Una auténtica historia en la que se relatan las aventuras que viven tres amigos cuando deciden marcharse de su país de origen y comenzar una nueva vida a dos mil kilómetros de allí. Holanda se convierte en un escenario perfecto para demostrar que nunca hay que perder la esperanza, que siempre hay que enfrentarse a la vida con la más amplia de las sonrisas y que las mejores cosas ocurren cuando menos las esperas.

miércoles, 3 de octubre de 2012

"Los días grises. Los días preciosos"

03 de Octubre de 2012.

La lluvia ya empapaba los cristales de las casas a esas horas de la mañana, los adoquines de la acera cambiaron su color por uno más oscuro debido a la humedad, las hojas secas de los árboles quedaban plegadas en el asfalto y los neumáticos de las bicicletas, que dormían bajo la fría noche, desprendían un olor intenso a goma mojada. El chico puso su gorra sobre la cabeza, miró a través de la ventana y guardó un impermeable en uno de los bolsillos de la sudadera. Miró su bicicleta, encadenada en una farola frente a su casa, y decidió quedarla donde estaba. Le apetecía ir andando a su destino y así lo hizo. 

Le gustaba sentir las escasas gotas de lluvia que descansaban en la solapa de la gorra, pisar los húmedos adoquines y respirar el intenso olor de hierba mojada. Vivía cerca del trabajo, a unos minutos andando. Cruzó la esquina y extrajo las llaves con las que abriría la puerta principal. Entró en la sala, no había nadie en ella. Tras él escuchó unos leves y entrañables sonidos que se provocaban gracias al choque de las pezuñas de su mascota contra la moqueta de madera. Allí estaba ella, la perra que dormía todas las noches junto a una estufa resguardando la sala de estar. Le gustaba su trabajo. 

El chico llenó el bebedero de agua, vertió varios copos de pienso en el comedero, saludó a la tortuga y a los peces que vivían en la pecera, encendió la televisión, varias luces de la sala y alguna que otra estufa. Se detuvo un momento, junto a su perra y en medio de la sala. Miró a su alrededor, miró todo lo que le rodeaba. Sí, estaba claro: le gustaba su trabajo. 

Unos minutos más tarde los clientes, que ahora dormían en las habitaciones del lugar, comenzarían a invadir la sala de estar, los asientos de madera, pasillos y servicios. Le darían los buenos días, cada uno en su idioma materno, y le pedirían un café, consejos sobre algún sitio al que visitar de la ciudad o, simplemente, se quedarían en la sala ojeando alguna revista o buscando, desesperadamente, un lugar donde poder vivir en esa preciosa ciudad. Esta ciudad que consigue que, aunque los días sean grises, los días sigan siendo preciosos.


Mary ha salido al pasillo, recién levantada de la cama, y se ha frotado los ojos para confirmar que lo que estaba viendo no era un espejismo. Al final del pasillo un halo de luz enfocaba una caja de cartón de una pizza que reposaba junto a la papelera. El halo provenía del cielo, una música celestial ha comenzado a sonar en su cabeza, maravillosa, y ha comenzado a caminar hacia el cartón, despacio. Rezaba, mientras caminaba a cámara lenta acompañada por la música de ángeles, para que en su interior hubiera algún trozo de pizza. Mary ha abierto el cartón. 

-¡Eh, eh, eh! Tíos ¿sabéis qué?.- entra Mary, casi llorando de la emoción, en el dormitorio. Ana y yo nos miramos y ya creemos que ha hecho alguna de las suyas. -¡Hay una caja de una pizza en la papelera y hay unos trozos dentro! 

-¡Cógela Mary! ¡Cógela!.- le digo sin pensarlo dos veces. 

Unos segundos más tarde la caja de pizza estaba, ahora sí, completamente vacía en medio de nuestra habitación. ¡Qué buen desayuno! No nos juzguéis. Estamos en plan ahorro, ¿vale? 

La mañana ha sido estresante, pues no encontramos nada donde poder dormir mañana y el albergue está completo. Hay partido y todo el mundo viene a verlo en vivo y en directo. ¡Qué desesperación! 

A las doce y media Mary se va a la tienda de Marleen. Hoy se va feliz y con ganas de estar allí. Menos mal que se siente a gusto con ella y las cosas que está haciendo le gustan y entusiasman. Estamos deseando volver a verla para que nos cuente qué ha hecho hoy. Ana y yo le decimos que vamos a ir al Jumbo a comprar algo de comida y que a las siete la vamos a recoger a la tienda. 

Comemos una ensaladilla de un euro, de las de siempre. Están muy buenas. No nos la comemos entera porque viene un kilo y para los dos es demasiado. Guardamos un poco para Mary. ¡Esperemos que no se estropeé! Para evitarlo pegamos el envase a la pared de la habitación que da a la calle. ¡Las paredes parecen estar heladas aquí! 

Después de comer nos vamos en busca de otro bar español: “Mi Gitana” y “La española”. Dos bares que forman parte de la misma cadena. Vamos esperanzados, a ver si nos dan buenas noticias. El día está gris. Nos llevamos un paraguas por si acaso. Ana escribe en un papel el callejero que tenemos que seguir y nos esperan varios kilómetros de caminata. ¡Andamos un montón! ¡Estamos haciendo piernas! ¡Ole gemelos que tenemos! 

Por cierto. ¡Ver al italiano del albergue enseñando la pronunciación del abecedario en inglés a Ana no tiene precio! Ei, bi, shi, di, i, eff, yi… y así hasta el final. Y para los que os imagináis la escena con un italiano guapo… ¡que se os vayan quitando los pájaros de la cabeza! 

Ana y yo caminamos, bajo la lluvia, bajo un paraguas de dos euros de los chinos de España (porque aquí parece que no hay chinos; de raza sí, de tienda no) y bajo un cielo más gris que nunca desde nuestra llegada. Ha comenzado a llover y no ha parado en toda la tarde. ¡Qué diluvio! Cinco minutos más y, os juro, que aparece Noé con el arca. La gente en bicicleta con los pelos mojados, las ropas caladas, los paraguas abundan y los chubasqueros también. Y Ana y yo bajo ese paraguas diminuto. Gracias a su tamaño hemos llegado al bar español más mojados que después de una ducha. ¿Quién nos va a dar trabajo con estas pintas? Pues de momento en ese bar no. Nos ha atendido una chica que dice que ahora mismo no necesitan a nadie pero, de todos modos, le hemos dejado nuestros currículum. Nos ha dicho que vayamos a un bar llamado “Costa del Sol”. ¡Qué bien! Ese bar no lo conocíamos. ¡Ale! ¡Ya tenemos otra caminata para mañana! Olé, olé. ¡Que vivan los gemelos duros! 

Mary está feliz, sigue fabricando las fundas con sacos de esparto para las sillas. Nos recibe en la tienda con una sonrisa de oreja a oreja. Nosotros nos presentamos empapados. Marleen nos mira y se ríe. ¡Qué maja! Se preocupa mucho por nosotros. Es una buena chica. Felicita a Mary por su trabajo, ya sabe algunas palabras más en español, tiene una amiga super estrambótica, un perro labrador y tiene novio. Tiene novio Marleen, no el perro. Mary está feliz y eso es lo que importa. 

Una vez en el albergue nos ponemos al día de nuestras cosas. Echamos de menos a Mary. Ahora Ana y yo pasamos más tiempo juntos y se nota su ausencia. ¡Todo se recupera cuando nos juntamos de nuevo los tres! En la sala de estar hemos conocido a un nuevo inquilino. Es un chico alto y rubio. Nosotros nos hemos permitido media hora para jugar al chinchón. Ha sido entonces cuando el chico se ha acercado y nos ha preguntado que a qué jugamos. Todo en inglés. Le hemos explicado el juego lo mejor que hemos podido, que somos españoles buscando trabajo, que somos de Extremadura y nos ha dicho que mañana él viaja a Barcelona. Su novia es de allí. “¡Ala! Qué guay…” hemos dicho los tres a la vez. 

Nuestra partida ha continuado. Ha continuado bajo la cúpula de cristal del albergue, bajo el cielo gris que deja escapar las gotas de lluvia, las gotas que se chocan contra el cristal formando, a su antojo, dibujos sin sentido y creando un casi inapreciable ruido que acompaña de forma mágica a nuestras risas. Esas risas por las que expulsamos todos nuestros miedos y nervios. Esas risas que nos alimentan de energía y que nos dan la vida, la fuerza y las ganas de seguir luchando. 

La lluvia no cesa. En serio: ¿dónde está Noé?


Eran las once y media de la mañana cuando el hombre de la gorra se acercó a dos chicas gemelas que, cabizbajas, estaban sentadas en uno de los bancos de madera de la sala de estar. El albergue seguía siendo un lugar tranquilo, excepto los fines de semana. El chico se acercó a ellas. 

-Tomorrow you can sleep here, too. -dijo en un ingles bastante fluido. -But you have to change rooms.-continuó. Las chicas pusieron cara de confusión e intentaron comprender sus palabras. “Tomorrow” es “Mañana”. “You can sleep here” es “Podéis dormir aquí”. Mañana podéis dormir aquí. ¡Mañana podéis dormir aquí! ¡Tomorrow we can sleep here! 

Las chicas comprendieron el mensaje y sus sonrisas invadieron sus rostros. La tristeza y la desesperación que tenían segundos antes por no saber dónde dormir la noche siguiente se había evaporado en un abrir y cerrar de ojos. Tendrían que cambiar de habitación pero ¡qué más daba! Lo importante es que la siguiente noche, junto con su amigo que estaba en la ducha, tendrían un sitio donde poder dormir. 

El chico de la gorra sonrió, se sintió bien, muy bien. Había hecho feliz a un grupo de amigos españoles desesperados. Se detuvo, en mitad de la sala, junto a su perra fiel y miró a su alrededor. Cerró los ojos y sintió el intenso olor de la madera, de la lluvia sobre los adoquines, de las hojas secas y de las bicicletas cruzando las frías calles. Sintió hasta el olor de las sonrisas que había provocado en aquellas gemelas y sonrió de nuevo. Sí, estaba claro: le gustaba su trabajo. 

Y allí quedó el chico de la gorra, en mitad de una sala de estar perdida. Perdida en esta ciudad que consigue que, aunque los días sean grises, los días sigan siendo preciosos.


Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

martes, 2 de octubre de 2012

"The name of the man"

02 de Octubre de 2012.

La mañana anterior… 

El despertador sonó a las seis y media. El hombre besó a su mujer, que había abierto los ojos con el primer pitido de la alarma, y se levantó de la cama. Preparó dos cafés rápidamente y extrajo un elegante traje de chaqueta gris de su armario. Se vistió ante los ojos de la mujer, que aún seguía en la cama, y se dejó hipnotizar por el paisaje que se colaba tras su ventana. El barrio era tranquilo, las pequeñas casas ajardinadas con tejados a dos aguas y las verdes hierbas componían una escena perfecta. El enchaquetado abrió la puerta de casa, se despidió de su compañera de cama y extrajo una llave del bolsillo. Abrió el candado que unía su bicicleta con la barandilla de su jardín, provocando con el ruido que un gato saliera del interior de un seto. El hombre lo observó desperezarse y se dispuso a ir a trabajar. Montó en la bicicleta y comenzó a pedalear. Y antes de llegar a las oficinas ocurrió: su billetera, curiosa, comenzó a asomar por uno de los bolsillos de su fino pantalón. El frío de la mañana comenzó a chocar en el cuero de la cartera, que cada vez abandonaba un poco más el bolsillo. El hombre continuaba pedaleando, ajeno a la situación que se estaba provocando entre su billetera y su bolsillo. Las pedaladas continuaban y la billetera cada vez era un poco más libre. Fue entonces cuando la bicicleta pasó por encima de un pequeño montículo, el cual empujó a la billetera curiosa a salir disparada definitivamente. El hombre, al instante, notó un movimiento extraño en el bolsillo del pantalón y, cesando las pedaladas, detuvo la bicicleta lo antes que pudo. Su cartera estaba caída en el frío suelo de Eindhoven. La recogió y la volvió a guardar en su bolsillo, ahora mostrando más precaución que antes. Lo que el hombre desconocía era que unos metros más atrás, tres tarjetas de crédito habían conseguido escapar del interior de la billetera, quedando expuestas a la vista de los peatones. 

El hombre enchaquetado era un hombre afortunado, pues esa misma mañana tres españoles que paseaban fascinados por la belleza de la tranquila ciudad se toparían con tres tarjetas de crédito en el suelo. Las recogerían, leerían el nombre del hombre y las depositarían en un buzón de correos, esperanzados en que las tarjetas volvieran a formar parte de la curiosa billetera del hombre enchaquetado.

A la mañana siguiente… 


A partir de ahora abro mi maleta pequeña con una horquilla. Sí, con la horquilla con la que el primer día cortamos el queso en el albergue. El ex cuchillo ahora es una llave. Mi maleta huele a cereales, la de Ana a pan y la de Mary… la de Mary huele a nervios. Sinceramente: los nervios huelen. La habitación huele a miedo, a esperanzas y huele al miedo al fracaso. 

Ellas están sentadas en el suelo, arregladas, preparadas para acompañar a Mary a la tienda donde hará su primer día de prácticas. Están preciosas. Mary está nerviosa, se huelen sus nervios. Cada una cogen un sobré de Nescafé y lo disuelven en un vaso de agua. A mí no me apetece café en esos momentos. Es bonito verlas ahí sentadas, frente a uno de los ventanales por lo que hoy no se cuela ningún rayo de sol. El día es gris y los grises nervios nos atacan, los nervios atacan a Mary. 

Y al primer día de prácticas se nos suma otro problema: hemos alquilado un día más para dormir en el albergue, le he dicho al dueño que si hay algún problema en que le vayamos diciendo día tras día si queremos seguir o si nos vamos, si nos vamos porque hemos encontrado un apartamento donde dormir. Ese no es el problema. El problema es que no podemos quedarnos a dormir el jueves aquí, ya que nosotros no lo tenemos reservado y están todas las habitaciones ocupadas o, al menos, eso he entendido. Parece ser que el jueves hay un importante partido del equipo de fútbol de Eindhoven: el PSV Eindhoven. Todos los aficionados invaden las calles y las habitaciones de los albergues ese día. ¡Maldito fútbol! Ahora tendremos que buscarnos un hostal barato para pasar la noche del jueves… 

Son las doce y cuarto de la mañana. Caminamos hasta la tienda de Marleen. Mary está nerviosa. ¿Ya lo he dicho, verdad? ¡Esa es la tienda! ¡Está abierta y Marleen está dentro! ¡Mucha suerte Mary! ¡Mucha suerte Marleen! Ana y yo nos quedamos en la puerta, vemos cómo entra en la tienda y la saluda, nos vamos en busca de los bares españoles. La ruta que nos espera es increíble. Creo que hemos andado medio Eindhoven. ¡Desde las tres de la tarde hasta las seis sin parar! Ole dolor de piernas. 

Primero hemos ido, de nuevo, al restaurante “El Patio Andaluz” y nos ha recibido una chica rubia y guapa que habla inglés y holandés. El señor administrativo nos dijo que el dueño estaría a partir de las tres, pero no estaba. Asique hemos hablado con un cocinero que creo que se llama Antonio. Dice que ellos no pueden ofrecernos nada pero que es posible que su mujer pueda tener algún trabajo en una empresa textil. Me mira y dice que a mí no puede ofrecerme nada. Las palabras “empresa textil” y “no puedo ofrecerte nada” retumban en mi cabeza. Llama a su mujer para ver si puede ofrecer algo a Ana, pero no contesta asique le apuntamos nuestro teléfono y le entregamos nuestro curriculum a la chica guapa holandesa. Ella dice que va a intentar convencer a su jefe para que nos dé una oportunidad. ¡Qué maja! Nos invitan a un café. Estaba un poco amargo… pero se agradece. ¡Espero que la chica holandesa pueda hacer algo por nosotros! Help, please! 

Mary sigue en las prácticas. ¿Qué estará haciendo? ¿Tendrá dibujada en su cara una sonrisa de oreja a oreja o estará llorando por los rincones de la tienda sin entender ni “papa”? ¡Marleen ten piedad! ¡Mary! ¡Entiende, al menos, “papa”! 

Ahora nos toca buscar “El Quijote”. Ana y yo nos topamos por el camino con una especie de corral lleno de gallinas, conejos y dos cabras. ¡En medio de la calle! ¡Junto a un parque! Esto ha sido un poco raro… Continuamos con la caminata. Nos guiamos gracias a un papel donde llevamos apuntadas todas las calles por donde tenemos que pasar. Es un poco difícil seguirlo. Lo ha escrito Ana, con una letra rápida, en algunas calles no pone el nombre y, sin darnos cuenta, nos hemos saltado unos pocos de pasos en nuestra guía de calles holandesas. ¡Si es que somos más listos que el Google Maps! ¡Coño: El Quijote! (Nos han comentado que la dueña de “Señora Rosa” y “El Quijote” es la mísma señora, Rosa. Supongo.) Entramos y nos presentamos. La señora Rosa nos dice que en esos momentos está ocupada, que por favor nos acerquemos al bar, que ha bautizado con su mismo nombre, esta noche sobre las nueve y media. ¡Tenemos una cita! Por cierto: ¡El jueves también tenemos una cita a las cuatro de la tarde con un señor que va a enseñarnos un apartamento! ¿Lo he dicho ya? 

Es la primera vez que, desde que estamos en Eindhoven, estamos tanto tiempo separados. Mary dice que nos ha echado de menos y llega a la habitación con una sonrisa de oreja a oreja. ¡Marleen es super amable y simpática con ella! Ya se le notaba el día que la conocimos. “Marleen es como un algodón de azúcar, dice que ella me enseña inglés y que yo le enseñe español” dice Mary de la misma manera que un niño de cinco años le habla a su madre de su seño del cole. Ha estado haciendo unas fundas con sacos de esparto para unas sillas. ¡Cosiendo a mano! Los sacos eran de café mexicano. Suena bien. “Al despedirse le he dicho: I see you tomorrow. In Spanish: Hasta mañana” y Marleen ha repetido “Has-ta maña-na” y ha saludado con la mano. Marleen mola. Mary ya no está nerviosa, creo que ha metido todos sus nervios en una maleta de 20 kilos y los ha enviado en un vuelo barato de Ryanair a cualquier isla perdida del Atlántico. ¿Ryanair viaja por el Atlántico? 

Ahora bajamos todos los días a la sala de estar del albergue porque es donde Ana puede conectarse a internet. Mary y yo cogemos internet en la habitación, pero Ana no. Ea, ea, ea, Ana se cabrea (sin internet). Ana ha bajado antes que nosotros y nos hemos quedado los dos solos en la habitación. En ese momento mi móvil se ha chocado en la encía superior de la boca de Mary. Ups! No me preguntéis que estábamos haciendo porque no lo sé. 

-Qué asco.-dice Mary al notar un sabor raro en su boca, tras haber impactado mi móvil sobre ella. Se gira y me muestra su dentadura. ¡Oh no! Mary tiene algo raro entre las “paletas”. 

-Mary… ehmmm… tienes algo raro ahí.-le digo señalando a su boca con mis dedos, y con cara de asco. 

Ella me muestra de nuevo su dentadura. Ese algo raro ha aumentado de tamaño y es de un color rojo intenso, que destaca sobre el blanco de los dientes. ¡Mary está sangrando! Sus encías no paran de chorrear sangre por todos lados. Ella se “mea de la risa”, mientras su boca se llena de sangre. Yo me muero del miedo. Todo se tranquiliza cuando se lava la boca en el servicio y su boca vuelve a un estado normal. 

Nota mental: A Mary le sangran las encías con facilidad, hasta cuando se lava los dientes. 

Son las nueve y media. ¡Hora de ir a ver a la señora Rosa! (No entiendo por qué no la llamo simplemente Rosa) Y allí nos hemos presentado. La señora parece interesada, dice que puede ofrecernos un trabajo de limpieza y que quiere a una chica. ¡Dice que las mujeres son mejor para la limpieza! Habla de los hombres un poco decepcionada, aunque no sé si ese es el término correcto. Ya me entendéis. Bueno el caso es que, independientemente de las opiniones de la dueña, ¡puede que Ana tenga algo de trabajo! Nos ha preguntado de todo. ¡Resulta que también es extremeña! Suponemos que eso también es un punto a nuestro favor. La cita ha ido bien. La señora Rosa nos ha dado su número de teléfono y le ha dicho a Ana que la llame el viernes. ¡Hip, hip, hurra! ¡Las cosas parecen que van mejorando poco a poco! Ana y Mary dicen que no me desanime, que ya encontraré algo, que no nos moveremos de aquí y que siempre puedo servirles como amo de casa. ¡Queremos vivir en Eindhoven! Nos gusta Eindhoven. 


Varios días más tarde… 

El señor enchaquetado llegaba, un día más, del trabajo en bicicleta. Abría la puerta del jardín que daba la bienvenida a su hogar, aparcaba su medio de transporte y recogía el correo que todas las mañanas dejaban en su buzón. Extrajo un solo sobre blanco en el que se podía leer el nombre del hombre, su nombre. Lo rompió antes de abrir la puerta de casa. Y, para su sorpresa, allí estaban ellas. Tres tarjetas de crédito se asomaban, curiosas, buscando la billetera de la que unos días atrás habían escapado en busca de nuevas aventuras. 

Tres tarjetas que se percataron de que en casa no se está como en ningún sitio pero que, algún día que otro, hay que ser valiente y salir en busca de nuevas aventuras. 


Estamos bien, estamos aquí, estamos en Eindhoven.

lunes, 1 de octubre de 2012

"Le prenderemos fuego a la lluvia"

01 de Octubre de 2012.

La pequeña Meike cogió uno de los tulipanes más hermosos y grandes que estaban a su alrededor. Lo sujetó con sus pequeñas manos blancas y corrió hacia su madre. La niña, sonriente, le entregó la bella flor extendiendo su brazo todo lo que pudo, hasta alcanzar la cintura de su madre. 

-Ésta flor es para que siempre me recuerdes.-dijo la pequeña mientras su madre, tras haber aceptado el regalo, disfrutaba del olor que la flor desprendía. 

-Cariño. ¿Por qué dices eso?.-preguntó sorprendida. –No necesito que me regales flores para recordarte. Yo siempre voy a hacerlo. 

-¿Por qué estás tan segura de ello?.-dijo, preocupada la pequeña, temiendo que algún día su madre la olvidara. -¿Qué pasará si algún día el tiempo nos distancia? 

-El tiempo puede distanciarnos en kilómetros pero nunca podrá distanciar nuestros corazones.-contestó muy segura la madre, aún sosteniendo el bello tulipán. –Vayas donde vayas, estés donde estés, yo siempre estaré contigo. A miles de kilómetros o a centímetros de ti. Por ti haría cualquier cosa, cosas imposibles. 

-¿Qué cosas mamá?.-preguntó la pequeña niña intrigada. -¿Qué cosas imposibles? 

-Yo por ti… prendería fuego a la lluvia. 




Una botella de alcohol vaciada por las gallinas holandesas, tres vasos de plástico y una esponja seca descansan sobre el pollete de la ventana. Un par de calcetines de hombre, dos pares de chica y unos calzoncillos reposan sobre la estufa de la habitación. Un par de bragas cargadas de rayas de colores se dejan asomar por uno de los barrotes de la cama y un par de toallas muestran su totalidad enganchadas desde las camas de arriba de las literas. Los rayos de sol, los escasos rayos, comienzan a colarse por los ventanales sin barrotes de la habitación. El doble cristal protege el interior del frío, pero sigue haciendo frío. Tres sudaderas color mostaza comienzan a revolverse entre las calentitas sábanas entre las que forman sus nidos nocturnos. En la calle Stratumsedijk ya circulan varias bicicletas. Un nuevo día ha llegado a Eindhoven. 

Lunes, la semana comienza con fuerza. Hace una semana estábamos disfrutando de la última noche en el pueblo y ahora estamos a dos mil kilómetros de él. Dos mil. Se dice pronto. 

Nos ponemos en pie. Botas, vaqueros, jerséis, bufandas y abrigos. La calle es nuestra, ya que casi todo el mundo va en bicicleta. Aquí hay muy pocos peatones, por eso los semáforos para los que aún no hemos evolucionado a la bicicleta duran tan poco en verde. ¡Queremos una bici! Hoy toca ir de bares pero no a beber cerveza precisamente, si no a buscar españoles que puedan ayudarnos tanto en el sector del trabajo como en el del alquiler de piso. Nos topamos con “Señora Rosa”, un bar español en el cual no dudamos en entrar. Somos recibidos por una chica bajita y nos habla en español. ¡Qué alegría! Nos presentamos, le contamos nuestra situación y entregamos nuestros currículum. La chica es portuguesa y nos dice que la dueña del bar no quiere contratar a más gente española porque a la hora de estar en contacto con el público tienen problemas con el idioma. Nosotros le hemos dicho que queremos trabajar en lo que sea, que no hace falta estar de cara al público. Y entonces ha sido cuando ha llegado el subidón y una pequeña luz al final del túnel. ¡La chica dice que puede que necesiten a una chica para limpiar! Ana es la solución para esa chica. Nos hemos emocionado. Esperamos ansiosos la llamada… 

Después del pequeño mensaje de esperanza que se nos ha quedado al abandonar el bar hemos ido hasta la oficina de empleo de Eindhoven. Pues, al igual que en España, necesitamos un documento (el BSN) para poder trabajar y alquilar un piso. En el camino hemos encontrado a nuestro amigo el italiano, el que tira medias pizzas a la basura, y todos hemos ido juntos. En fila y agarrados de la mano. ¡Es broma! Aunque él seguro que sí quiere agarrar las manos de alguna de estas dos. Llegamos a la oficina de empleo y lo más fuerte es que ¡está vacía! ¡No hay gente en las colas! ¡No hay desempleo en Eindhoven! Por suerte nos hemos entendido bien con ellos. La gente es muy simpática y amable. No hemos tenido ningún problema a la hora de sacarnos dicho documento, excepto en una palabra: Appointment. Maldita palabra. ¿Pero qué es “appointment”? La chica nos preguntaba si teníamos una cita. “Appointment” significa “cita”. ¡Qué pavos! En el momento en el que no entendíamos la dichosa palabra he visto al guarda de seguridad tras la señora que nos hacía la pregunta. “¡Díos mío! ¡En estos momentos somos como los rumanos que van a España a por trabajo y no se entienden con las del SEXPE!” he pensado, imaginando al “segurata” agarrándonos por los hombros e invitándonos, amablemente, a abandonar el edificio. Por suerte la gente aquí no es así. Somos muy mal pensados. ¡A partir de ahora pensaré más en holandés! Bueno no. En holandés no que es un idioma muy difícil. ¡Intentaré pensar como piensa un holandés! Así sí. 

Al salir con nuestro documento en las manos, nos despedimos de nuestro amigo el italiano y nos dirigimos hasta “El Patio Andaluz”. Después de una hora, más o menos, de caminata llegamos a él y entramos. ¡Sevillanas y coplas para ambientar! ¡Qué gusto escuchar estas cosas por aquí! El bar está cerrado pero conseguimos hablar con el encargado de la administración. Nos dice que en ese bar todos sus empleados son españoles excepto los camareros que son holandeses, ya que tienen que entenderse con los residentes. Nos dice que nos acerquemos mañana a partir de las tres de la tarde. Hoy el dueño no estaba y es mejor hablar en persona con él. ¡Tenemos esperanzas! Olé olé. 

Después de comprar otra ensaladilla de un kilo de un euro en el supermercado y comérnosla en el césped de la universidad nos disponemos a volver al albergue. ¡Se me olvidaba! Hoy nos hemos permitido un capricho: hemos comprado tres latas de Coca-cola. ¡Sí! ¿Qué pasa? Es un capricho de verdad, ahora solamente bebemos agua y café gratis del Jumbo. Bueno café gratis del Jumbo y ahora de otros sitios porque parece que ¡hoy ha llovido café en Eindhoven! Nos han repartido sobres de Nescafé en la puerta de la universidad y después, paseando por el centro, hemos descubierto que ¡han dejado más sobres de café enganchados en todas las bicicletas aparcadas! ¡Qué maravilla! Café gratis por todas partes. ¿Alguien le ha rezado a Dios? ¡Encima no necesitamos ni leche! En el sobre viene café, leche en polvo y azúcar. ¡Es un lujo para los tiempos que corren! Los tres nos hemos puesto a coger sobres hasta que Ana se ha dado cuenta de que pertenecen a la gente de las bicicletas. ¡Ana si está en la calle es nuestro! ¡No, no, no! Yo tenía que pensar como piensa un holandés… ¡Seguro que el karma nos hace otra de sus jugarretas por robarles café a los ciclistas! 

Aunque he de decir que al ducharme he pensado como un holandés. Me he encontrado un bote de “Gel for men” en la ducha. He pensado en quedármelo, es cierto, pero no lo he hecho. ¡Lo he olido y lo he quedado en su sitio! Supongo que cada vez vamos siendo más holandeses. Bueno… ¡me he echado un poco en la esponja! ¡Qué bien huele! 

Hoy es nuestra última noche oficial en el albergue, aunque tendremos que ir alargando el plazo día tras día hasta que encontremos un cuchitril donde comenzar una nueva vida. ¡Hemos recibido varios correos respondiendo a nuestras propuestas! Lástima que la mayoría nos dice que “Sorry pero este apartamento es solo para una persona, sorry pero este estudio es solo para una persona, sorry pero este garaje es solo para una persona…” La buena noticia es que uno nos ha dicho que quiere tener una “appointment” con nosotros el jueves a las cuatro de la tarde. ¡Solamente hay un problema: ese piso se alquila para una persona! No sabemos qué hacer… 

El día parece haber ido bien. Comenzamos a tener repuestas, aunque la mayoría sean negativas siguen siendo respuestas. Parece que entendemos y nos soltamos un poco más con el inglés, los bares españoles pueden ser la solución a algunos de nuestros problemas y los desayunos los tenemos resueltos con nuestros cafés gratis. Hemos visto una diminuta luz al final del túnel. Hoy estamos positivos. Mis “blondes” siguen estudiando inglés y buscando más pisos. Yo robo un poco de tiempo para seguir carteando con todos vosotros. 

Creo que hoy lo tenemos más claro que otros días: nos gusta esto, nos gusta esta ciudad, queremos montar en bicicleta, hablar español y tener hijos rubios. Queremos oler a tulipán y vivir en la ciudad de las bombillas. Queremos hacer la compra del mes en un Jumbo, dormir en un sofá-cama en algún estudio del centro de Eindhoven e intentaremos tener un jardín precioso que de la bienvenida a nuestra futura casa. Haremos todo lo posible por quedarnos aquí. Haremos cosas imposibles. Si hace falta… prenderemos fuego a la lluvia. 


La pequeña Meike sonrió a su madre y comprendió todas las palabras que acababa de pronunciar. Los kilómetros jamás conseguirían separarlas. La mujer disfrutó de nuevo del olor del tulipán que su hija le había regalado y sonrió. 

-Prenderé fuego a la lluvia contigo si hace falta mamá. 

Y ambas se fundieron en un abrazo eterno entre un millar de tulipanes. Un millar de tulipanes que fueron testigos de las palabras que una madre pronunció a su pequeña. Unas palabras que quedarían grabadas de por vida en la pequeña Meike porque, por muy imposible que parezca, las palabras y los sentimientos de una madre perduran en el tiempo y son capaces, realmente, de hacer cosas imposibles. De prender fuego a la misma lluvia.

Estamos bien. estamos aquí, estamos en Eindhoven.