atienda, con mucha pena porque no queremos abandonar el supermercado. Nuestro carro de la compra está lleno de botes de colonias, de una plancha del pelo por dos euros, de botes inmensos de gel y champú y de algunas cosas más que son necesarias para nuestro nuevo hogar. ¡Este sitio es lo más parecido a un chino que hemos encontrado! 

Regresamos con nuestra compra super económica, después volvemos a visitar la tienda de segunda mano donde Ana y yo nos encontramos a aquellas chicas de compañía pero está cerrada porque es lunes. Así que nos quedamos con ganas de otro colchón nuevo y le enseño a Mary la plazoleta donde están todos esos escaparates llenos de “prostis”. Y, después de nuestro viaje en balde a la tienda de segunda mano (Second Hand en inglés), es la hora de disfrutar de una exquisita comida cocinada por nuestro amigo Aser. 

¡Madre mía, madre mía, madre mía! Pollo asado con una salsa que no sé lo que era pero que estaba exquisita, con un toque de sabor a limón, una buena ración de patatas fritas que consiguen que se te haga la boca agua y una ensalada de lechuga, tomate y todas aquellas cosas que hacía tanto tiempo que no disfrutábamos. ¡Qué comida! Una de las mejores en Eindhoven desde que Mary hizo la tortilla de patatas en la cocina de la pensión. ¡Tortilla! Quiero otra… Después de ponernos las botas planeamos el resto del día en el que estará lleno de mudanzas y de transportes de lavadora y sofá-cama incluido. 

Aser nos dice que es una buena idea que vayamos al Albert Heijn, el supermercado que está cerca de casa, y que tomemos prestado un carro de la compra. ¿Para qué? ¿Es que nos gusta hacer vandalismo callejero? Pues no, es para transportar mejor la lavadora desde la casa de la chica de la mudanza. ¡Eso está hecho! Mary, Ana y yo nos ponemos en marcha, vamos al Albert Heijn a comprar unos cartones de leche y planeamos nuestra fuga con el carro. 

¡Corred, corred! Ana se adueña del carro y lo empuja con todas sus fuerzas hasta casa. Hemos salido del supermercado con nuestra escasa compra y hemos visualizado las filas de carros, que nos esperaban para ser rescatados de la tortura de los pasillos y gritaban a los cuatro vientos, fríos vientos, sus ansias de libertad. “¡Corre, dame un euro!” dice Ana a su hermana para poder introducirlo en la ranura del carrito y así poder llevárnoslo. Pero el curioso destino quiso que ese carro estuviera suelto. ¡Nos estaba esperando! Así que lo cogemos sin euro y sin nada y huimos de los alrededores del Albert Heijn. ¡Ya tenemos nuestro transporte de lavadoras esperando en la puerta de casa! Ahora solamente falta la lavadora encima de él. 

Menos mal que hoy Mary no tiene que ir a la tienda de Marleen, ya que le dio el día libre para que pudiera ayudarnos con la mudanza, y que Ana no tiene que ir al restaurante a trabajar. Menos mal porque mañana es el último día de la chica en Eindhoven y el miércoles viaja a Londres. ¡Hay que vaciar el piso entre hoy y mañana y llenar el nuestro de cosas! Y menos mal que Aser también nos ayuda para transportar los pesos pesados. 

Llega la hora de la lavadora y el sofá-cama. Primer problema: la chica vive en una segunda planta y el sofá no cabe por las escaleras que comunican la tercera planta con la segunda. Solución: tenemos que lanzar el sofá por el balcón de la tercera planta y recogerlo en la terraza del vecino de la segunda planta. Caos total. Dos o tres nos quedamos en la planta de arriba con el sofá y otros dos o tres llaman a la puerta del vecino y pasan a su terraza. ¡Cuidado, cuidado, cuidado! Agarra más fuerte. No soltéis todavía. Madre mía que esto se estampa contra el suelo. Las frases de terror invaden los momentos, hasta que conseguimos colocarlo en la terraza. Después transportarlo desde allí hasta el firme suelo es pan comido, o como se diga ese refrán. Bien, el sofá-cama ya está en el recibidor del piso. Segundo problema: la lavadora hay que transportarla por todas las escaleras de la casa, se baja al primero y del primero a la calle. Solución: nos agarramos entre todos a la pesada lavadora y comenzamos a bajar, escalón a escalón, las escaleras que parecen construidas por el mismísimo demonio. Son estrechas, hacen curva y los escalones muy escasos. Poco a poco conseguimos bajar la lavadora. Por suerte a ninguno de nosotros nos falta un brazo que haya sido aplastado contra la pared por el pesado aparato y nadie hemos acabado con una pierna amputada por el filo de la lavadora. ¡Qué sudores! Parecemos una manta mojada. 

Y una vez que el sofá y la lavadora descansan sobre el firme suelo de la puerta de la chica que se muda a Londres nos toca transportarlos hasta nuestra casa. ¡Menos mal que está a la vuelta de la esquina! Así que montamos la lavadora como podemos en el carro y nos vamos a casa. Ana transporta la lavadora con la ayuda de Aser y Mary y yo cogemos el sofá-cama. Los dejamos en la puerta de casa y comienza el tercer problema: subirlo por las escaleras que van hasta nuestro salón. El sofá solamente hay que subirlo por esas escaleras pero la lavadora hay que subirlos por esas y después por las que van hasta nuestra habitación. Doble escalera para la lavadora. Perfecto. 

Así que manos a la obra. Agarramos con fuerza el sofá-cama y comenzamos a subir, escalón a escalón, hasta el final de la escalera. El sofá parece subir bien, pesa poco y entre los cuatro el peso se divide bien. Lo dejamos en el salón de la casa y respiramos aliviados por ese peso que nos hemos quitado de encima. Ahora toca la lavadora, la pesada lavadora. Nos agarramos con más fuerza todavía a las esquinas del aparato y empezamos de nuevo a subir escalones. Las gotas de sudor comienzan a resbalar por nuestras frentes, las camisetas se nos pegan al cuerpo y desconocemos el significado de la palabra frío. Cada escalón es una aventura, lento, paso a paso. Arriba, izquierda, derecha, espera, para, sigue, tuerce. Las indicaciones son varias y los suspiros también son varios. El final de la escalera parece no llegar nunca. Hasta que llega y por fin la lavadora descansa en el salón de la casa. Respiramos todos un poco, suspiramos otro poco y nos despegamos las camisetas del cuerpo. 

Miramos el salón de la casa. El sofá queda genial en el sitio donde lo hemos puesto, pegado a una de las paredes y frente al ventanal que nos muestra esas preciosas vistas de la calle. La lavadora queda en el medio, reposando un poco antes de continuar con el trayecto que aún nos espera. Hemos subido unas escaleras pero ahora tocan las otras, las que nos llevan hasta la habitación donde dormimos y las que nos llevan hasta el espacio hecho para la lavadora, pues es el único sitio de la casa donde se encuentra la toma de agua para el aparato. ¡Maldito sea el diseñador de la casa! ¿No podría haber puesto todo lo necesario para enchufar la lavadora en la cocina? Nuestra lava ropa ya estaría colocada si hubiera sido de ese modo. Pero no, nuestra toma de agua está unas escaleras más arriba, junto al dormitorio. 

¡Manos a la lavadora! Y comienzan los escalones de nuevo. Comienzo a subir, con Mary desde detrás sirviendo un poco de guía, y Aser y Ana se agarran a la parte trasera de la lavadora. Los tres comenzamos a subirla lentamente, escalón a escalón. Pisando las maderas que suenan como si fueran a estallar del peso. Mis brazos peligran, temiendo ser aplastados contra las paredes de la casa, nuestras piernas pueden quedar entalladas por el peso de la lavadora. El juego de piernas y movimientos de brazos es complicado y si añadimos el peso que vamos transportando la situación queda convertida en una auténtica tortura. ¡Que pare ya! ¿Dónde está el espacio donde va la lavadora? ¿Cuál es el último escalón? Y casi al final del trayecto nos armamos de valor y hacemos el último esfuerzo. Subo los escalones lo más rápido que puedo, Aser y Ana me acompañan desde el otro extremo del aparato y Mary anima y continúa con las indicaciones desde nuestra meta. El último empujón, la última gota de sudor, el último esfuerzo. Y la lavadora supera con nuestra ayuda el último obstáculo. Nos miramos, sonreímos, suspiramos y aliviados, comienza la celebración. ¡Nuestra lavadora ya está donde tiene que estar! Y como mantas mojadas bajamos hasta nuestro salón, donde nos tumbamos y sentamos con el cuerpo aún temblando. 

Y para celebrar que ya podemos sentarnos en un sofá en nuestro salón, que nuestro salón ya va pareciendo más un salón de una casa normal, que casi hemos terminado con la mudanza y que ya no volveremos a lavar más la ropa interior en el lavabo del cuarto de baño pedimos unas pizzas a domicilio. ¡Es un lujo para los tiempos que corremos! Pero nos lo merecemos. Y, media hora después, mientras saboreamos aquellas delicias contemplamos, satisfechos, nuestro nuevo hogar. El interior de nuestras paredes ha dejado de estar vacío. Las sillas, una mesa, el sofá, las lámparas de Marleen, la estantería de pallete de madera y el resto de cosas que hemos conseguido duermen ahora en nuestra casa. Lo único que nos queda son los colchones que iremos a recoger mañana por la mañana, ya que la chica que nos los vende los necesita esta noche por última vez. Hoy será la última vez que durmamos sobre nuestra funda gorda de hamaca de playa y sobre los finos colchones de cuadros escoceses. Por suerte Ana ya duerme en un colchón en condiciones, el que compramos en la tienda de segunda mano. 

Esta noche soñaremos que soñamos en nuestros próximos colchones. ¡A ver, a ver! ¡Enchúfala! A ver cómo suena. ¿Metemos las bragas y los calzoncillos? Dale al botón. Espera. Dale, dale. Un poquito de suavizante. Oooohhhh. Mira qué bien lava. Qué ruiditos hace al centrifugar… 



El hombre miró desde lo lejos las inmensas escaleras. Cada escalón sería una nueva aventura para él. El esfuerzo que tendría que hacer con sus fuertes piernas tendría que ser el doble al que antes había estado haciendo. Y comenzó el último trayecto. Se armó de valor y no permitió que los escalones consiguieran su abandono. No abandonaría, no ahora. El camino estaba casi completado. Solamente necesitaba un último empujón. Respirando más rápido que nunca puso uno de los pies en el primer escalón, rápidamente puso el otro en el siguiente escalón. Poco a poco, rápidamente. Comenzó a devorar las escaleras, avanzando a la velocidad del viento, dándoles la espalda a algunos de sus rivales y observando desde lejos a otros de ellos. Sin perder la esperanza y creyendo en sí mismo más que nunca incrementó su ritmo. La respiración era cada vez más frecuente, más intensa y más rápida. Levantó la mirada y observó el resto de escalones que le quedaban por subir. Continuó, no se detuvo, suspirando y ansiando el momento en el que su cuerpo consiguiera abandonar el último escalón, al final de la escalera. Y llegó al último escalón. La meta estaba más cerca que nunca. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

martes, 6 de noviembre de 2012

"A room with views"

28 de Octubre de 2012.

En el peor de los casos volvería con los brazos abiertos. En el mejor de los casos regresaría empapada en lágrimas. 

Podrían llegar a ser felices, tan felices como lo es el viento al agitar las hojas secas del suelo. Podrían llegar a volver a reírse ante el espejo, ante las miradas cómplices de las que un día quedaron enamorados. Podrían llegar a sonreírse, como los pequeños hacían a carcajadas en el parque donde un día se conocieron. Podrían llegar a detener el tiempo, como lo detenían años atrás entre aquellas cuatro paredes que formaban una habitación con vistas. Podrían llegar a formar una historia de amor, como la que crearon mirando a través de los ventanales de la habitación que, noche a noche, se convirtió en testigo de sus pasiones. Podrían llegar a ser tantas cosas que ninguna de ellas pudo escapar de aquella habitación, en la que todas y cada una de ellas miraban al exterior ansiosas por llegar a ser liberadas algún día. Y todas esas cosas quedaron impregnadas para siempre en las cuatro paredes, convirtiendo para siempre a la habitación en una preciosa habitación con vistas. 



Después de que el vecino invisible continúe sin dar señales de vida, de que las cartas se sigan amontonando junto a la puerta, de que el bebé Vera siga berreando como un borreguillo en la casa de al lado, de que nuestro amigo roedor haya visitado una vez más nuestro pan y de que la paloma, que creíamos moribunda, siga haciendo ruidos raros en el tejado de nuestra humilde morada, nos despertamos y comenzamos un nuevo día, en busca de nuevas anécdotas y aventuras que vivir. 

A las tres de la tarde vamos hasta la tienda de Marleen para disfrutar de la exhibición a la que nos invitó ayer. ¡Parece que hay mucha gente en la puerta! Nos acercamos hasta el bullicio de gente como si de perros rastreadores nos tratásemos y pasamos a formar parte de la media luna que contempla a los tres pequeños, vestidos con un mono blanco, que pintan de forma artística las sillas que previamente ha diseñado su padre. Las pintan con pintura que parece impermeable, parece que hay que dar varias capas con la brocha a la madera de la silla para que absorba el color. Los pequeños son de diferentes edades y cada uno de ellos pinta su silla de un color diferente. ¡Es bonito ver a los pequeños disfrutando de la pintura y, sin ser muy conscientes, creando sillas de diseño! Disfrutamos de unos ricos frutos secos que sirven como aperitivos en la entrada de la tienda y de una bebida que no sabemos muy bien qué es pero que está muy buena. Con la boca llena seguimos disfrutando de las manchas de colores en las sillas de madera. 

Nos encontramos a Marleen hablando con unos y con otros, charlando con el que suponemos que es el padre de los pequeños y nos saluda, sonríe, y parece feliz por que hayamos asistido a la exhibición. Marleen parece ocupada, hay mucha gente en la tienda y, por si fuera poco, hace fotos con su cámara réflex a las sillas que están siendo pintadas y a los curiosos que se han acercado hasta la tienda para disfrutar del espectáculo. 

Más tarde, cuando los mini diseñadores terminan sus sillas, Mary dice que quiere coger una brocha y pintar. ¡Tiene que ser divertido mancharse de pintura y que te de igual todo! ¡Queremos ser pintores de sillas de diseño! Y con nuestras esperanzas aún en mente entramos en la tienda y vemos que Jolanda, la amiga diseñadora de Marleen que partió en dos la estantería, sigue por aquí. La saludamos, nos habla de la fiesta de inauguración del otro día y nos dice que hoy hay mucha gente en la tienda, pues es el último día de La Semana del Diseño Holandés (Dutch Design Week). Enseñamos a Ana la estantería, ya compuesta por una sola pieza, de Jolanda y vemos un poco la tienda. ¡Las cosas que hay en ella nos siguen enamorando! ¡Eso también! ¡Los precios nos siguen espantando! 

Marleen tiene un hueco y viene a saludarnos. Mary aprovecha para pedirle el día de mañana libre, pues estamos de mudanza, mañana tenemos que transportar nuestra lavadora y el sofá cama y necesitamos la máxima ayuda posible. ¡Claro que sí! No hay problema. Y Marleen le dice a Mary que mañana nos ayude con la mudanza. Hablamos un rato más con ella y con su amiga y, como vemos que hay mucha gente en la tienda, nos despedimos de ellas y nos vamos con un nuevo rumbo: el Jumbo. 

Y aquí estamos de nuevo. ¡Hola querido Jumbo! ¿Nos echabas de menos? Nos hacemos los dueños de los pasillos del supermercado, cogemos nuestros cafés gratuitos que degustamos a la vez que hacemos la compra y revisamos todos y cada uno de los tuppers en los que suelen poner comidas de prueba. Pero no hay ni queso, ni galletitas ni nada. Solamente tomates cherrys que se comen de un bocado, que están buenísimos y que combinamos con nuestros rutinarios cafés. Y paseando entre las estanterías de alimentos llega nuestra pregunta. ¿Y para qué hemos venido ahora al Jumbo? ¡Pegamento de ratones! Pero seguimos sin obtener resultados a nuestra búsqueda desesperada por algo que ahuyente a nuestro querido roedor, porque si es posible no acabar con su vida mucho mejor. 

Tras nuestra visita, casi diaria al super, regresamos a la casa de la chica española que va a vendernos sus cosas, ya que dentro de unos días abandona Eindhoven y viaja hasta Londres. ¡Qué suerte hemos tenido de toparnos con ella! Vamos a amueblar nuestro piso en un abrir y cerrar de ojos. Pues hoy vamos hasta su casa porque podemos llevarnos muchas cosas hasta nuestro apartamento, cosas pequeñas pero cosas. Así que vaciamos dos de nuestras maletas de diez kilos y otra de veinte kilos y nos vamos hasta la casa para llenarla de cosas. ¡Así se transportará mejor! Y mientras que Mary se queda abarrotando las maletas de cosas que transportar, yo llevo a Ana en la bicicleta hasta el restaurante donde trabaja. 

Tenemos ganas de tener cada uno una bicicleta. Aunque supongo que echaré de menos ejercer como taxista. ¡Mis piernas lo están agradeciendo! Cada vez mi cuerpo se acostumbra más a llevar el peso de alguna de ellas en el porta-paquetes. ¡Ya casi volamos con la bici! Que me paren los pies que nos salimos de la ciudad y no nos damos cuenta. Basculo a Ana en la puerta de “Señora Rosa”, me despido de ella hasta la noche y regreso para ayudar a Mary a transportar las maletas cargadas de cosas hasta nuestra casa, que se va llenando poco a poco. 

Y cae la noche, nuestra noche. Porque aquí anochece tan deprisa que si quieres disfrutar de una siesta te despiertas con las estrellas, si es que el tiempo te deja verlas. ¡La siesta! Qué buen placer hemos quedado estancado en España. Aquí no existe eso, aunque si somos españoles seguiremos teniendo derecho a ella o, al menos, eso esperamos. Aunque, sinceramente, de momento no tenemos hueco para dedicar unas cabezaditas tras la comida. ¡Qué bien sienta la siesta! Qué bien sentaba… 

Mary y yo seguimos durmiendo en nuestras camas plegables de segunda mano, a la espera de que la chica que se va a Londres nos venda los colchones de su casa. El mini colchón super fino de cuadros escoceses de Mary y mi funda super gorda de hamaca han viajado hasta la habitación de la casa, donde dormimos ahora. El dormitorio queda en una segunda planta, en la primera tenemos el resto de la casa y abajo vive ese vecino al que no conocemos. ¡Las camas ya han abandonado el salón! Estamos raros entre estas nuevas cuatro paredes, las escaleras que nos separan del resto de la casa provocan que sintamos que quedamos muy alejados del salón. Es como estar en otra casa. ¡Si solamente es una escalera! 

Conseguimos dormirnos, raros pero dormimos. Y dormimos hasta que Ana llega del trabajo. El hecho de que no tengamos timbre en la casa y de que el móvil que se ha llevado se ha quedado sin batería, impidiendo que pueda llamarnos, hace que Ana se quede frente a la fachada de la casa pensando en cómo conseguir despertarnos. Desesperada tras vociferar nuestros nombres en mitad de la calle se le ocurre una maravillosa idea. Abre su bolso y extrae de su interior un pequeño neceser, el cual decide utilizar para sacarnos de nuestros profundos sueños. ¡Pafff! ¡Pafff! ¡Pafff! El neceser viajaba desde las manos de Ana hasta el ventanal del salón, golpeando en los cristales para conseguir captar nuestra atención. ¡Si aún durmiéramos en el salón la hubiéramos escuchado a la primera! Pero ahora dormimos en lo más alto de nuestra más alta torre. Mary, tras varios estrellamientos de neceser, se despierta sobresaltada. “¡Mi hermana!” dice sentándose en la cama. Y corre escaleras abajo para abrir la puerta a Ana y para que, por favor, deje de aporrear nuestro ventanal. Menos mal que se ha percatado de los golpes. ¡Pobre Ana! Qué hubiera sido de ella esta noche. Pues ala. Entra en casa, hablamos un rato y después se acuesta en el colchón que transportamos en bici desde la otra tienda de segunda mano. Esperamos ansiosos nuestros cómodos colchones, pues la funda de hamaca y el de los cuadros escoceses están pidiendo la jubilación anticipada. 



Aquellas pequeñas cosas, pero que a la vez eran grandes cosas, se hacían tan importantes que pasaban directamente a un primer plano, quedando en modo secundarias las verdaderas cosas que sí que realmente importaban. Ambos regresaron a la habitación en la que tantas horas de sus vidas habían pasado juntos, ambos regresaron ilusionados y esperanzados en que sus labios volvieran a rozarse, aunque fuera, por última vez. Caminaron hasta el centro de la sala, contemplando aquellas cuatro paredes en la que una de ellas un enorme ventanal mostraba las vistas que conseguían enamorarles de nuevo. Contemplaron sus delicados y envejecido cuerpos, sus manos casi arrugadas completamente, sus pelos descoloridos y sus vestimentas, que ya no eran tan juveniles como lo habían sido anteriormente. Volvieron a jugar con las sonrisas, a acariciarse el rostro y a susurrarse palabras bonitas al oído, palabras que quedaban impresas en la fina textura de las paredes. Él se puso frente a ella, buscando sus labios. Ella permitió que se pusiera frente a ella, queriendo que aquellos labios encontraran los suyos. Y, lentamente y con los ojos cerrados, acercaron sus rostros para unirse en aquel último beso. Sus labios entraron en contacto. Sus labios se tocaron suavemente. Sus labios se acariciaron con disimulo. Hasta que ambos, a la vez, abrieron sus ojos y se toparon con la mirada del otro. Sus labios quedaron separados inmediatamente, pues sus miradas supieron que el último beso había llegado años atrás. Comprendieron, gracias a sus vistas, que aquellas cuatro paredes continuarían guardando el secreto de las cosas que no importaban demasiado y que, a la vez, lo importaban todo. Aquella habitación continuaría resguardando todas esas cosas que, impregnadas en sus paredes, la convertirían para siempre en una preciosa habitación con vistas. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.