Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

viernes, 2 de noviembre de 2012

"Carta Resumen: ¿Cómo estamos ahora?"

02 de Noviembre de 2012.

Hoy es el segundo día de Noviembre y parece que ya estamos definitivamente instalados en nuestra humilde morada. La bicicleta de Marleen descansa en las escaleras, ya limpias de pelos de perro, y dormimos sobre colchones cómodos y no sobre suelo incómodo. 

Las cosas han cambiado desde la última vez que nos carteamos: Ana sigue trabajando en la Señora Rosa; cada vez conocemos a más gente que nos ayuda y se vuelca con nosotros, españoles de los que poco a poco nos hacemos amigos; Mary está muy contenta con el trabajo, sigue diseñando y haciendo cosas interesantes, incluso Marleen nos ha pedido que cuidemos a su perro labrador Sim durante un par de días; tenemos una bici, que estaba abandonada en la calle, con la rueda trasera desinflada aparcada en la terraza; todo nuestro piso está amueblado; hemos ido a una fiesta llena de diseñadores y a otra llena de cervezas; nos hemos topado con unos escaparates abarrotados de chicas de compañía; he tenido una cita con una jefa de un restaurante holandés y ayer tuve mi primer día de prueba, limpié platos y cubiertos como lo hace Ana y después salimos a tomar algo con nuestra medio pandilla española; tenemos internet cedido por un vecino que habla un poco español y saca de paseo a sus dos galgos; podemos cocinar; podemos sentarnos en el sofá, en las sillas, comemos sobre mesa y hemos abandonado la moqueta. 

Somos la propia evolución: comenzamos en el suelo, comíamos sobre suelo, dormíamos sobre suelo y, poco a poco, nos levantamos hasta alcanzar el filo de las mesas, el respaldo de las sillas y la textura de los colchones. Parece que las cosas van bien. ¿Cómo hemos conseguido todo esto? Poco a poco y con paciencia. Y, poco a poco y con paciencia, también llegarán las cartas que, por motivos del destino, han quedado atrasadas y aún siguen deseosas por ser leídas. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

martes, 30 de octubre de 2012

"Start again"

22 de Octubre de 2012.

Es bonito descubrir cómo unas personas terminan su vida en un lugar alejado del mundo y otras llegan a ese lugar, intentando comenzar sus nuevas vidas, perdidos e ilusionados por la nueva aventura. Es bonito ver cómo los que se van ayudan a los que vienen y cómo los que vienen son bien recibidos por los que se van. El comienzo, el nuevo amanecer, un nuevo despertar… es todo lo que nos depara a partir de ahora, un nuevo comienzo, simplemente. Cajas vacías y cajas repletas de cosas, paredes que se entristecen por ser desalojadas y paredes que suplican volver a estar habitadas. 

Es todo lo que nos depara el destino: ver los desenlaces que se topan en tu camino y vivir los comienzos, hasta que llegue el momento en el que el destino te regale un desenlace. Un desenlace acompañado, como siempre, por un nuevo comienzo, que te empuja, una vez más, a volver a empezar. 



La mañana ha sido ajetreada, tan ajetreada como puede ser la mañana más ajetreada que pueda existir. Al despertar y vestirnos nos dirigimos a la cocina y disfrutamos de nuestro último desayuno en la pensión. ¡Hay que aprovechar hasta el último momento! Pensamos en Fátima y en despedirnos de ella pero seguro que ya se ha marchado a la universidad así que escribimos una nota en la que dejamos nuestro número de teléfono y nuestros nombres para que nos busque en el Facebook. ¡Queremos seguir en contacto! Lanzamos la nota al interior de su habitación gracias a una ventana que ha quedado abierta y quedamos el papel en manos del curioso destino. 

La habitación está recogida, todas las maletas cerradas y todo ordenado. La hora de salida es a las once de la mañana y, a esa misma hora, Mary tiene que estar en la tienda. A las diez y media se va con la bici hasta sus prácticas diarias y Ana y yo necesitamos ayuda para transportar las maletas a casa del compañero de trabajo de Ana, un cocinero vasco que es muy simpático y se ve buena gente. Su casa está cerca de la pensión y nos ha ofrecido quedar las maletas allí hasta que vayamos a la agencia y arreglemos todos los papeleos. Además, a este chico, Aser, es al que Josh, el marido de Señora Rosa, le va a dejar la furgoneta hoy para que vayamos a la tienda de muebles y, además, nos ha dicho que una amiga que vive en Eindhoven se va a Inglaterra la semana que viene y está vendiendo a precios muy económicos todo lo que tiene en el piso. ¡Perfecto! Una mudanza que ayudará a otra mudanza. Pedimos ayuda a Aser y aparece en la pensión sin ningún problema. Cogemos las tres maletas de veinte kilos, las tres maletas de diez kilos, la maleta vintage que nos regaló Marleen para nuestra futura casa y la botella de vino destaponada, a medio beber e imposible de cerrar. ¡Qué pintas tenía cargado con la maleta vintage, llena de toallas mojadas, ropa usada y folletos que hemos recogido para decorar nuestro salón, y con una botella de vino abierta en la mano! ¡Parezco un vagabundo, con clase, pero vagabundo! 

Gracias a Aser nuestras maletas están a salvo, nos invita a un café y nos despedimos, dándole las gracias, de él hasta que lo veamos más tarde. Ana y yo, un poco pasada la una de la tarde, nos vamos a la agencia inmobiliaria con la que tenemos una cita (appointment en inglés) a las dos de la tarde. ¡Y vaya cita! 

Le decimos al de la agencia, como siempre, que hablamos poco inglés pero parece que no lo entiende porque habla a toda velocidad. ¡Qué barbaridad! Antes de comenzar con los papeleos nos vamos a ver el piso por segunda vez. ¡El piso donde estaba el perro agresivo en la terraza, el piso que nos enseñó el chico cuya mujer tenía una prima que vivía en Tenerife, el piso que tiene un baño con bañera y ducha! Ese es el piso que hemos visto y que estamos a punto de alquilar. Supuestamente es por un mínimo de seis meses de alquiler pero el chico que nos lo enseñó por primera vez nos dijo que se podía negociar la posibilidad de cuatro meses. ¡El piso está perfecto! Vacío y perfecto, y el suelo lleno de pelos del perro agresivo. 

El de la agencia nos lleva en coche al piso. ¡Es la primera vez que Ana y yo montamos en coche desde que estamos en Eindhoven! ¡Y en el mismo coche que tiene Ana en el pueblo! ¡Vamos a nuestro piso en un Opel Corsa! Y disfrutamos sobre las cuatro ruedas, aunque por esta ciudad preferimos ir andando o en bici. Además los conductores de Eindhoven son un poco temerarios y no saben aparcar. ¡Lo que les cuesta aparcar bien un coche! Tanta bici, tanta bici pero a la hora de coger un volante no tenemos ni idea. El piso está igual que lo dejamos la otra vez, aunque sin perro. 

De nuevo en la agencia comenzamos a tramitar todo lo necesario para que nos entreguen las llaves del piso hoy mismo, hemos abandonado la pensión y no tenemos sitio donde pasar esta fría noche. Le entregamos nuestros pasaportes, rellena nuestros datos y nos da el contrato para leerlo. La mayoría de los papeles están en holandés, pero el de la agencia lo va leyendo en inglés. Can you repeat, please? 

Ahora, después de releer nuestras condiciones y todos los apartados donde vemos cantidades de dinero impresas, es el momento de pagar. Tenemos dos tarjetas, las cuales las hicimos en España y nuestras madres van haciendo traspasos de dinero, y necesitamos sacar el dinero en efectivo para pagar al de la agencia. ¡Su lector de tarjetas no reconoce las de nuestro banco! Así que Ana y yo nos vamos de la agencia, les decimos que en unos minutos estamos de vuelta con todo el dinero y llegamos al primer cajero que encontramos. Nos acercamos a la tienda de Marleen para ver si encontramos a Mary y así poder enseñarle el contrato, pero no está, se lo enseñamos a Marleen y se alegra mucho por nosotros. “Congratulations!” nos dicen Marleen y Jolanda, su amiga diseñadora que se cargó la estantería, con cara de felicidad, con una sonrisa de oreja a oreja y casi aplaudiendo de la emoción. Marleen nos dice que Mary ha ido a por unos folletos y que cuando regrese le dirá que nos busque para que celebre con nosotros que tenemos pisos. 

Ana y yo estamos en el cajero y nuestro teléfono común comienza a sonar. ¡Es Mary! Lo cogemos, le decimos que venga al cajero y que creemos que esta noche podremos dormir en nuestro nuevo hogar. Nuestros pensamientos también están pendientes de la furgoneta que le han dejado a los compañeros de Ana, pero seguro que terminamos muy tarde con la agencia y ya no podemos utilizarla. Mary llega y continuamos sacando dinero y… ¡Problema! No podemos tener todo el dinero en efectivo porque en España pusimos un límite de dinero que poder extraer al día y el lector de tarjetas de la agencia no nos sirve. ¿Qué hacemos ahora? No podemos quedarnos sin un piso más. 

Ana y yo llegamos a la agencia, Mary se queda esperando en la calle porque supuestamente solo vamos a alquilar el piso dos personas, ya que en ese piso no podemos vivir tres. Aunque es grande y cabemos perfectamente todos. Llegamos con todo el dinero que hemos podido conseguir, y le decimos que tenemos un problema con nuestro dinero, que no podemos pagarle todo lo que nos piden porque no podemos extraer más dinero en un mismo día, que es de un banco de España, le hablamos de la posibilidad de una transferencia pero nos dicen que para que nos den las llaves el dinero tiene que ser hoy… Un sinfín de cosas que nos hacían creer que nos quedábamos una vez más sin piso. Hasta que, el agente de la inmobiliaria, comenzó a hablar con uno de los que parecían sus superiores. Comprenden nuestra situación, nuestras caras de desesperación y dicen que nos darán las llaves hoy si quedamos uno de nuestros pasaportes en la agencia, en forma de fianza. Cuando le entreguemos el resto del dinero me devolverán mi pasaporte. ¡Y mi pasaporte se queda encerrado en uno de los cajones de la inmobiliaria! ¡Y las llaves de nuestro piso están en nuestras manos! 

Ana y yo llegamos a nuestra linda morada, abrimos por primera vez nuestra puerta, subimos las escaleras y llegamos a nuestra casa. Viviremos en un primero y en un segundo, con una terraza amplia y un vecino que vive en la planta baja, aunque aún nadie lo ha visto. El hombre de la agencia llega a nuestra casa, hacemos revisión de desperfectos para que después no nos atribuyan a nosotros daños que no hemos realizado y nos da la enhorabuena por el piso. También nos dice que la calefacción se regula desde el piso de abajo, que tenemos que decírselo al vecino, y el internet que lo hablemos con el vecino también, para pagarlo a medias. Ahora solamente queda amueblar el piso y encontrar al vecino de abajo para que nos proporcione la contraseña de internet y regule las calderas de la calefacción. 

Una vez que el agente se va y nos quedamos solos, Mary llega. Todos investigamos el piso, nos gusta y estamos contentos. Es tarde y la oportunidad de la furgoneta la hemos perdido. Además nuestras maletas siguen en casa de Aser, el compañero de Señora Rosa, en la otra punta de la ciudad. 

Nos ponemos en contacto con Aser y nos dice que vayamos a la casa donde vive la amiga que está vendiendo sus muebles a precios muy económicos. Además la casa está a la vuelta de la esquina de la nuestra y allí que nos plantamos. ¡Madre mía! Si esto parece un mercadillo. El piso está lleno de cosas descolocadas, de gente que se va y viene, de artículos que se los quitan de las manos y de muebles que nos gustan para nuestra casa. Nos presentamos a todos los que allí están, incluidas dos chicas del trabajo de Ana, y comenzamos a investigar todo lo que venden, que es todo. ¡Una mesa y cuatro sillas por quince euros! Nos la quedamos. ¡Una lavadora y un tenderete por sesenta! Nos lo quedamos. ¡Platos a euros, vasos tirados de precios, cojines, mesas pequeñas! Todo, todo lo queremos. Un montón de artículos de cocina que nos vienen super bien. ¡El microondas por cinco euros! Nos lo quedamos con los ojos cerrados. ¡El pack cinco estrellas: aspiradora, bolsas de aspiradora, fregona, cubo de fregona, cepillo y recogedor! ¡Todo por ocho euros! Sí, sí, vuélvelo a leer. Y esta noche necesitamos, ante todo, unos colchones donde poder dormir. Y los problemas llegan con la cuestión de los colchones, pues los padres de una de las inquilinas del piso llegan de visita mañana y no tienen donde dormir. Nos dicen que hasta la semana que viene no nos podemos llevar la mayoría de las cosas ni los colchones. Lo único que podemos llevarnos es una lámpara que nos vende por un euro. ¡Toma el euro que nos la llevamos! ¡Joder! Seguimos sin tener sitio donde dormir. El suelo pasa de nuevo a la primera opción de la lista. 

Volvemos a nuestro querido y vacío piso, Aser y otra compañera de trabajo de Ana nos traen las maletas en coche. ¡Muchas gracias! Menos mal que no nos ha tocado de nuevo una caminata de maletas… Y ya estamos instalados. La terraza vacía, la cocina vacía, el servicio vacío, el salón lleno de maletas y la habitación vacía. ¿Qué más se puede pedir? 

Y aquí estamos los tres, sentados en el suelo de nuestra casa, con la mayoría de la ropa casi sacada de las bolsas de plástico en las que llegaron envasadas al vacío, escuchando un poco de música porque no tenemos internet y preparando nuestras camas para la noche. Como el suelo está lleno de pelos, del antiguo perro que protegía la casa, los barremos un poco con la mano y ponemos nuestros chubasqueros en forma de primera capa para nuestra cama. Algunos abrigos harán la función de almohada y algunos jerséis intentarán ser colchones, alguna que otra chaqueta nos abrigará y, esperemos que, el Dios de Holanda se apiade de nosotros esta noche tan larga. Por cierto: creemos que Nicole Kidman también ha abandonado la pensión y se ha mudado con nosotros. 

Y llega la noche, la larga noche, sobre el suelo y acurrucados como vagabundos en un banco nos encontramos. Dice Mary que parecemos verdaderos okupas. ¡Hemos encontrado un piso vacío y allí que nos hemos metido! Es la sensación que damos. 

Y entre las cuatro paredes vacías, a la luz de la lámpara de un euro, el suelo lleno de maletas y lo más cómodo que se puede estar sobre el suelo, intentaremos pasar, de la mejor y más rápida manera posible, la noche tan larga que se presenta ante nuestros cansados ojos. ¡Buenas noches, si son posibles! 



Es bonito ver cómo te dan la mano, cómo nos enseñan el camino, abriéndonos los ojos y regalándonos la mejor de las veredas. Es bonito que te dejen sitio, que te hagan un hueco y que te inviten a tomar asiento. Y las cajas que estaban vacías se van llenando poco a poco y las que estaban repletas de cosas empiezan a verse desalojadas. Las paredes tristes comienzan a ser felices, pues los nuevos ocupas invaden su interior. Las paredes que, después de mucho tiempo, vuelven a estar desiertas esperan ansiosas la llegada de nuevos habitantes, nuevas cajas y nuevas ayudas entre veteranos y recién llegados. Son nuevos despertares y nuevos amaneceres. 

Es todo lo que nos depara el destino: ver los desenlaces que se topan en tu camino y vivir los comienzos, hasta que llegue el momento en el que el destino te regale un desenlace. Un desenlace acompañado, como siempre, por un nuevo comienzo, que te empuja, una vez más, a volver a empezar. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

domingo, 21 de octubre de 2012

"Con muchas ganas de verte"

21 de Octubre de 2012.

La chica agarró con fuerza el manillar de la bicicleta, se sentó en el sillín y comenzó a pedalear lo más rápido que pudo. “Acaba de llegar a la ciudad” pensó mientras continuaba pedaleando. “Tengo que verlo lo antes posible” se decía a sí misma emocionada y con ganas de abrazarlo. Hacía tanto tiempo que no se veían que no podrían llegar a tener más ganas de estar juntos. 

El frío azotaba su rostro, pero no le importaba. En esos momentos solamente importaba el seguir pedaleando, el cruzar esa esquina y el verlo de nuevo. Su rostro invadió su mente. “Seguirá tan guapo como siempre” pensó y, a la vez, se sonrojó, aunque nadie lo percataría porque el frío ya había conseguido enrojecerle el rostro. 

Su corazón latía con más fuerza que nunca, a cada acera que cruzaba, a cada pedalada que daba, a cada semáforo en rojo que esperaba. Nunca antes la ciudad le había parecido tan inmensa y, nunca antes, el tiempo se había detenido durante tanto tiempo. “La última calle” sonrió emocionada e intentó acelerar el paso. “Tras esa esquina estará su coche, la puerta de su casa, su rostro y su mirada” sus pensamientos circulaban a la velocidad de la luz. “Tengo tantas ganas de verte”. Y atravesó la última calle y giró en la última esquina. 

Y allí estaba él, su coche, la puerta de su casa, su rostro, su bello rostro y su mirada. Esa mirada que le decía al oído “Tengo tantas ganas de verte”. 



Es la una de la madrugada y empiezo a escribir la carta. Mary está sentada en la cama frente al portátil y yo estoy en la mía, frente a mi portátil también. Ana, como ya sabéis, está en el restaurante. Supuestamente antes iba a ir los martes, miércoles y jueves pero ahora no sabemos ni qué días va ni cómo va. Mañana a las once de la mañana tenemos que abandonar la pensión, cargados de maletas y esperando poder comenzar a vivir en un apartamento. Las ganas de vivir en nuestra propia casa aumentan con el paso de los días. ¡Queremos que llegue ya ese día! ¡Día llega mañana! 

Esta mañana nos hemos permitido levantarnos de la cama un poco más tarde de lo normal, nos hemos despertado y nos hemos dirigido a la cocina para comer algo. ¡Hemos comprado una sopa de sobre! Qué rica estaba y cuánto tiempo hacía que no comíamos sopa… La hemos acompañado con unos sándwiches, para no perder la costumbre, y a nosotros nos ha acompañado nuestra madrileña Fátima. Hemos hablado durante la comida de todo un poco y le hemos dicho que esta noche sería nuestra última noche en la pensión. ¡Esperamos verla mañana para despedirnos! 

A las cinco y media, como cada día en el que Ana trabaja, tengo que llevarla en la bicicleta para que no tenga que ir andando. Me despido de ella y le deseo que le vaya bien. ¡Pobre Ana! Entre lo que hemos dormido esta mañana y las horas a las que entra en el restaurante no pasamos nada de tiempo todos juntos. Nos queda el consuelo de pensar que ya llegarán días mejores. 

Mañana nos espera otra mudanza. Es pensarlo y el cielo se viene abajo. ¿Otra vez coger estas maletas pesadas y pasearlas por media ciudad? ¿Otra vez coger la bici de Marleen que tantas alegrías nos da? ¿Y otra vez añadir cosas nuevas a la mudanza porque parece que con el paso de los días el cúmulo de equipaje es mayor? Pues sí, a la mudanza de mañana tenemos que añadirle la maleta antigua que Marleen nos ha regalado. ¡Nuestras ganas de mudanza aumentan en tres, dos, uno…! 

Después de llevar a Ana llego a la pensión y Mary tiene cara de enfado. ¡Ha ido a pagarle al chico de la pensión la noche de hoy, ya que solamente pagamos una semana hasta ayer, y dice que las noches individuales son más caras! ¡Ya te digo! Mi madre dice que podríamos haber alquilado hasta que las noches nos salieran gratis. Y por si fuera poco hemos quedado la vajilla que hemos utilizado en la comida en el fregadero, sin fregar y dejándola ahí para lavarla luego, porque había demasiada gente en la cocina y no se cabía. Siempre hemos fregado nuestros cubiertos, no como otros, y le han dicho a Mary que tiene que limpiarla. ¿Perdona? La gente nos habrá visto y habrán pensado mal de los españoles, aún sabiendo que somos de los pocos que lavamos todos los días. ¡Qué lástima nos han dado! Fátima y Nicole Kidman: seréis a las únicas personas que echaremos de menos cuando no estemos en esta pensión de… mala muerte. 

Mary y yo nos hemos montado en la bicicleta, a Mary le ha dado el aire y parece que se ha calmado un poco, y nos hemos ido a Capital D, el edificio de diseño lleno de diseñadores y de diseños, donde recogeremos todos los días los folletos que Marleen necesita para la tienda para La Semana del Diseño. ¡Madre mía! Cuánto diseño. Nos hemos paseado por el edificio haciéndonos pasar por diseñadores de alto standing, nos hemos codeado con vitrinas llenas de diseños y nos han gustado algunas, y hemos criticado varias. A veces el diseño es así de raro e inexplicable. 

Hemos recogido los folletos y nos hemos dirigido a la tienda de Marleen. Nos hemos acordado de su amiga Jolanda y de su estantería dividida en dos. ¿La habrán arreglado ya? Pues sí, llegamos a la tienda y para el consuelo de todos, la estantería está bien. Jolanda y Marleen nos reciben, nos dan las gracias por los folletos y dicen que mañana esperan a Mary a las once de la mañana. 

Parece que lo tenemos todo preparado para mañana. ¡Y parece que podemos contar con la ayuda de un nuevo transporte! ¡Y no es otra bici, si no la furgoneta de Josh, el marido de la Señora Rosa! Pues resulta que Josh tiene una furgoneta y se la ha dejado a un compañero de trabajo de Ana, el cual mañana nos va a ayudar a transportar todo esto que invade la habitación. ¡Menos mal! No sé si puedo soportar seguir cargando con todo esto durante más tiempo. 

Después de nuestra visita a la tienda de diseño nos vamos a dar una vuelta por la ciudad, para que mis piernas se sigan poniendo duras gracias al peso que llevo todos los días. Ayer Mary intentó llevarme de porta-paquetes pero, como siempre estoy acostumbrado a que me lleven, no podía parar de moverme en la parte trasera de la bici. Mi inseguridad y mis dudas acerca de si Mary podría o no conmigo consiguieron que la bici se encarrilara en una grieta en el asfalto que impedía que saliéramos de ella. ¡Las ruedas de la bici no abandonaban el carril! Parecíamos un tren descarrilado, nunca mejor dicho. Entonces me bajé, en menos de un minuto, ocupé mi asiento de siempre y Mary se montó de porta-paquetes, como siempre. 

Nos hemos permitido un lujo: un bizcocho de cuarenta céntimos. ¡Está rico, rico! Como bien diría Arguiñano. Por cierto ¿sigue cocinando, no? Y sus chistes… ¿siguen siendo igual de malos o ha conseguido sacar alguna carcajada? Lo hemos comprado en el Albert Heijn, el bizcocho no a Arguiñano, y también hemos disfrutado de un batido de chocolate de un euro que hemos sacado de una máquina expendedora. Lo hemos tomado, compartiéndolo como buenos hermanos, sentados en un banco dentro del supermercado, frente a las cajas y a las cajeras, observando a todos los holandeses que estaban haciendo su compra. ¡El batido también estaba rico, rico! 

Al llegar a la pensión ha comenzado el momento de las cuentas y de los números. El precio mensual del piso, el depósito a pagar, el dinero que se lleva la agencia, los escasos muebles que tenemos que comprar en una tienda de segunda mano o en el Ikea, la lavadora, la maldita y necesaria lavadora. Se lo informamos todo a nuestras madres y bueno sabíamos que al principio se iría mucho dinero pero esperamos y tenemos que recuperarlo. Ya nos hemos planteado la posibilidad de irnos a Ámsterdam y alquilar algunos escaparates para exhibirnos en el Barrio Rojo. Todo aquel que desconozca ese lugar y esos escaparates, por favor, que NO se informe al respecto, gracias. 

Y la noche cae, y llegan las dos de la mañana. Mary reposa la cena mientras parece que ve otro capítulo más de la serie que sigue, un poco resfriada y con ganas de un piso. Y yo reposo la cena mientras continúo con la carta, de momento sin estornudos, aunque no escribiré muy alto, y también con ganas de piso. ¿Tendremos mañana piso, tendremos mañana internet en el piso? Si no tenemos internet y no subo la carta no os asustéis, no nos habrá pasado nada malo. Ana ya ha terminado de trabajar, está cenando y seguro que se beberá alguna cerveza con sus compañeros. ¡Buenas noches! 



Aceleró el paso, sus pedaladas cada vez eran más fuertes, el viento azotaba más fuerte en su cara, el viento bailaba descontrolado con su melena suelta, su sonrisa más amplia que nunca y sus ganas de abrazarlo eran inmensas. La distancia entre ellos disminuía, aunque la acera parecía alargarse cada vez más y más. Él parecía distraído, sacando maletas de su coche y depositándolas en el suelo, junto a la puerta de la casa. Y escuchó el sonido de un timbre, el timbre de la bicicleta que avanzaba deprisa hacia donde él estaba. “Es ella” pensó al verla con los pelos al viento. Y ella no pudo soportarlo más. Abandonó la bicicleta, lanzándose de ella, y abandonándola a su suerte contra el suelo de la calle. Ella comenzó a correr, sin importarle nada ni nadie. Él la observó desde la distancia. “Sigue estando igual de loca que siempre” pensó al verla lanzarse de la bici. Él quedó petrificado, pues la emoción y las ganas de tenerla entre sus brazos eran tan fuertes que consiguieron bloquear todos sus sentidos. 

Ella continuó hasta llegar a él. Y se lanzó a sus brazos, estrellando su pecho contra el suyo, abandonando el suelo y quedando completamente pendiente de él. Sus respiraciones eran fuertes. Y allí, en aquel instante, sin importar el frío de la mañana, ni la bicicleta que había sido abandonada, ni los besos que aún estarían por llegar, ella, aún amarrada a él, acercó sus labios a su cuello y susurró, con un mínimo hilo de voz. 

-¿Cómo estás?.-y ambos cerraron los ojos, escuchando la respiración de cada uno, sintiendo sus pechos y el frío en la cara. Él supo la respuesta al instante, esperó unos segundos y, agarrando su bello cuerpo más fuerte que nunca, contestó en un susurro, con un mínimo hilo de voz. 

-Con muchas ganas de verte. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.