Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

lunes, 5 de noviembre de 2012

"Un nubarrón duro de roer"

27 de Octubre de 2012.

La lluvia se acercaba con disimulo, cubriendo el cielo con sus nubes negras. El pequeño animal observó la oscuridad que se formaba sobre su diminuto cuerpo y corrió hasta el interior de unos de los hogares más cercanos que había encontrado. Se coló por la ranura de la puerta y se topó con varios obstáculos que lograron convertirse en todo un reto. Saltó escalón a escalón, escaló escalón a escalón, agarrando sus pequeñas manos a la textura de la moqueta. Y una vez alejado del suelo que anteriormente había investigado comenzó su nueva andadura. El pequeño comenzó a correr en el interior de la casa, buscando algo que poder llevarse a la boca. Indagaba en cada rincón que se encontraba, maldiciendo por encontrar solamente suciedad que había intentado comer pero que era imposible masticar. Recorrió el pollete de madera que enmarcaba a la gran ventana, que se encontraba en lo que parecía ser la sala más grande de la casa, y quedó hipnotizado por las vistas que desde allí disfrutaba. Jamás había visto la calle desde tanta altura, sintió vértigo. A pesar de su habilidad para la escalada, siempre había sentido verdadero pánico a las alturas. Antes de abandonar el pollete de madera vio caer la primera gota de lluvia sobre un diminuto charco de agua que pasaba desapercibido en una de las aceras de la calle. Aliviado porque había conseguido resguardarse de aquellos terribles nubarrones dio un leve suspiro, pero aún estaba inquieto por no haber hallado nada de alimento. Así que decidió continuar su desesperada búsqueda y abandonó el marco de la ventana. La lluvia se acercaba con disimulo. 



Ahora uno de los palletes de madera que recogimos de una de las tiendas del centro actúa como puerta entre el último escalón de la escalera y el pequeño pasillo que nos comunica con la puerta de la cocina y la puerta del salón. Cada una de estas puertas tienen cerrojo con llave, pero nos da un poco de mal rollo que nuestro pasillo quede expuesto a las escaleras que nos comunican con el misterioso vecino invisible. El pallete es una buena puerta corredera al fin y al cabo. Otro de los palletes actúa de estantería en el salón, el otro aún espera ansioso por ser utilizado. 

¡Buenos días! Un nuevo amanecer se cruza en nuestro camino, obligándonos a despertar de nuestras particulares camas plegables, e insistiendo en que nos vistamos y hagamos todo aquello que el viaje nos tiene preparado para hoy. Así que, haciendo caso a la escasa luz y al punzante frío que se cuela por el ventanal de nuestro salón, nos despertamos, levantamos y nos disponemos a desayunar. Y en el momento del desayuno llega el momento de los nuevos invitados a nuestra casa. Pongo el pan bimbo sobre nuestra mesa, formada por una caja de cartón, Ana coge la bolsa y ve que hay un diminuto agujero en ella, desprendiendo varias migajas de pan sobre la textura de cartón de nuestra mesa. Mary coge la bolsa y ve que hay un túnel, perfectamente elaborado, en el interior de la bolsa de las rebanadas de pan. ¡Oh no! Tenemos un ratón en casa. Lo que nos faltaba. ¿Es que no tenemos suficiente con un vecino invisible, un bebé que llora al otro lado de la pared, un contenedor de huesos de animales bajo la escalera, ruidos que no sabemos de dónde proceden y una calefacción que se enciende y se apaga cuando le viene en gana? Creo que esta historia de Holanda va teniendo demasiados personajes secundarios. 

¡Hoy hace frío de nieve! No es un frío normal y corriente. Hoy hace ese frío que te duele, que se te clava en la piel y no te deja casi ni moverte. Hoy hace esa clase de frío, el que sientes cuando coges un cubito de hielo con las manos o cuando, de repente, el agua caliente se corta mientras te das un baño relajante y te congelas por unos instantes, hasta que regresa de nuevo el calor. Hoy hace esa clase de frío. 

Mary y yo decidimos volver a la tienda de segunda mano que tanto nos gustó, pues esperamos con ganas que haya algún que otro colchón nuevo que podamos transportar en nuestra bici. Así que nos ponemos en marcha, reposo mi culo sobre el sillín de la bici y Mary reposa el suyo sobre el porta-paquetes. ¡A pedalear! 

Llegamos sin ninguna complicación a la tienda, sin indicaciones y guiándonos por nuestra intuición. Aparcamos la bicicleta en la entrada de la tienda y nos dirigimos hasta la sección de colchones, pero por desgracia no hay ningún colchón nuevo. Nos regresamos con las manos vacías y con la bici descargada. 

Antes de llegar a casa nos pasamos por nuestro querido amigo el Jumbo. Hace frío en la calle, mucho frío, más frío hace en la bici y necesitamos sentir en calor de las estanterías de una tienda. Además tenemos que entrar para reponer fuerzas con las pruebas que esperemos que haya y necesitamos algo de pegamento para nuestro querido ratón. No es que lo vayamos a esclavizar con el pinta y colorea, si no que queremos que se quede pegado en un trozo de cartón para que deje de invadir nuestros alimentos. 

Invadimos el Jumbo y descubrimos que hay globos en la entrada en los que puede leerse “Hallo Jumbo” y los cuales los niños cogen antes de marcharse a casa. Qué guay. ¿Es un aniversario de nuestro amigo el Jumbo o qué pasa? Probamos todas las pruebas, bebemos café gratis y buscamos pegamento para ratones, pero no encontramos nada. Nos vamos con el estómago lleno y Mary coge un par de globos amarillos que decoran la entrada. Ahora sí que nos vamos a casa. Los nubarrones que cubren nuestras cabezas cada vez son más oscuros y el frío es más intenso. 

Comienzo, de nuevo, a pedalear hasta casa y el frío que se clava en nuestras caras no es muy normal. Cuando vamos a mitad de camino, en nuestra bici y Mary con dos globos en la mano comienza lo que viene siendo nuestro primer chaparrón oficial en Eindhoven. En bici y sin paraguas comienzan a caer las primeras gotas de lluvia sobre nosotros. ¡No son gotas, Mary! ¡No son gotas! Y zás, zás, zás. Los granizos que caen del cielo ahora se estrellan contra nuestras cabezas, empapándonos e impidiendo que sigamos con el regreso a casa. ¡Mi frente! Me duele mi frente. Las pequeñas piedras de hielo comienzan a invadir las calles de la ciudad, cubriéndolas de una gruesa capa blanquecina imitando el efecto de la nieve. ¡Los globos! ¡Los granizos van a reventar los globos del Jumbo! Mary se preocupa desde el porta-paquetes. Los granizos caen a toda velocidad y se impactan, sin compasión, sobre nuestros cuerpos congelados. Seguimos avanzando como podemos a pedaladas hasta que a Mary se le escapa uno de nuestros globos amarillos del Jumbo. Me detengo lo antes que puedo sobre una de las aceras cubiertas de hielo y Mary corre hasta donde se encuentra su globo fugitivo. Del medio de la calle, en donde ha podido ser atropellado varias veces, lo recoge victoriosa y regresa a nuestro transporte. Nuestras cabezas están cubiertas de granizo, nuestro pelo está mojado y tiene un tono blanco. ¡Vámonos de aquí! La granizada cesa antes de llegar a casa. ¡Damos gracias a que no hemos encontrado ningún colchón en la tienda de segunda mano! ¿Qué hubiera sido de nosotros transportando un colchón bajo una granizada de semejante intensidad? No lo queremos imaginar. 

Y llegamos a nuestro salón, empapados, y Ana, al vernos, confirma que sus suposiciones se han hecho realidad. La granizada nos ha bendecido. Comemos y a la tarde vamos hasta la casa donde ayer celebramos la fiesta de inauguración llena de diseñadores, pues Mark nos dijo que nos acercáramos a por los tablones de madera. Y allí estaba Mark, recogiendo cosas de la fiesta y dándonos la bienvenida de nuevo. Nos lleva hasta nuestras maderas y las recogemos muy agradecidos. ¡Pedazos de cachos de madera! Qué buena estantería y mesa vamos a poder hacer con ellas. Una de las maderas es rectangular y larga y la otra es cuadrada y grande. Cogemos cada uno una y nos vamos a casa. ¡No podemos parar de recoger cosas! Parece que tenemos el Síndrome de Diógenes, por lo de acumular mierdas continuamente me refiero. 

Ahora el otro de los palletes, el que no funciona de puerta ni de estantería, ejerce la función de soporte para nuestra tabla cuadrada de madera. Qué buena mesa nos hemos montado en el salón. El problema es que la tabla no está barnizada y todo líquido que se derrame en ella quedará absorbido para siempre. Dentro de un tiempo recordaremos de qué se formo cada mancha que haya en la mesa. ¡Mira eso es del café que vertió Dani! ¡Ésta es la mancha que se quedó con los macarrones de Ana! ¡Sí, pues esta es del té que derramó Mary! Y así continuamente. 

Después de eso vamos hasta la tienda de Marleen, le decimos que ya hemos ido a recoger las maderas que Mark nos ofreció anoche y nos dice que mañana hay una exhibición en su tienda. A las tres de la tarde unos niños que pintan las sillas de diseño de su padre diseñador harán una demostración de su trabajo en la puerta de la tienda. Le decimos a Marleen que estaremos encantados de asistir. Más tarde transporto a Ana hasta el restaurante y después vuelvo en busca de Mary. Vamos a otro Jumbo en busca de pegamentos para ratones. ¡Esperemos que nuestro amigo no se convierta en un ratoncito duro de roer! 

Y la búsqueda de pegamento se hace interminable, así que decidimos preguntárselo, de la mejor manera, a una de las chicas que se encuentra por los pasillos reponiendo cosas en las estanterías. “Excuse me” (Perdona) le dice Mary a la chica, que se detiene para atendernos en su totalidad. “Have you got poison to the mouses?” (¿Tienes venenos para ratones?) y la chica parece que no nos entiende. Repetimos de nuevo la palabra “veneno” y la chica se toca la garganta. “For you?” (¿Para ti?) dice la chica preguntándole a Mary mientras señala su garganta. ¿Qué, qué? ¡Ésta chica quiere darle veneno a Mary! ¡Quiere acabar con la vida de mi amiga! “No, no. I have a mouse in my house” (No, no. Tengo un ratón en mi casa) le explica Mary. “Oh, no, no” y la chica dice que lo siente pero que no hay de eso en el Jumbo. ¡Pues vaya! Mary de la que te has librado. Ésta chica del supermercado quería darte jarabe envenenado para la garganta. 

Volvemos a casa y, sin pegamento para ratones, cogemos varios cartones a los que añadimos trozos de pan y le ponemos un poco de pegamento normal con el que construí hace días la estantería de madera y cartón. No creemos que el ratón se pegue en ellos pero por intentar que no quede. 

Damos por finalizado un día en el que no tenemos ningún colchón más, en el que tenemos dos globos amarillos del Jumbo decorando nuestro salón, en el que seguimos con un ratón curioseando por nuestra cocina y en el que una empleada del super ha entendido que queremos veneno para nuestras gargantas. 



La lluvia se acercaba con disimulo. El pequeño animal seguía olfateando todos los rincones de la casa, hasta que se topó con una puerta que consiguió superar. Tras ella encontró otra sala en la que parecía que sí había comida, pues los olores eran diferentes a los del resto de la casa. Por allí tendría que haber comida. El pequeño comenzó a investigar todos los rincones de la habitación, saboreando cada cosa que se encontraba en el suelo. Y cubierto por una fina capa de plástico descubrió aquel exquisito manjar que tanto tiempo hacía que no degustaba. Varias rebanadas de pan se acurrucaban en el interior de una bolsa, una bolsa que comenzaría a mordisquear hasta conseguir llegar a su ansiada comida. El pequeño roedor comenzó con su trabajo. Fue sencillo llegar hasta el pan. Y mientras el silencio se apoderaba de la casa, el ratón comenzó a disfrutar de la maravillosa textura que se fundía en su diminuta boca. Comía con disimulo, pues cualquier ruido del que se percatara se convertía en una amenaza. Mordisqueaba rápidamente y de detenía a escuchar, con las orejas bien abiertas. Y así hasta que escuchó cómo la puerta de una de las habitaciones se abrió con un escandaloso juego de llaves. El pequeño roedor abandonó el preciado majar u huyó en busca de un nuevo escondite. Mientras tanto, la lluvia se acercaba con disimulo. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

domingo, 4 de noviembre de 2012

"Dutch Design Party"

26 de Octubre de 2012.

A las ocho de la tarde la ciudad ya estaba arropada por el manto de la noche. A esa misma hora el frío invadía las calles, obligando a los vecinos a mantenerse acurrucados en el interior de sus casas. Eran las ocho y el sonido del timbre de una bicicleta anunciaba a una joven que su chico la esperaba en la puerta de la casa, emocionados por celebrar su cuarta o quinta cita. En ese mismo instante una hoja seca se desprendía de una rama de un árbol y chocaba contra la húmeda acera por la que paseaba un hombre con su pequeño perro, que olfateaba todas las esquinas por las que se cruzaba en el camino. La belleza que desprendían las flores de un cuidado jardín quedaba a la vista a través de un gran ventanal, que se iluminaba con la tenue luz que se desprendía gracias a las delicadas llamas que devoraban sutilmente la leña arrojada a la estufa. A esa misma hora el viento silbaba una preciosa melodía que podía escucharse en todos los rincones de la ciudad, fusionado con el vaivén de las ramas de los árboles, el maullar de los gatos que recorrían los tejados y el murmullo de alguna que otra pareja que charlaban agarrados de la mano. Eran las ocho de la tarde y la ciudad ya estaba arropada por el frío manto de la noche. 



Con motivo de que anoche Mary estuvo hasta tarde en la casa que han terminado de diseñar Marleen le ha dicho que hoy se tome el día libre, pero que a las ocho hay una fiesta de inauguración en la casa a la que estamos todos invitados. ¡Qué emoción! Nuestra primera fiesta en Eindhoven, al menos sí para Mary y para mí. Nos despertamos con la fiesta en mente, aunque antes de las ocho de la tarde hay que hacer más de una cosa. 

Nos vestimos y nos ponemos en marcha. Gracias a los compañeros del trabajo de Ana conocemos otra tienda de segunda mano que no habíamos descubierto, así que gracias a ellos y a las indicaciones que Ana nos envía a través de un mensaje de texto podemos dirigirnos a la tienda en la bici de Marleen. Supuestamente la tienda es mejor que la que ya conocemos, aunque está un poco más lejos. Para no despistarnos y que el viaje sea más amenos pasamos la ruta completa a un trozo de papel, ya que leerla de un mensaje en el móvil y montado en bici va a ser un poco complicado. Esperamos llegar con éxito porque las indicaciones de “derecha, luego izquierda, a la siguiente derecha, y después izquierda otra vez” son un poco caóticas. Toca rezar al Dios de Holanda para que lleguemos sanos y salvos a la nueva tienda de segunda mano. 

Antes de ponernos en marcha tocamos el timbre de la casa de nuestros vecinos, ya que la mujer de ayer nos dijo que nos acercáramos hoy para hablar del internet con su amigo. Nos abre la puerta el hombre, nos explica que hay USB´s muy económicos en las tiendas y que podemos comprarlo allí. ¡Muy bien! Venimos a decirte que nos des tu contraseña y te pagamos y nos mandas a comprárnoslo en una tienda. Además a Mary se le ocurre pedirle prestada la plancha de la ropa, ya que la pequeña que me traje de España parece que olía un poco a quemado cuando la probamos y hoy necesitamos una para planchar nuestra ropa de la fiesta, y nos dice que en el Blokker (una tienda de por aquí cerca) las hay por quince euros. ¡Qué simpático! Pues nada, nos ha mandado a comprarnos las cosas, con una sonrisa siempre en la cara pero no nos ha servido de nada. ¡Gracias! Qué vecino. Y nuestro vecino invisible que vive bajo nuestra sigue sin dar señales de vida, aunque las cartas siguen viajando del suelo al montón de la repisa de la ventana. 

Después de nuestra amena charla con el vecino que nos manda de paseo comienzan, un día más, las pedaladas que nos llevarán hasta nuestro nuevo destino. Seguimos las indicaciones de Ana pero son un poco bastante complicadas. Giramos a la derecha y no es por esa derecha, cruzamos el canal por un puente donde parece que hay una pareja pescando, atravesamos un parque donde quedan todas las hojas secas formando un manto otoñal, pasamos por un puente que atraviesa un canal más grande que el anterior y donde vemos barcos en forma de casa flotantes en el agua y llegamos a otra de las vías más transitadas de la ciudad. Nos topamos con un almacén enorme en el que hay varios dinosaurios, casi a tamaño real, gobernando la puerta de la tienda. Me fascinan y me quedo boquiabierto. Mary ya ha estado en esta tienda con Marleen y dijo que me iba a encantar. ¡Parece que estamos en Jurassic Park! Quiero entrar en la tienda porque Mary dice que dentro de ella hay un montón de personajes a tamaño real de todas las películas que te puedas imaginar, pero la tienda está cerrada. Hay que ir otro día. Después de enamorarme de todos aquellos animales que impactaban en la fachada de la tienda continuamos con nuestra ruta hacia la tienda de segunda mano. ¡Oh, oh! Nos metemos por accidente en una vía que parece que es una especie de autovía en la que solamente circulan coches y camiones. ¡No nos damos cuenta de que también hay carriles bicis! Pero ahora ya no nos podemos meter en él, así que tenemos que continuar por el carril por donde vamos. Los coches circulan esquivándonos y Mary va un poco acojonada en el porta-paquetes. ¡No queremos morir tan jóvenes! Y llega el momento de un semáforo en rojo. Los coches se van parando poco a poco, llegamos nosotros con nuestra bici y nos detenemos detrás de uno de los coches, un camión viene tras nuestra y se detiene manteniendo las distancias, por lo menos a cinco metros de nosotros. ¡Qué vergüenza! Somos la única bicicleta que va circulando por aquí. Gracias al Dios de Holanda después del semáforo nos topamos con una desviación que nos lleva hasta un carril bici, alejado del peligro y agresividad que suponía el circular con una bicicleta por la autovía. 

Llegamos a la moderna tienda de segunda mano, aparcamos nuestra bici en la puerta y nos adentramos en búsqueda de un tercer colchón que podamos transportar hasta casa. Nos gusta mucho la distribución y la limpieza, todo el suelo es moqueta y las estanterías donde se exhiben las cosas que se venden quedan puestas sobre repisas de madera. La tienda es chula. It is nice! Como se dice en inglés. Ropa de segunda mano, utensilios de cocina, bicicletas sin ruedas, cintas de casete, cintas de vídeo, vinilos, muebles de todo tipo, herramientas, camas, sillas, mesas y colchones, pocos, pero colchones. Nos perdemos investigando entre todas las cosas que encontramos, nos enamoramos de algunas y maldecimos a nuestro escaso bolsillo por no permitirnos comprar algunas cosas más. Dejamos los caprichos aparcados en los estantes donde los encontramos y nos ponemos manos a la obra con los colchones. Preguntamos precios. Algunos no pueden comprarse individualmente, si no que hay que llevárselos con la cama. Así que encontramos uno que vale unos diez euros, se puede llevar fácilmente en la bici y no nos obligan a llevarnos la cama. ¡Nos lo quedamos! Nos tomamos un café que nos cuesta veinte céntimos en una máquina expendedora que hay en la tienda y disfrutamos de un delicioso pastelito cubierto por una capa rosa que sabe mejor que huele. ¡Y mejor no puede oler! Con el colchón entre los brazos nos ponemos a la cola para pagar. Después de soltar los diez euros encontramos una sección donde podemos envolver nuestra compra, usar cuerdas para el transporte y bolsas de diferentes tamaños. ¡No queremos papel de regalo para nuestro colchón pero sí que queremos cuerdas para atarlo! El dependiente nos mira al enrollar nuestra compra y atarla con cuerdas y nos pregunta que si tenemos un burro en la puerta. ¡Chiquillo! No tenemos un burro pero nuestra bici funciona mejor que uno de esos. 

Me adueño del manillar de la bici (el volante de la bici para otros), Mary se sienta en el porta-paquetes, se abraza al colchón que ahora parece un rollito de primavera y comienzo a pedalear. Rezo para que nadie nos atropelle, para que nuestra carga no se caiga, para que Mary no se estampe contra el suelo y para que lleguemos a casa tal y como hemos salido de la tienda. ¡Mi cabeza no da a bastos para rezar! Mary se tranquiliza porque dice que, al menos, si se cae puede amortiguar en el colchón. ¡Buen airbag! Y con nuestra mula de carga y una caminata por delante regresamos a casa. 

¡Qué ganas de que lleguen las ocho de la tarde para irnos a la fiesta! Cuando va llegando la hora nos duchamos, nos ponemos delante de nuestros montones de ropa, llenamos el suelo de la habitación vacía con nuestros diferentes modelitos y nos detenemos a contemplar qué podemos ponernos. En este momento es cuando nos percatamos de la poca ropa con la que hemos venido. ¡Qué cortos se hacen los veinte kilos de la maleta! Una vez con las prendas elegidas nos vestimos, peinamos y nos miramos ante el generoso espejo del cuarto de baño. Decimos adiós a nuestra casa y ponemos los pies en la calle. 

Marleen nos recibe en la puerta de la casa, nos pregunta por Ana y le decimos que está en el restaurante, pero que no se preocupe por ella porque después saldrá de fiesta con sus compañeros. Nos adentramos en la casa que Mary ha ayudado a decorar y descubro cada habitación, investigando cada cosas de diseño que hay en ella y preguntando a Mary por todo lo que compone la casa convertida en oficinas de diseño holandés. 

En la fiesta hay cervezas, cosa que bebo porque no hay otra cosa de bebida más asequible y cosa que bebo a pesar de que no me guste su sabor, hay aperitivos, chupa-chups de la marca Chupa-Chups, chorizo, queso, aceitunas que saben raro, gente diseñadora, gente que no es diseñadora y gente que son empleados de las oficinas en las que trabajarán tras la inauguración. También hay un dj no muy joven; nos encontramos con Jolanda, la chica que diseñó y más tarde partió en dos su propia estantería; hablamos con Derek, el novio de Marleen; saludamos a Mark, un socio de Marleen con el que Mary también ha trabajado; y a un montón de gente más con la que tenemos que comunicarnos en nuestro idioma inglés-indio. 

Un chico se sube a un taburete y da una charla en holandés, de la que, obviamente, Mary y yo no nos enteramos ni papa. Así que decidimos poner caras de “me estoy enterando de todo con pelos y señales”, nos reímos cuando los demás se ríen y aplaudimos cuando los demás aplauden. ¡Más borregos que nunca! A Marleen y a Mark le otorgan un cuadro con una especie de diploma en su interior por haber sido los encargados de restaurar la casa y después Marleen da un discurso en el que nombra a Mary, suponemos que agradeciendo su trabajo. 

Derek me dice que le envíe un correo para decirle las horas que estuve trabajando con él, me da una tarjeta con su dirección e-mail y le digo que para cualquier trabajo que necesite que me llame sin ninguna duda. Bromeamos con Marleen y Derek en el patio de la casa, junto a una lumbre encendida en un instrumento de hierro y de diseño. Nos pregunta que si cuando traslade la tienda a Ámsterdam que si yo también me voy a ir con ellos y le digo que sí, por supuesto que sí. Nos reímos todos y bromeamos. ¿Y Ana? Ana también se viene a Ámsterdam. ¡Todo el mundo a Ámsterdam! 

Hablamos con Mark, el otro diseñador que ha restaurado la casa, y conocemos a su novia, que nos pregunta de dónde venimos, dónde vivimos y qué hemos venido a hacer aquí. Es una muchacha muy simpática. Mary y yo miramos cómo se queman los listones de madera en el fuego, ponemos cara de preocupación al verlos desperdiciarse de esa manera. Nos preguntan que qué nos pasa con las maderas y les decimos que nos vendrían muy bien para fabricar muebles para nuestra humilde y vacía casa. Mark le dice a Mary que mañana podemos venir a por unas maderas que han sobrado. ¡Qué bien! Pues ala. Mañana ya tenemos otro viaje planeado y, como no podía ser de otra manera, con carga incluida. 

Mary dice que “su culo está frío” y se lo calienta en la lumbre. Preguntamos a Derek que cómo se dice esto, mientras ambos señalamos el culo de Mary, y nos dice que es “bottom”. “My bottom is cold” dice Marleen imitando a Mary. Después le enseñamos la frase en español y lo dicen en modo indio: “Mi culo es frío” y no para de repetirlo. 

Y como buenos amantes de las fiestas nos quedamos alrededor de la lumbre con Marleen, Derek y alguna que otra pareja más, hasta que decidimos despedirnos, coger varios chupa-chups para llevarlos a casa, despedirnos de Jolanda, que se ha pasado toda la noche hablando con un tipo, descolgamos nuestros abrigos del perchero de diseño que está en la entrada de diseño y nos vamos, andando y congelándonos poco a poco, a nuestra casa vacía. Vacía pero llena de cartones, palletes de madera y lámparas de diseño. 

Llegamos a nuestro salón, donde descansan nuestras camas plegables, y Ana aún sigue trabajando o ya ha salido y está de fiesta. Cuando llega estamos medio dormidos y parece que viene con buenas noticias. Me dice que ha conocido a una chica española que puede que en el restaurante donde ella trabaja necesiten a alguien, en principio sería para los martes y miércoles. ¡Qué bien! Ojalá nos llamen. Hablamos un poco antes de dormir. Ana ya puede dormir en un colchón en condiciones, gracias a nuestro viaje a la tienda de segunda mano, y nosotros seguimos en el de cuadros escoceses y en la funda gorda de hamaca. ¡Buenas noches! 



A las ocho de la tarde la ciudad ya estaba arropada por el manto de la noche. A esa misma hora los participantes de una fiesta colgaban sus abrigos en los percheros que daban la bienvenida en la entrada de la casa, las calles se vaciaban de gente y las nubes oscurecían aún más el azulado cielo, impidiendo disfrutar de la elegancia de las diminutas estrellas. Eran las ocho de la tarde y el frío congelaba los cristales de los ventanales sin persianas, a la vez las estufas los empañaban desde el interior de los hogares. A esa misma hora el color de las farolas recorría con disimulo los adoquines de las aceras, el susurro de los pájaros que se acurrucaban en sus nidos acompañaban el dormir de las flores de los jardines y las pisadas que anunciaban un nuevo amanecer avanzaban desde lo lejos hasta que volvieran a rozar la perfecta línea del horizonte. A esa misma hora la pareja de amigos caminaban hasta la fiesta a la que habían sido invitados, contemplando el despertar de los sueños que se cruzaban en su camino e imaginando aquellos viajes que aún les quedaban por hacer. Eran las ocho de la tarde y la ciudad ya estaba arropada por el frío manto de la noche. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

sábado, 3 de noviembre de 2012

"La ciudad del cartón, la madera y la luz"

25 de Octubre de 2012.

“Las mejores cosas siempre suceden cuando menos te lo esperas” se decía a sí mismo cada vez que alguno de sus planes se truncaba por el camino. El pequeño, que siempre había tenido un cuerpo demasiado delicado, jamás había conseguido atravesar las fronteras del bosque, pues el fino material del que estaban construidas todas sus articulaciones le obligaba a tener que resguardarse bajo el frío de la lluvia, a evitar cualquier material del que pudiera nacer cualquier llamarada que le prendiera las extremidades e incluso evitaba toparse con los animales que pudieran convertirse en una amenaza para él. Su cuerpo, formado por diferentes materiales de cartón, le limitaba a la hora de hacer diferentes actividades que nunca había podido hacer. 

Los árboles fueron testigos de su nacimiento. Una pequeña rama brotó con más fuerza que nunca de uno de los árboles más hermosos de los alrededores, creció más rápido que el resto de ellas y, a la vez que crecía, varias ramificaciones nacían de ella, formando, como si de una composición perfectamente detallada se tratase, una cómoda cuna que serviría de nido para la nueva criatura que nacería de entre los propios enredos de ella. Y varios días después, en la perfecta cuna, brotó un delicado trozo blanco de papel, tan blanco como el cielo que gobernaba sobre la frondosidad del bosque. El pequeño papel fue creciendo a medida que pasaban los días, formando la silueta de un blanco niño, y a ese trozo se añadían, poco a poco, más y más pedazos, que conseguían un cuerpo más estable y sólido para el pequeño que se formaba en el interior de la cuna de ramas de madera. Días más tarde el papel había pasado a convertirse en cartón y al pequeño se le diferenciaban todas las partes de su delicado cuerpo. Sus manos de cartón, sus pequeños ojos de papel, la textura de su piel, las piernas, la boca y hasta el mínimo detalle de su cuerpo se había formado perfectamente de aquel material, nacido de las ramas de los árboles. 

“Las mejores cosas siempre suceden cuando menos te lo esperas” recordó el pequeño, sin perder la esperanza de que algún día pudiera conocer un mundo diferente al que había conocido hasta el momento. Las ansias de volar lejos eran más fuertes que nunca y las ganas de atravesar fronteras crecían a cada paso que daba. El pequeño conocía todos los rincones del bosque, todos los árboles, los setos, ríos y arroyos. Se movía rápidamente entre los atajos que conocía, con su cuerpo de cartón y de papel. Siempre había intentado conocer nuevos territorios y cuando el momento parecía acercarse, cuando estaba en los alrededores del bosque, la lluvia aparecía y le amenazaba desde el cielo con estropear la textura de su cuerpo o el viento avanzaba con fuerza y le empujaba, de nuevo, hasta el interior del bosque. 

Lo que desconocía el pequeño de cartón era que en un lugar, no muy lejos de allí, un niño, cuyo cuerpo se formaba por trozos de fina madera, se acercaba lentamente hasta las fronteras del bosque. Y en otro lugar, no muy lejos de allí también, un pequeño niño formado por la fuerza y la intensidad que desprende la luz caminaba en busca de nuevos horizontes. 

El camino les uniría muy pronto, el destino les haría vivir una historia sorprendente y sus vidas cambiarían por completo cuando se toparan los unos con los otros. El pequeño de cartón continuó intentando abandonar las profundidades donde había nacido, el pequeño de madera se adentró en el mismo bosque y el pequeño de luz invadió el cielo que gobernaba sobre los árboles donde los tres se encontrarían. El destino los puso a todos en el mismo camino, muy pronto los tres formarían el mismo camino. 



Esta mañana, después de los misteriosos hallazgos que hicimos anoche, nos despertamos en jueves y eso solamente quiere decir una cosa. ¡Sí, hay mercadillo en el pueblo! Pero no, no es esa cosa a la que me refiero. Es jueves y aquí se convierte en el día del cartón. Las calles se llenan de cajas de cartón y de otras cosas del mismo material. Cosas que la gente deshecha pero que nosotros utilizamos como muebles de nuestra casa desamueblada. Así que nos ponemos en pie, desayunamos, nos duchamos y nos vestimos. Mary y yo cogemos la bici, Ana se queda en casa, y nos vamos al centro de la ciudad. En cinco minutos en bici estamos en él y el primer montón de cartones que vemos es al primer montón al que nos dirigimos. ¡Y qué suerte la nuestra! Los cartones pertenecen a una tienda de ropa, comenzamos a coger los mejores trozos y las cajas más estables cuando aparece uno de los empleados, suponemos, de la tienda. Nos pregunta si necesitamos cartones, le decimos que sí y nos invita a pasar a un patio que hay tras la tienda. Hay muchas cajas de cartón y dos o tres pallets de madera. Mary y yo nos miramos en modo cómplice. ¡Esos pallets nos vendrían muy bien para nuestro nuevo hogar! Así que le pregunto que si podemos llevárnoslos y nos dice que sí. Perfecto. Colocamos una caja de cartón con miles de trozos de cartón en su interior, le decimos al chico que después vendremos a por ella y que ahora nos llevaremos los pallets. Y dicho y hecho. 

Nuestra bici se convierte en una mula de carga por unos momentos y nos ayuda a transportar los trozos de madera. Ponemos dos de los tres pallets sobre la bicicleta y el otro lo llevamos en brazos. Como es normal todo el mundo nos mira, pero nosotros ya estamos muy acostumbrados a recoger cosas y a transportarlas hasta casa. Y acostumbrados a que la gente nos mire. Lo dicho. Que parece ser que Lolita tenía razón con eso de que “los gitanos y los payos en gracia se dan la mano”. Gracias Lolita, tú y tu “sarandonga” también nos acompañáis en este viaje. 

Al llegar al piso dejamos todos los palletes en el salón y llevo a Mary en la bici hasta la tienda de Marleen. Ahora tengo que ir a la inmobiliaria a pagarle el resto del dinero que le debemos y a que me devuelvan mi pasaporte, ya que se lo quedaron como si de una fianza se tratase. Caminando, caminando llego hasta la agencia. Saludo al chico que escribió en un papel los desperfectos que tenía la casa al entregárnosla unas tardes atrás y le digo que vengo a pagarle el resto del dinero. Y allí, en medio del despecha, sentado sobre una cómoda silla, meto las manos en mi bandolera y saco el fajo de billetes que casi me provocan unas lagrimitas al despedirme de ellos. En ese momento maldigo los depósitos y maldigo a las agencias inmobiliarias. Y después de quedarme con la bandolera más vacía que cuando la compré en el Carrefour me despido de él y ahora tengo que dirigirme hasta la tienda donde hemos estado esta mañana, pues he quedado una caja de cartón llena de cartones que tengo que llevarme a casa. ¡Ups! Se me olvidaba y se me olvidó el pasaporte en la agencia, así que cuando ya llevaba unos pasos avanzados tuve que volver a decirle que me lo devolviera. Cogió unas llaves y abrió el cajón donde lo había guardado el día que nos entregó la casa. ¡Mi pasaporte! Te echaba de menos. Con mi pasaporte en mano vuelvo, ahora sí, a la tienda a por mi caja de cartones. Después vuelvo a casa, con pasaporte y con caja. 

Ana se despierta y, frotándose los ojos, dice que de dónde hemos sacado todos esos palletes y cartones. Se lo explico todo mientras se viste y a continuación nos vamos hasta la tienda de segunda mano donde compramos nuestras camas plegables con ruedas. Evitamos la plaza llena de chicas de compañía y entramos en la tienda en busca de algún que otro colchón que se adapte a nuestro bolsillo, pero por desgracia no hay ninguno más. Como era de esperar no nos vamos con las manos vacías, pues Ana se compra una camiseta de dos euros para el trabajo, compramos un puzle de mil piezas que nos encontramos por menos de un euro y nos traemos una figura de Timón y Pumba gratis para decorar nuestro salón. 

Después de nuestra nueva búsqueda por la conocida tienda de segunda mano nos vamos hasta el barrio donde ahora vivimos y nos dirigimos a la zona donde se encuentran agrupados la mayoría de comercios y supermercados más cercanos a nuestra casa. Ana y yo nos topamos con una tienda que parece ser que es económica, es de alimentos y todos la conocen como “El Turco”, así que entramos y comprobamos que hay gran variedad de alimentos y que los precios son baratos. ¡Qué alegría encontrar uno de estos al lado de casa! Hay muchas tiendas por aquí cerca, de todo tipo, de todas clases y de diferentes tamaños. Ya inspeccionaremos la zona más detenidamente. 

Antes de llegar a casa, y como necesitamos urgentemente internet y seguimos sin noticias de nuestro vecino invisible, nos dirigimos a una de las casas que tenemos al lado. En la ventana tienen pegadas unas letras de color rosa palo donde puede leerse el nombre de “Vera”, suponemos que es el bebé que llora y que a veces escuchamos desde casa. Menos mal que ya sabemos de dónde vienen los llantos del bebé. Yo ya creía que, además del vecino invisible, también teníamos a Nicole deambulando por la casa con un candelabro y un niño en brazos. Con respecto a lo de las letras en la ventana de color rosa palo: ¿Qué necesidad tiene la gente de expresarle al mundo cuál es el nombre y el sexo de su bebé? ¿En serio creen que no queda cutre? Ana y yo miramos una vez más el ventanal donde puede leerse “Vera” en letras mayúsculas y tocamos el timbre de la casa. Nos recibe una mujer de unos cuarenta años, suponemos que es la madre del bebé, nos presentamos, le decimos que somos nuevos en el barrio y que necesitamos internet. Le proponemos que nos diga el nombre de su red, que nos proporcione su contraseña de acceso y que nosotros le pagamos al mes la cantidad de dinero que nos pida. Nos dice que ella no entiende de nada de eso y que si es posible regresemos mañana para poder hablar con su amigo, ya que en esos momentos está trabajando y no está en casa para atendernos. Le decimos que no hay ningún problema y que volveremos mañana. Hasta mañana. Y duerme pronto a la niña que no queremos ambientar nuestra casa con llantos inesperados y terroríficos de bebé hambriento. 

Y con los palletes en el salón y las cajas de cartón por el suelo comenzamos nuestra tarde hogareña. Ana comienza a limpiar el servicio porque dice que está muy sucio. Yo hago una estantería utilizando uno de los palletes de madera y trozos de cartón que me sirvan como repisas y cajones. Mientras pego y recorto cartones para nuestra estantería ecológica Ana se pelea con una araña que sale de la ventana del servicio. La escucho gritar subida en una de las paredes de la bañera y la veo intentando acabar con la vida del insecto con una bayeta en la mano. La pobre. Parece una loca que le grita a la nada y agita un trapo sucio contra el viento. Creo que las arañas no volverán nunca más por nuestro vate. 

Después de su combate, en el que solamente faltaba el ring de boxeo, Ana se va al restaurante para hacer una jornada más. El resto de la tarde es para mí, para mí, para mis pensamientos entre las paredes de la nueva casa, para los ruidos raros que salen de la nada y para el misterio que nos rodea en forma de vecino invisible. Aprovecho para terminar la estantería ecológica de madera y cartón y espero a que Mary llegue de la casa en la que están diseñando. Llega tarde porque dice que la casa, en la que han hecho varias oficinas, han tenido que terminarla esta noche porque mañana se inaugura y llega con buenas noticias. Dice que mañana estamos invitados a la fiesta de inauguración de la casa y que va a estar repleta de gente importante, de los empleados de las oficinas, de amigos de Marleen y de diseñadores varios. ¡Madre mía! Vamos a ir a una fiesta llena de diseñadores. Comenzamos en seguida a pensar en la ropa que nos vamos a poner. Tenemos que dar buena imagen. Aunque pa qué nos vamos a engañar: no nos hace falta mucho para eso. ¿Verdad? 

En el salón se respira un ambiente de misterio, suponemos que el hecho de que esté vacío y que nuestro vecino no dé señales de vida incrementan bastante la situación de película de miedo. Pero el miedo se nos pasa cuando pensamos en la fiesta de mañana. ¡Nos podremos hacer pasar por diseñadores super importantes! Qué elegancia. Esperemos que el sueño nos invada y durmamos plácidamente toda la noche; que Ana no nos despierte al llegar del restaurante; que Nicole no se choque con ninguna de las vacías paredes del piso; que Vera no llore desconsolada a las tantas de la madrugada; que la paloma moribunda no haga ruidos molestos desde el tejado; que nuestro vecino invisible siga siendo invisible, al menos en la noche; y que el montón de esqueletos del hueco de la escalera no aumente su tamaño añadiendo alguna pieza más a su escalofriante colección huesuda. 



El pequeño de cartón escondió su delicado cuerpo tras un seto verde que había entre varios árboles junto al río. El muchacho observó entre las ramas que le protegían a otro niño que parecía ser nuevo en el lugar, pues su rostro expresaba admiración y sorpresa a casa paso que avanzaba. El muchacho nuevo parecía estar formado por la misma madera de la que se componían los árboles del bosque, con tonos que bailaban acompañados siempre por el marrón, y su piel parecía tener la misma textura que tienen las ramas secas del bosque. El chico de cartón decidió salir de su escondite, pues sentía demasiada curiosidad por aquel personaje que tanto se asemejaba a él y que jamás había observado en ningún lugar. El chico de madera dio un brinco, asustado, cuando descubrió que su compañero aparecía de entre las ramas de un seto. Ambos quedaron impresionados al contemplarse, pues jamás se habían topado con alguien de sus mismas semejanzas. Los dos se estudiaron con detalle: dos brazos y dos piernas, ojos, nariz y boca, manos, pies, un pequeño cuerpo formado exactamente de la misma manera. La única diferencia era el material del que estaban compuestos. Y en medio de aquel bosque, mientras ambos se miraban presos de la admiración, ocurrió lo que el destino quiso que ocurriera. 

Una diminuta luz cayó del cielo, de entre las ramas de los árboles, y aterrizó suavemente ante los dos pequeños que dejaron de analizarse por un momento para dirigir sus miradas hacia la luz. Un tercer niño brillaba ante ellos, con las mismas características pero con material diferente, y les observaba sorprendido por el maravilloso descubrimiento. Los tres pequeños formaron un triángulo perfecto, cartón, madera y luz se conocieron en las profundidades de aquel frondoso bosque. 

Los tres niños quisieron saber los unos de los otros, las historias de cada uno, hablaron y pasearon por el bosque, contando hazañas e imaginando sueños que pronto se harían realidad. 

En medio de los árboles, que susurraban emocionados al verlos caminar, quedaron los tres pequeños que, desconociendo el maravilloso camino que les esperaba, lograrían formar una enigmática comunidad en la que todo estaría compuesto por los materiales de los que ellos estaban formados. El cartón, la madera y la luz. Crearían para siempre la ciudad en la que todos los sueños quedarían escritos en el delicado cartón, haciéndose más tarde realidad y perdurando en el tiempo como lo hace la belleza de la madera, y, finalmente, serían iluminados por la intensidad de la más blanca de las luces, convirtiéndolos por y para siempre en sueños fabricados con cartón, madera y luz. 

“Las mejores cosas siempre suceden cuando menos te lo esperas” se repitió el pequeño de cartón, mientras continuaba paseando por el bosque junto al chico de madera y al chico de luz. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.