Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

sábado, 20 de octubre de 2012

"The things that are broken"

20 de Octubre de 2012.

Nuestras cosas, esas cosas que se rompen. Que se rompen porque no están a vuestro lado, respirando confusas y nerviosas, y desconociendo que siempre hay tiempo para reparar lo que parece haberse estropeado. Nuestras cosas, convirtiéndose en las cosas que se rompen.



Las cosas, a las siete y media de la mañana, se ven peor que nunca: tienes sueño, quieres seguir durmiendo, no quieres abandonar tus calentitas sábanas y no tienes ganas de lavarte la cara. Eso es lo que nos pasa al despertar, pero un largo día nos espera y no hay tiempo suficiente como para pasarlo tumbado en la cama. ¡Buenos días! 

Mary y yo invadimos la bicicleta, dejamos a Ana durmiendo, y nos vamos a la tienda de Marleen. Ella le ha dicho a Mary que si yo puedo ir a ayudarlas y yo claro que voy. Pasamos por el centro con la bici, ahora con más cuidado que nunca porque no se puede montar en bicicleta por las zonas peatonales. ¡Es cierto! Preguntadle a Mary, que ayer iba ella tan feliz con su bici mirando escaparates y cuando dirigió la vista al frente una mano de policía ordenando “Stop” se encontraba a unos centímetros de ella. “Ops, I am sorry” dice Mary haciéndoles creer a la policía que no sabía que no se puede pedalear por esas calles. “Pues ya lo sabes, maja” pero en holandés o en inglés. 

Llegamos a la tienda de Marleen, “Dutch Desing Year” (Año del diseño holandés), y allí está la diseñadora que se pone muy feliz al vernos. Nos saluda con tres besos a cada uno, nos ofrece café, me pregunta que qué tal ayer con el trabajo de Derek y nos ponemos manos a la obra con lo que tenemos que colocar. ¡La mañana se pasa volando en la tienda! Y se nota que ha empezado La Semana del Diseño Holandés porque hay mucho ajetreo de diseñadores y curiosos que se quedan fascinados con los diseños que se venden en el local. 

Mary y yo hemos comenzado a intentar desembalar una estantería de madera que pesa un montón y que está protegida con piezas enormes de madera. Nos dice Marleen que es mejor esperar a que llegue una amiga suya para que pueda ayudarnos, así que aparcamos el trabajo de la estantería y continuamos con otro. Y comenzamos a colgar del techo unas lámparas de madera con la ayuda de unas puntas, un poco de hilo grueso, una escalera de madera que pesa un montón y una taladradora cuya marca es “Makita”. “¿Dónde está la Makita?” se oye casi todo el día en la tienda. Colgamos las lámparas con un estilo personal y de diseño y Marleen nos dice que “tenemos estilo de tienda”. Oh, gracias. 

Y llegan las once y llega la amiga de Marleen. Nos ponemos manos a la obra con la pesada estantería, cogemos la Makita y continuamos desatornillando las maderas que nos impiden sacar la estantería de su cobijo. Marleen y su amiga son las típicas chicas que visten con tacones, super conjuntadas y con mucho estilo y complementos. Pero también son las primeras que cogen una taladradora o un martillo para aporrear lo que haga falta. Es divertido ver a Marleen, tan guapa y con taconazos, con una taladradora en la mano. ¡Mujeres al poder! Hay un problema: hay tres tornillos a cada lado de la estantería, dos maderas enormes que están sujetas gracias a esos tornillos y hay un tornillo a cada lado que es imposible de quitar con la taladradora. ¡Qué desesperación! Cogemos un martillo para intentar extraer uno de los tornillos que se nos resisten, no sale y cogemos otro martillo más grande. Jolanda, que es la amiga de Marleen y que se pronuncia como Yolanda en español, se ríe al ver nuestras técnicas para extraer la estantería. Después de un fracaso más con el martillo Mary va a por un serrucho para cortar la madera que rodea al tornillo. ¡Es imposible! Mary comienza a serrar como una loca, yo continúo a martillazos contra el tornillo enemigo y Jolanda no puede parar de reír. Y, después de varios golpes más, conseguimos separar las maderas y quedar la estantería libre. Sobre un pallet de madera, pero libre. Ahora ha llegado el momento de levantarla del pallet y quedarla en el suelo. Con la ayuda de, ahora sí, Marleen la cogemos entre los cuatro y la dejamos en el suelo. ¡Es preciosa la estantería! Tiene un montón de baldas de madera y gracias a unos cortes en los estantes, creando una profundidad en las maderas, se forma la silueta de una lámpara que ocupa toda la altura de la estantería. Y pulsas un interruptor, que queda oculto bajo la estantería contra el suelo, y la lámpara ficticia se ilumina, iluminado de este modo todo el mueble. ¡Precioso! 

Y llega el momento que desencadenaría lo peor que podría pasarle a la estantería. Sí, la luz de la lámpara se apaga y Jolanda intenta arreglarlo. Me pide ayuda para que levante un poco la estantería para que ella pueda conseguir que el circuito haga contacto bajo el mueble. La luz vuelve a encenderse, pero con las mismas se apaga. Y así varias veces. Jolanda dice que, como el circuito se encuentra bajo la estantería, hay que tumbar el mueble entero en el suelo y así poder arreglar el problema de la luz. “¡No es una buena idea!” dice Mary a Marleen y Jolanda, pero la chica insiste en que es la única manera de arreglarlo. ¡Muy bien! Jolanda y yo nos agarramos fuerte a las baldas más cercanas al suelo para levantarla y después tumbarla. Marleen y Mary se agarran a las más superiores para sujetarla cuando vaya tumbándose poco a poco. La estantería está en el aire, casi tumbada pero aún en el aire. Nuestras gotas de sudor comienzan a asomar la cabeza cuando ¡ocurre, desgraciadamente ocurre de verdad! 

Al igual que el Mar Rojo se separó en dos ante las plegarias de Moisés, al igual que el Titanic se separó en dos para descansar sobre las frías profundidades del Atlántico y al igual que el Lazarillo se separó de su querido maestro el de Tormes la estantería se ha separado en dos para alegrarnos la ajetreada mañana. ¡Oh, Dios de Holanda mío! ¿Qué ha pasado, cómos se ha despegado, por qué a nosotros, cuánto dinero hemos desperdiciado, que pensará el diseñador de la estantería de todo esto, cómo vamos a arreglarla? Panic attack! 

Mary se cabrea, había advertido que no era una buena idea. Marleen pone cara de preocupación, la misma que puso cuando escuchó por primera vez a Mary hablar en inglés. Jolanda parece no inmutarse, no se sentirá orgullosa de su idea de tumbar la estantería. Y yo me quedo con cara de “espero no tener que aportar dinero para cubrir los gastos de esta estantería de diseño”. 

Intentamos arreglarla pero es imposible, pues los cables que conectan el circuito de la balda más inferior con los leds que iluminan la lámpara ficticia se han salido de las maderas que atraviesan verticalmente la estantería. ¡Qué horror! Ponemos la parte superior encima de la inferior, disimulando un poco que están divorciadas y Marleen cubre los cables poniendo una silla delante de la estantería. ¡Más tarde intentarán arreglarla! 

Es entonces cuando descubro, en las maderas donde venía embalada la estantería, que hay un papel donde puede leerse el destinatario y el remitente del mueble. Obviamente el destino es la tienda de Marleen y ¡espera un momento! El remitente es el estudio de una tal “Jolanda Van Deer No se qué”. ¿Jolanda? ¿De qué me suena ese nombre? Oh. ¿En serio? ¿La diseñadora de la estantería es la misma Jolanda que acaba de separar en dos la misma estantería? ¡Está loca! Si se supone que la has diseñado conoces los materiales y la fragilidad que tiene tu producto. ¡Y se te ocurre la genial idea de tumbarla! Enhorabuena Jolanda. 

Llegan las dos de la tarde y Mary y yo volvemos a la pensión para comer con Ana. Al llegar llevo a Ana en la bici al Albert Heijn para que compre un bote de espuma del pelo y Mary se queda cocinando. ¡Nos hace una tortilla de patatas que está buenísima! Tortilla de patatas en Eindhoven, ya era hora. ¡Que echo mucho de menos las de mi madre! Hemos disfrutado mucho con nuestro manjar de hoy. Descansar de tanto sándwich nunca viene mal y descansar con algo como una tortilla es mucho mejor. 

Después de nuestra exquisita comida nos vamos a la habitación, Ana roba el ambientador que hay en el servicio común de la pensión y lo trae a nuestra habitación porque esto no hay quien lo ventile. Estoy deseando fregar los platos para, después, echarme en las manos un poco de crema hidratante que hay en la cocina con olor a coco. Deducimos que somos los únicos que nos hidratamos de la pensión y decidimos traer también a la crema a la habitación. ¡Qué bien huele! Y nadie la usa, solo nosotros. Llegamos a la habitación y Mary comienza a hablar con María por internet, después ponemos la web cam y los primeros segundos ninguno somos capaces de hablar. Qué emoción, en esos momentos nos hemos dado cuenta de lo que la echamos de menos. Nos hemos reído los cuatro juntos, diciendo tonterías, diciendo cosas serias, hemos hablado de nuestras cosas y podemos afirmar que nada cambiará con la distancia. ¡María vente ya! ¿A qué estás esperando? Hago un llamamiento desde aquí para decir que todo aquel que vea a María por la calle le obligue a venir. ¡Te echamos mucho de menos! 

Y llegan las cinco y media y llevo a Ana al restaurante en bicicleta. Y después de ese momento no me bajo de la bici hasta dos o tres horas después, pues Mary dice que tenemos que ir a por unos folletos y unos carteles de La Semana del Diseño, y vamos, y se los llevamos a Marleen, y nos da las gracias una vez más. Después seguimos en bicicleta hasta que llegamos al Jumbo. ¡Te echábamos de menos Jumbo! Nos bebemos unos cafés gratis y compramos algo para la cena, además de una botella de vino y una de fanta de limón. ¡A mí no me gusta y Mary se la está bebiendo sola! No sé cómo acabará la diseñadora… 

En la puerta de la pensión nos topamos de nuevo con Fátima, la chica española de Madrid que también duerme en la pensión, nos dice que va a salir de fiesta, que si nosotros no salimos, que le gusta la ciudad aunque a veces la ve fea, que las habitaciones huelen raro y nosotros le decimos que hemos robado un ambientador, que qué tal nos van las cosas y todas esas cosas que se dicen en una conversación a las puertas de una pensión que, incluso ella, califica de mala muerte. ¡Aunque a nosotros nos gusta! 

El momento de la cena ha sido muy íntimo y romántico, aunque nosotros no tengamos ninguna de esas dos cosas. Mary y yo nos hemos ido a la cocina, hemos empezado a cocer patatas, a hacer una salsa barata que hemos encontrado en el supermercado y a catar unas rebanadas con nuestra querida nocilla. Mientras yo intento abrir la botella del vino, pues el tapón está presionado en ella y no tenemos saca-corchos. Cinco minutos más tarde… ¡¡¡Ploooooopppphhhh!!! Mary me ha mirado y me ha descubierto con la cara llena de vino, mis gafas pidiendo a gritos un limpia parabrisas, mi sudadera de Los+Ka llena de pintitas del rojizo líquido, un cuchillo introducido en la botella de vino y una expresión de “¡Qué asco!”. El tapón se ha colado en el interior de la botella con fuerza y ha conseguido montar esa obra de arte. Corriendo me he quitado la sudadera, la hemos metido en el fregadero y la hemos bañado en Fairy. ¡Espero que se quiten las manchas! Parece que tenemos un mal de ojo echado a nuestras sudaderas: primero fue la de Ana, pues alguien de su familia o incluso ella misma, la destiñó en la lavadora y se le quedó un color raro. La segunda fue la de Mary, que se manchó de tinta de bolígrafos al estar estudiando inglés para impresionar a Marleen. Y la tercera la mía, que un chorro de vino me ha bañado sin piedad. 

¿La cena? Exquisita. Mañana todos los detalles. Y ya sabéis el resto: nos vamos a duchar, a poner el pijama o lo que pillemos por ahí, esperaremos a Ana despiertos o dormidos, llegará a las tantas de la madrugada, tocará el cristal de la ventana y Mary abrirá la puerta con cara de zombie, Ana vendrá cargada de energía y de cerveza y no nos dejará dormir. A ver si hoy trae alguna buena noticia. Esperemos que mañana el despertador no suene a las siete y media… 



Nuestros corazones se dividen, haciéndose más fuertes por separado, ilusos de ellos, o más débiles al no estar a vuestro lado. Las lágrimas resbalan por sus vértices, queriendo correr hasta alcanzar el lugar del que han salido. Nuestros corazones se dividen, dejando una parte con vosotros y otra viajando al fin del mundo, sin consuelo ni reparo. Esos corazones que nunca tuvieron dueño y que, a la vez, todos están amarrados a él. Nuestros corazones, ilusiones, metas y sueños se enmudecen, quedando cabizbajos y sintiendo que, a veces, no sienten nada. Nuestra felicidad y nuestras sonrisas siempre necesitarán la parte que allí hemos dejado, la parte que nos falta para completar este puzle inacabado. Un puzle que añora a sus piezas más importantes, preguntándose cuándo volverán y dónde han ido a parar. Nuestras cosas, siempre cosas, quedarán rotas hasta que podamos volver a respirar juntos y abrazados, agarrados de la mano. 

Nuestras cosas, esas cosas que se rompen. Que se rompen porque no están a vuestro lado, respirando confusas y nerviosas, y desconociendo que siempre hay tiempo para reparar lo que parece haberse estropeado. Nuestras cosas, convirtiéndose en las cosas que se rompen.



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

viernes, 19 de octubre de 2012

"Los cielos de Eindhoven"

19 de Octubre de 2012.

La señora miró las estrellas, desde el lugar donde se encontraba, y quedó hipnotizada, como cada noche, por la belleza de la que sus ojos eran testigos. Su mirada transmitía paz, tanta paz que hasta las mismas luces en el cielo podrían sentirse intimidadas. Era afortunada por poder ver todo lo que veía, no solo a las estrellas desde tan cerca, si no todo lo que desde las alturas podía contemplar. 

El señor, desde otra parte del lugar, se dirigió hacia donde se encontraba ella, la saludó y le dijo que el día estaba llegando. Los dos se sentaron sobre aquello que imitaba a la perfección la comodidad del algodón y dirigieron sus ojos hasta que hallaron lo que estaban deseosos por ver. 

El Sol comenzó a invadir la perfecta línea del horizonte, las estrellas se iban apagando lentamente, a medida que la fuerza de la inmensa luz las iba ocultando, y los tejados rojizos y las calles empapadas por la humedad de la noche comenzaban a descubrirse bajo sus pies. La visión desde las alturas era perfecta, maravillosa y tan emocionante que, ambos, cada día, regalaban varias lágrimas al paisaje que podía contemplarse desde allí. 



¡Buenos días! Son las siete y media de la mañana y Mary y yo nos ponemos en pie. Ana se queda en la cama mientras que nosotros nos duchamos y nos vestimos, desayunamos en la cocina de la pensión, acompañados por una española que también duerme en la pensión y que nos ha regalado mandarinas, y ambos nos montamos en la bici. La española llegó hace unos días, se llama Fátima, estudia aquí y es de Madrid. Mary tiene que estar en la tienda a las once y media y yo tengo que ir al museo con Derek, el novio de Marleen, a las nueve. Mary quiere acompañarme y por eso viene conmigo, después ella se volverá a la pensión hasta que se vaya a la tienda. 

Cruzamos las frías calles de Eindhoven, atrochamos por el centro y cruzamos en canal por donde se llega al museo. Vamos bien con el tiempo, vamos en bici y Mary va con el pijama bajo la ropa. Dice que después se cambia. El museo tiene miles de puertas. ¿En cuál me estará esperando Derek con sus dos estudiantes en prácticas? Vamos puerta por puerta y cansados de esperar decido entrar en la que parece que hay una recepción. Y entro y Mary se despide de mí. Un guarda de seguridad me recibe tras una cristalera, me pregunta mi nombre y el nombre de la persona a la que espero. Dice que Derek aún no ha llegado, así que salgo de nuevo a la calle y en ese mismo momento veo como deduzco, gracias a las explicaciones de Mary, que uno de los chicos de prácticas está llegando al museo. ¡Lo reconozco porque Mary me dijo que tenía unas grandes dilataciones en las orejas! Y sí ¡hay están esas dilataciones! Y tras él aparece una furgoneta de la que Derek se baja con dos sillas entre los brazos. 

Me saluda, me presento y me presento al chico de las dilataciones en las orejas. Entramos en la recepción, el de seguridad de antes me sonríe al verme de nuevo allí y nos entrega unos carnets que nos acreditan que podemos estar en el museo. Cuando nos despedimos de él y sabe que soy español intenta explicarme qué tengo que hacer con ese carnet cuando termine. “¡Tú aquí, esto aquí y pá casa!” me dice, de lo que deduzco lo siguiente: “Tú trae el carnet aquí y después te vas a casa”. Todos nos reímos al verle hablar de aquella manera. 

Cruzamos por el museo, es precioso, y llegamos a una sala donde Derek está montando su exposición para la semana del diseño. Allí está el otro chico de prácticas, se llama Dave. Y también está con él mi trabajo: tengo que montar lámparas que están formadas por muchas piezas en forma de triangulo de un material parecido al papel, pero un poco más grueso. Tengo que coger los triángulos, unirlos por unas solapas que tienen en los bordes y engancharlos entre ellos con una especie de pinza aplastada de metal. ¡Es muy entretenido! Son lámparas diseñadas por Derek y que se van a exponer la semana que viene en esa sala del museo. Voy completando las lámparas con las formas y el tamaño que yo les quiera dar, mientras que ellos tres mueven y planean dónde van a colocar el resto de cosas. Una vez las lámparas terminadas las cuelgan, introduciendo una bombilla en su interior, y de esta manera decoran e iluminan todos los diseños que se van a exponer. ¡Me ha encantado poder hacer cosas de estas! 

Cuando termino y puedo volver a casa paso por la tienda de Marleen, le doy las gracias por el trabajo que me ha dado hoy con su novio y saludo a Mary. La tienda está patas arriba de cosas nuevas y de gente trayendo más cosas aún. ¡Cómo se nota que la semana que viene ya es La Semana del Diseño! Han modificado de nuevo la tienda y la han ampliado, limpiando y usando un trozo que tenían desocupado. Mary ha ordenado de nuevo el almacén y ha conseguido que puedan utilizar el frigorífico que antes estaba enterrado de cajas y objetos de la tienda. ¡En el interior de la nevera hay yogures caducados y un zumo desde junio, entre otras cosas! Mary dice que me lleve la maleta que Marleen nos ha regalado, que ocupa espacio en la tienda y que ya no la quiere allí. Así que cojo la maleta, me despido de Marleen y me voy a la pensión. ¡Todo el centro lleno de gente y yo paseando con una maleta enorme del año la pera en la mano! 

Una vez en la pensión toco a la ventana de la habitación para que Ana me abra la puerta y me dice que teníamos una cita con un piso a la una, pero son las dos, que la ha cancelado y que le ha dicho que no nos preocupemos, que vayamos el lunes y que ese piso no lo van a alquilar a nadie que no sea a nosotros. ¡Nos gusta ese piso y es barato, de lo más barato que hay! 

Ana y yo nos vamos a comer y, para variar, comemos sándwiches de chóped y queso. ¡Pobre cuerpo nuestro lo que tiene que aguantar! ¡Pero tranquilo que pronto estaremos en un piso! Aunque sé que voy a echar de menos los sándwiches mañaneros, y los del mediodía, y los de la noche también. 

Ana se mete en la ducha, lava ropa en el lavabo, la tiende, se viste para irse al restaurante y me quita las gafas de la cara porque me estaba quedando dormido en la cama. ¡Qué sueño! Hoy es el día que más temprano nos hemos levantado desde que estamos aquí. Las siete y media, me gusta esa hora. 

Ana dice que espera que hoy el marido de Señora Rosa le diga algo acerca de la tienda donde pueden comprarse muebles y lavadoras baratas. Además dice que pueda tener una casa que nos la alquilen por seiscientos euros al mes. ¡Pues a ver si es verdad y viene con nosotros a verla! Ayer le dijo a Ana que tiene una furgoneta donde nos puede ayudar a transportar nuestra compra para el nuevo hogar. Dice Ana que es un hombre encantador. 

A las cinco y media Ana se va al restaurante y yo me quedo en la pensión. Aprovecho para ir a comprar al Albert Heijn, que lo tenemos a unos minutos de la pensión, porque Mary me ha encargado unos tampones. ¿Sabéis qué? Aquí no existen los tampones como en España. Dice Mary que os diga que hay muy poca variedad, que se llevan más las compresas, que solamente existe la marca O.B. (dice que las chicas lo entenderéis), que no tienen aplicador, que son muy chicos y que la cuerda es un simple hilo. Pues imaginadme comprando de eso. Yo he cogido los más baratos y Mary que se apañe como pueda. Si se le cuela un poco más para adentro tendremos que ir al hospital para que se lo saquen. ¡Y encima nos tocará pagar la broma! Pero por suerte creemos que se lo ha puesto bien. 

Cuando Mary ha llegado de la tienda y ha visto lo de los tampones se ha acojonado un poco por como son, pero es lo que hay. Además he comprado un bote de suavizante para lavar la ropa y un bote de champú que valía cuarenta céntimos. ¡Estas oportunidades no pueden dejarse escapar! He hecho un descubrimiento: el osito de Mimosín aquí se llama Robijn! ¡Es que no suena igual! Osito de Mimosín, osito de Robijn. ¡Ahí! Con jotas hasta en lo que es tierno… 

Mary me ha dicho que mañana tengo que ir con ella a primera hora a la tienda, pues Marleen le ha pedido que me diga que necesitan mi ayuda para mover y ordenar unas cosas nuevas que han llegado hoy. ¡Me encanta la idea! Estoy deseando de ir. Marleen mola. 

Después hemos ido a darnos un paseo en bici, para despejar un poco la mente. Viene bien pasear por la noche por estas calles tan tranquilas. Y después de cenar, de prepararle un sándwich a Ana, de ducharnos y meternos en la cama yo empiezo a escribir con mi carta diaria, Mary se enrolla con el nórdico como lo hacía la mofeta Flor con su cola en la película de Bambi y esperamos a que Ana llegue, contándonos nuevas anécdotas en la cocina del restaurante de la Señora Rosa. Y cada vez faltan menos horas para que suene, de nuevo, la alarma del móvil… 



Los veían día tras día, desde que el Sol invadía el cielo hasta que las estrellas iluminaban como diminutas bombillas la oscuridad. Ambos se sentaban en una de las nubes más cercanas a la Tierra y contemplaban todo aquello que tanto les entusiasmaba. 

Era precioso disfrutar de aquellas vistas, sentarse sobre aquellas nubes y sonreír al contemplarlos allí, sobre el suelo de la fría ciudad, y viendo todo lo que estaban realizando y consiguiendo desde tan lejos de casa. El señor y la señora se miraban orgullosos y, de nuevo, con lágrimas de felicidad en el rostro continuaban mirando. 

Era precioso contemplar a sus nietas desde el cielo. Y la señora sonrió, consiguiendo que su fuerza les llegara hasta tan lejos. Era precioso contemplar a su nieto desde el cielo. Y el señor sonrió, consiguiendo que su fuerza le llegara hasta tan lejos. Los veían montar en bici, despertar bajo los nórdicos, pasear por las calles, reír a carcajadas, luchar por sus sueños y sus ilusiones. Los veían y sabían que estaban felices. Eso les tranquilizaba y les llenaba de paz. “¡Qué suerte tenemos por poder verlos desde tan cerca!” decían sentados desde las nubes entristeciéndose, a la vez, por no poder abrazarlos como antes. Pero solamente hacía falta una mínima sonrisa de cualquiera de ellos para que la tristeza desapareciera al instante. 

El abuelo y la abuela, sonrieron de nuevo al ver cada uno a sus nietos, esperaron hasta que el Sol desapareció en el lejano y perfecto horizonte, abandonaron la nube en la que habían estado todo el tiempo sentados y desplegaron unas enormes alas blancas que nacían en sus espaldas. Tras unas miradas cómplices, cargadas de paz y de amistad, y, sabiendo que sus nietos seguían igual de felices que siempre, comenzaron un vuelo que nunca tenía destino fijo. 

Quizás volarían toda la noche hasta alcanzar las hermosas estrellas, quizás volarían hasta contemplar desde el cielo el pequeño pueblo en el que habían vivido toda la vida, quizás volarían conquistando las frías calles de Eindhoven o quizás se colarían en la habitación donde ahora dormían sus nietos y les susurrarían bonitas palabras a los oídos. Quizás harían miles de cosas diferentes en los cielos y volarían sobre miles de lugares preciosos, pero siempre, siempre regresarían para observar y disfrutar de todo aquello que sus nietos descubrían día tras día, momento tras momento, sonrisa tras sonrisa. Pero siempre, siempre, lo descubrirían desde los cielos de Eindhoven. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.


A mi abuelo y a su abuela, que nos cuidan y protegen desde los cielos de Eindhoven.

jueves, 18 de octubre de 2012

"We are"

18 de Octubre de 2012.

Somos amigos, somos enemigos, somos culpables e inocentes, somos libres y presos, valientes y cobardes, somos altos y bajos, delgados, gordos, alegres, simpáticos y antipáticos. Somos atentos, serios y trabajadores. Somos educados, ingeniosos, exigentes y entusiastas. Somos generosos, comprensivos y, a veces, presumidos. Somos amables y estúpidos, extravagantes, malhumorados, gruñones, despiertos, dormidos, fantásticos y fieles. Somos honrados, desvergonzados, prudentes y confiados. Somos cultos, chiflados, salvajes, sensatos, serios, sociables y soñadores. Somos decididos, lanzados y desordenados. Somos rebeldes y risueños, llorones y extrovertidos. Somos. Somos tantas cosas que a veces simplemente basta con decir una sola: Somos. 



Todas las noches esperamos en la habitación hasta las 11 de la noche para que el encargado de la pensión se vaya y así nosotros podemos atracar la cocina tranquilamente. Pues eso es lo que hicimos anoche y, seguramente, lo que hagamos hoy también. Nos ponemos las botas y aprovechamos. Cenamos unas tostadas, un poco de cereales con leche y metemos los dedos en el bote de la nocilla. ¡Bendita nocilla! La cena transcurrió de forma normal hasta que Mary fue a beber el último sorbo de leche que quedaba en su taza y su garganta ordenó “¡Ahógate!”. “¡¡¡Puuuuaaaaffff!!!” Mary expulsó, de forma inmediata y como si de un aspersor a toda presión se tratase, toda la leche de su boca y la estrelló contra su taza. ¡Qué asco! En fin, corramos un estúpido velo. 

Ana llega de trabajar y viene con buenas noticias: dice que alquilemos un piso vacío porque el marido de la Señora Rosa conoce una tienda donde venden muebles y lavadoras muy baratos. Además ya sabemos que podemos comprar una lavadora por cien euros, por lo tanto la idea de alquilar el piso amueblado la deshacemos poco a poco. 

Esta mañana, Mary y yo, nos hemos ido a desayunar y hemos innovado en las tostadas. ¡Bacon frito y huevos revueltos! ¡Desayuno americano 100 x 100! Esta pensión es una maravilla. 

A las diez Mary se va con Marleen y Ana y yo tenemos una cita en una agencia inmobiliaria. Un poco antes de las 11 salimos de la pensión y llegamos a nuestra cita, donde nos espera el chico de ayer para hablar del piso que nos gustó. Nos sentamos ante él, nos ofrece algo de beber y Ana le dice que quiere café. Nada más empezar le digo que ese piso nos parece muy caro, que si no tiene algo más barato que ofrecernos y nos dice que en estos momentos solamente tiene eso. Nos empieza a hablar en inglés y creo que la frase “Hablamos poco inglés, por lo tanto ¿podrías hablar más despacio?” no la entiende muy bien porque vaya rollos que nos suelta. Nos dice que si queremos ese piso que tenemos que pagar el depósito hoy, así que se lía a rellenar un papel y nos lo entrega para que veamos todo lo que tendríamos que pagar. ¡Quieto parao! Qué barbaridad. ¿Seguro que nos vamos a meter en este embolao? Huye Ana, huye lejos y no regreses. Le decimos que no podemos pagarle el depósito ahora y que si podemos volver dentro de dos horas, para sacar dinero de las tarjetas de crédito. Nos dice que sí y así que nos vamos. Eso es muy caro, pero trae de todo. Eso es muy caro, vamos a buscarnos uno sin amueblar y sin lavadora ni nada. Ese es muy caro y yo no tengo trabajo. Así que, una vez en la pensión comenzamos a buscar de nuevo pisos y le enviamos un correo al chico de la agencia para decirle que no podemos pagar eso tan caro. 

Comenzamos a recibir nuevas ofertas de diferentes pisos y nos ponemos en contacto con dos de ellos, a los que ya hemos visitado en persona. Uno es el que visitamos hace días, el que el chico de la agencia estaba casado con una mujer que su prima vivía en Tenerife y donde había una terraza grande y un pastor alemán un poco agresivo. Bueno pues lo llamaremos “El del perro agresivo”, al piso me refiero. Y nos ponemos en contacto con el que visitamos ayer, el que tenía el baño separado, el retrete por ahí perdido y el patio lleno de contenedores, supuestamente lleno de holandeses en descomposición. Ahora la riña está entre esos dos pisos, aunque nos gusta más “el del perro agresivo”. Además se encuentra en la calle “Rubensstraat” que me recuerda a mi primo Rubén, que no tiene nada que ver pero yo lo digo. La búsqueda continúa. 

Al momento nos llega la respuesta del chico de la agencia al que le hemos dicho que no podemos pagar eso y, como ha visto que va a perder a los clientes que hablan inglés en modo indio, nos ha intentado cazar con otra oferta. ¡Pero si nos has dicho esta mañana que no podías ofrecernos nada más! Qué espabilao… Incluso nos ofrece llevarnos en su coche hasta el apartamento pero le decimos que no porque no queremos que nos hable tanto. Ana le pone la excusa de que “nos gusta andar”. Bravo Ana. 

Se trata de un piso más barato que el de ayer, está sin amueblar, no tiene nada, pero incluye todo lo que es el agua, luz, gas e internet. Decidimos darle una oportunidad y quedamos a las cinco de la tarde. ¡Eso es una sala vacía con una puerta que se comunica con un retrete y una ducha! Encima está construido en el patio trasero de una casa. No nos interesa, que nos vamos a meter tres inquilinos y vamos a estar muy vigilados. Lo dicho, la búsqueda continúa. 

A las cinco y media Ana se va al restaurante, me quedo en la habitación y espero hasta que llega Mary. Me cuenta todo lo que ha hecho durante el día y se le ve muy feliz. Ha estado redecorando la tienda, han estado planeando cosas para la semana del diseño, han comido media tortilla que les sobró del otro día, se han reído y han continuado con las clases de inglés y español. Marleen se preocupa por todos nosotros y Mary la tranquiliza diciéndole que estamos bien. El desfile de diseños y de diseñadores continúa, pues todos llevan sus productos a la tienda para ser vendidos. ¡Dice Mary que el almacén ya está desordenado de nuevo y que está repleto de cajas de cartones! Y Marleen ha hecho un regalo a Mary: una cantimplora antigua que estaba en el almacén, Mary le ha dicho que le gusta y ella se lo ha regalado. ¡Es un encanto! Además no han terminado aquí los regalos, pues le ha prometido que cuando tengamos nuestra casa nos podemos llevar una maleta antigua que tiene allí de decoración. Es preciosa y nos encanta. ¡Qué alegría! No tendremos ningún mueble en la casa, ni lavadora, ni camas… pero tendremos una super maleta de diseño preciosa decorando toda la soledad del hogar. 

Tenemos hambre pero son las ocho y media y el chico de la pensión no se va hasta las once. Los dos continuamos con los portátiles, intentando olvidarnos de los sándwiches que nos esperan y esperando que las agujas del reloj marquen las once. “¡Marleen!” grita Mary de repente. “¿Qué pasa?” le digo desde mi cama, un poco asustado y sorprendido por la cara que está poniendo Mary. Marleen le ha enviado un correo electrónico a Mary. “Dani, Dani, Dani, que fuerte” repite varias veces sin decirme qué es lo que pasa. “¡Marleen dice que si puedes hacer un trabajo mañana con Derek!” ¿Qué qué? Nos ponemos super contentos y sin creérnoslo del todo. Marleen me ha ofrecido un trabajo para mañana con su novio, Derek. ¿Para qué será? ¿Querrá que le haga algo en el ordenador, será para limpiarle la cochera o para pasear al perro? Sea lo que sea lo quiero. Y después de un “Por supuesto que sí” y un “Gracias por todo” nos contestan y nos dicen que mañana a las nueve tengo que ir con Derek a montar una exposición. ¡Qué guay! Pues ala, mañana me toca madrugar un poco más. 

Y aquí estamos, después de haber cenado en la cocina de la pensión, tumbados en las camas con los portátiles. Mary está viendo el capítulo de una serie, Ana sigue en el restaurante y yo estoy terminado la carta del día. Mañana será un nuevo y diferente día, como todos pero como ninguno. 



Somos buenas noticias, malas noticias, viajes en avión, vuelos baratos y desayunos incluidos. Somos los cafés en el Jumbo, los tés en la nevera y los cereales en el armario. Somos la rueda de una bicicleta, el olor de un tulipán y la fuerza de una bombilla. Somos nuestros miedos, nuestras peores pesadillas y nuestros errores. Somos nuestras alegrías y esfuerzos, nuestras discusiones y nuestros mejores momentos. Somos una tienda de diseño, un restaurante español, una búsqueda de empleo. Somos un apartamento sin amueblar, una lavadora que nadie ve y unas camas de cuarenta euros. Somos un sándwich que se funde en el microondas, somos un proyecto en la pared, una alarma a las ocho de la mañana, una cita con un agente, una crema de manos con olor a coco y un bote de nocilla. Somos una carta que llega desde Holanda, una llamada de teléfono y un video a través de una web cam. Somos todo aquello que nos rodea, que nos entusiasma y nos fascina. Somos la lluvia que moja las aceras de la ciudad, el frío que congela nuestras manos y el calor que sentimos en el cuerpo. Somos el mejor de los sentidos, la mejor de las propuestas y la mayor aventura que hemos vivido. Somos una promesa que se cumple, una ayuda que se recibe, una verdadera sonrisa. Somos una lágrima de felicidad, un trabajo inesperado y un sueño que compartir con los ojos abiertos. Somos una ciudad, somos miles de sueños por cumplir, somos una realidad. Somos una fantasía, un cuento de niños y una historia de mayores. Somos esperanzas y ganas de luchar. Somos todo lo que ves, lo que no ves, lo que imaginas y ni te imaginas. Somos lo que somos, porque simplemente somos. 



Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.